miércoles, 26 de agosto de 2015

El cliente.


                Sabía que ese tipo me iba a causar problemas prácticamente desde el primer momento en el que lo vi. No es que hiciera nada extraño ni que se comportara de manera diferente a la de los otros clientes habituales, pero créanme, veinte años de barman hacen que desarrolles un olfato especial para adivinar estas cosas. Tal vez fuera su ropa  o quizá la hora en la que venía, cercana al cierre, o ese casi infalible whisky de malta, sin hielo por favor. O tal vez fuera la manera obsesiva en la que miraba el vaso, girándolo lentamente mientras bebía en silencio sentado en la esquina más alejada de la barra. Sí, definitivamente aquel tipo iba a ser problemático.
                 De vez en cuando alzaba la mirada y con un simple gesto me pedía que le sirviera otro. Luego, nada más. Volvía a su ritual. A beber en silencio y a darle vueltas lentamente a su vaso. Me recordaba a un personaje de Murakami y yo odio a Murakami. Tal vez por eso tampoco me gustaba ese tipo. Cuando el encargado empezaba a apagar las primeras luces del fondo del local, se levantaba y casi en el mismo silencio pedía la cuenta, pagaba, dejaba su propina y sin mediar más palabras de las necesarias se marchaba dejando tras de si una estela sutil mezcla de soledad y un perfume que aún no he llegado a identificar. Decididamente este tipo me va a dar más de un problema. ¿Quién acude solo a un bar de lujo a beber, pide un whisky caro, se sienta en una esquina de la barra noche tras noche y no le cuenta su vida al barman? ¿Entonces para qué estoy yo aquí, solo para servirle copas? No, este es un tipo problemático, seguro. Me lo dice mi instinto.

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