jueves, 20 de agosto de 2015

Lazos.


                   La primera vez que alguien le cedió el asiento en un banco y le llamó abuelo se sintió profundamente indignado y ofendido. ¡Pero qué se creía esa niñata! ¡Cómo demonios se atrevía! La ira, la misma que le impulsaba a decirle mil cosas y ninguna de ellas era un elogio, le impidió reaccionar dejándole mudo. ¿Abuelo él? Pero en qué estaba pensando aquella mocosa. Hoy, sentado en un banco parecido en Triana, rodeado de lo que para él sí que eran ancianos, se siente de repente un anciano más entre ellos. No entiende cómo la vida se le ha podido escapar de entre las manos. Ayer por la tarde era un profesional cualificado y esta mañana es un vejete más sentado entre otros vejetes en un banco de la calle, hurgando entre sus recuerdos y buscando en los que pasan delante de él una cara conocida, un gesto familiar, algo o a alguien que le haga sentir que sus lazos con la vida no están rotos del todo. A veces, para estar muerto, no hace falta que el corazón deje de latir.

1 comentario:

Jorge Muzam dijo...

"No entiende cómo la vida se le ha podido escapar de entre las manos".

Muy bueno, querido amigo.

Un fuerte abrazo