viernes, 5 de junio de 2015

Opinadores y opinados.



Durante el último mes había cambiado la cervecita terracera por el café. Un café denso, amargo y cortito, como algunos de esos políticos que se empeñaban en vestirse con el vistoso ropaje de representantes populares y que, en su opinión, solo se coronaban como los más tontos y rastreros del patio. Tal vez fuera el pelotazo de cafeína o el exceso de mensajes salvíficos y reivindicativos de "defensa de lo de todos" y que en el fondo no era más que una nueva versión del antiguo  "¿y de lo mío, qué?". O quizá fuera la lectura de lo que se autodenominaba "la prensa seria", donde unos pseudointelectuales que, al parecer, sabían absolutamente todo de absolutamente cualquier tema, pontificaban a favor o en contra de lo que fuera con las mismas razones en uno u otro caso.  El caso es que él solo había sacado en claro una cosa, que el café produce menos úlceras de estómago que la estupidez y la mezquindad humana.