lunes, 17 de agosto de 2015

Al final todo se sabe.


                 Hacía tiempo que no descansaba así, tan plácidamente, sin que ninguna preocupación se reflejara en mi rostro. ¡Joder, si se me veía feliz! Casi con una sonrisa reflejada en mi cara, ajeno a todo el barullo que había de fondo. Si llego a saber que morirse es esto, no me hubiera pegado tantos años luchando por vivir, apegándome a una vida absurda en la que, en el fondo, nunca obtuve nada más que promesas vacías de realidades y que siempre estuvo llena de noches en las que el miedo a esto mismo, a morirme, me mantuvo en vilo, angustiado, despierto, atento a si mi corazón latía más fuerte que de costumbre o más rápido de lo debido, obsesionado con el pulso o la tensión arterial. Qué estúpido fui. Y mírame ahora: relajado, descansado, feliz, dormido, sin ninguna preocupación, sin ninguna angustia que me torture... Siempre fui un poco estúpido, pero nunca me di tanta cuenta de ello como hasta hace una hora, cuando el médico dijo las palabras que tanto temí oír pero que, sin embargo, fueron las que acabaron liberándome de mis ataduras y de mis miedos: confirmo exitus a las 22:45 de hoy.

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