jueves, 27 de agosto de 2015

La ventana.


                         Llevaba años madrugando para poder asomarse a la ventana de su apartamento. Tal vez ambas cosas fueran una osadía: llamar apartamento a aquel cuchitril y llamar ventana a aquel agujero mal cuadrado, escasamente de un metro, que estaba al fondo. Pero si algo había aprendido de la vida es que solemos ver  las cosas como las llamamos. No le importaba sacrificar una hora de sueño para poder disfrutar en soledad y en silencio del aire limpio del amanecer. Era su momento. Allí, medio encajonado en su ventana, veía las luces de las otras casas encenderse y apagarse, olía el rocío que refrescaba las calles, oía a algún niño llorar y, de vez en cuando miraba hacia el trocito de cielo que podía verse entre tanto edificio sucio, tanto cableado y tanta antena. Se sentía como un espectador privilegiado en un palco casi único, allí, en su ventana. Podía ver como ese cielo iba cambiando de color pasando de un negro humo a un rojo desvaído hasta que, poco a poco, el celeste de la mañana ganaba la partida. Hoy también va a hacer mucho calor, pensó suspirando mientras cerraba su ventana para dejar de oír de una dichosa vez a ese niño que no paraba de llorar. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

El ambiente claustrofóbico y deprimente traspasa las lineas del relato y se apodera de quien lo lee. Enhorabuena Chamali, pocas veces me he sentido tan identificado con una situación en tan pocas lineas.
Manuel Morales.