martes, 25 de agosto de 2015

Septiembre.


                              Cada mes de septiembre recorría las pocas librerías que iban quedando en su ciudad y compraba un juego completo de libros de sexto de primaria, libretas de rayas y de cuadros, lápices de colores, lápices  HB, un afilador, tres gomas Milán blancas, seis bolis azules, un estuche, una regla y una mochila. Luego, en su casa, los olía con los ojos cerrados. Era la única manera que tenía de volver a aquellos años en los que, septiembre, no era solamente el noveno mes del calendario sino el mes de la ilusión por estrenar material y ropa, aunque esta fuera el aburrido uniforme. En su cuarto secreto, abajo, en el sótano, se apilaban los libros de los últimos quince años. A veces le remordía la conciencia. Sobre todo cuando pensaba que, tal vez hubiera debido donarlos a alguna familia que no pudiera pagar el material escolar. Pero solo pensarlo hacía que se le abrieran las carnes. Era como si, con esos libros, lápices, libretas y gomas les diera también un trocito de su alma y de sus recuerdos, cada vez más difuminados y lejanos.

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