domingo, 23 de agosto de 2015

The show must go on.


                 Odiaba a su público. Los odiaba visceralmente, los despreciaba. Eran una pandilla de borrachos incultos que se reían por contagio sin entender realmente el trasfondo de su humor. Venían a su espectáculo, bebían, se reían, bebían, aplaudían, y seguían bebiendo porque, vaya usted a saber por qué, él era ahora el humorista de moda y era casi imprescindible twittear su última gracia aunque no la entendieran o, mejor aún, hacerse un selfie con el escenario como fondo. Eran como las hojas secas que el viento arrastraba y que iban o venían de aquí para allá sin voluntad propia. Ellos eran igual. Seguían o no a este o a aquél artista según los gurús de las tendencias lo encumbraran o lo sumieran en el olvido. Por eso sentía hacia ellos ese profundo desprecio y ese asco que le revolvía las tripas cada vez que se subía al escenario y veía sus caras de hipócritas babeando medio borrachos y aplaudiendo sin que hubiera dicho ni una sola gracia.. Bueno, ya era hora de empezar el show de esa noche.
               -¡Buenas noches amigas y amigos! Gracias por estar aquí. Son ustedes el mejor público que nadie pueda desear. Los adoro. En realidad me recuerdan a mi suegra cuando nos tropezamos a media noche yendo al baño a orinar y me dice con su voz metálica: no dejes el suelo lleno de gotitas, a ver si apuntas bien, que ya tienes edad. ¡Adorable mujer! 

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