domingo, 21 de junio de 2015

La viuda.


                     Todos miraba de reojo a la viuda. Los hombres, en su mayoría, con deseo mal disimulado, y las mujeres con envidia mal contenida. Hasta el sacerdote, de natural más comedido, tenía un cierto brillo extraño en los ojos cada vez que la miraba. Pero ella parecía no enterarse de nada. Permanecía allí, callada, con los ojos enrojecidos pero secos, manteniendo la cabeza gacha la mayor parte del tiempo y alzándola solo para responder a los saludos y al pésame que le daba alguien de vez en cuando. El pueblo entero pensaba que estaba destrozada, y lo estaba. Pero no por el dolor de la pérdida de su marido sino porque, al rebuscar entre sus papeles en busca de sus últimas voluntades, encontró una caja bien cerrada llena de apasionadas cartas de amor y ninguna había sido escrita por ella. Se preguntaba cuál de todas la mujeres que le daban el pésame era quien había sentido ese amor tan pasional por él. Era incapaz de aceptar que, en el fondo, hacía tiempo que ellos habían dejado de ser amantes para ser buenos amigos que compartían gastos y vida. Y ahora él estaba muerto. No pudo evitar sonreír con disimulo. Prefería ser viuda y no divorciada. Al menos, ese cabrón tuvo la decencia de morirse antes, pensaba mientras respondía maquinalmente a los saludos de pésame que, ordenadamente, le iba dando todo el pueblo.

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