miércoles, 10 de junio de 2015

Memorizando


                    Curiosamente el amor le llevó a sentir el mayor de los odios. Odiaba, sobre todo, su cobardía, y ese odio aumentaba en la misma proporción en que lo hacía el deseo de susurrarle que la amaba, que solo se sentía vivo cuando rozaba su cuerpo aunque fuera de manera fugaz, que solo se sentía despierto cuando soñaba con ella, que solo se sentía animado cuando la observaba en silencio tratando de aprenderse de memoria cada lunar de su cuerpo, cada centímetro de su piel, cada inflexión de su voz, cada mueca de su cara, cada tic de sus manos. Necesitaba aprendérsela de memoria para luego, en las noches vacías de sueño, llenarlas con el dolor y la alegría que le producía su recuerdo.

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