lunes, 1 de junio de 2015

Soledad urbana.

          

                    Yendo a casa siempre seguía el mismo ritual: miraba a un lado y al otro esperando encontrar algún rostro conocido o amable entre los que pasaban por la calle, nadie. Luego abría el buzón por si había alguna carta, una nota o algo, pero nada. Por fin, ya en su piso, encendía la luz del pasillo y escuchaba el contestador del teléfono con la esperanza de que alguien se hubiera acordado de él. Le hubiera consolado que alguien hubiera llamado aunque fuera por error o para venderle algo, incluso hasta para que se cambiara de compañía de teléfono, pero nadie había dejado ningún recado ni había marcado su número de teléfono. La cena fría, la tele con ese sonido ahogado, que en vez de hacerle compañía resaltaba la soledad en la que vivía, la luz del pasillo, amarillenta y tenue, eternamente encendida, acentuaban esa sensación de abandono que le ahogaba y le dejaba a veces si poder respirar aunque abriera las ventanas de par en par. Claro que enseguida las cerraba aturdido por los ruidos que le llegaban del propio edificio. Ruidos de gente hablando, de niños jugando, de mujeres riendo despreocupadamente mientras preparaban la cena, de algún aparato de música que dejaba escapar melodías que, en vez de alegrarle el corazón, lo sumían más aún en una profunda depresión y tristeza porque hacían que el silencio y la soledad de su casa, de toda su vida, se hicieran más evidentes. Le costaba admitirlo pero tuvo que rendirse a la evidencia: estaba solo y no le importaba absolutamente a nadie. 
                  Una  noche cualquiera en la ciudad.