martes, 9 de junio de 2015

Un cuarto de siglo.


                  Se paró delante de su puerta. Lo hacía a diario desde que la vio a la salida del supermercado y la siguió hasta allí. Estaba seguro de que era ella, su primera novia, pero no se atrevía a acercarse y saludarla para preguntárselo. No tanto por si resultaba que se equivocaba como por si, al final, era ella de verdad. ¿Qué le diría? ¿Qué le podría decir que no sonara estúpido, humillante o banal? No se le ocurría nada y por eso solo se quedaba mirando la puerta de su casa con la esperanza de verla de nuevo mientras recordaba el último día que habló con ella. O mejor, que la escuchó en silencio, con los ojos arrasados de lágrimas y un nudo en la garganta que le impedía decir palabra mientras ella le daba las razones por las que quería romper con él, al menos temporalmente, hasta que acabara su carrera en una Universidad madrileña. De eso hacía ya un cuarto de siglo. A él le gustaba decirlo así: un cuarto de siglo, en vez de veinticinco años. Sentía que, de esa manera, lograba distanciarse más de ese momento. Por eso, cuando Tere se acercó a su lado sin que él la viera llegar y le preguntó si él era Antonio, le contestó que no, que se equivocaba, y aunque lo hizo sin mirarle a los ojos, trató de poner el énfasis necesario en su voz para convencerla. Porque, como se dijo a sí mismo cuando la vio alejarse con la extrañeza reflejada en la cara, veinticinco años es todo un cuarto de siglo.

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