domingo, 20 de septiembre de 2015

El Jaguar.


                  Llevaba veinte años trabajando para el mismo concesionario de coches de lujo. Conocía perfectamente cada característica del modelo estrella de cada temporada, cada remache, cada pespunte de su tapicería de cuero. Tenía memorizado el olor que desprendía, el tono exacto de la pintura de la carrocería y hasta el nombre del árbol de cuya madera se había fabricado el tablero del coche. Veinte años en los que llevaba glosando a diario las maravillas de la marca a cada cliente que se acercaba a probarlo, despertando en él un deseo aún mayor del que le había traído allí, un deseo tan grande que hacía que acabaran necesitando comprarlo, sin poder confesarle a nadie que cuando él mismo quiso comprarse uno al heredar de su tía Anabél, sus jefes le dijeron que no se lo venderían a ningún precio. No podían permitirse perder a su mejor vendedor y no podían permitir que sus clientes vieran que ese coche tan exclusivo que venían a comprar y por el que iban a pagar una pequeña fortuna era el mismo que conducía el empleado que se lo vendía. Cuestión de prestigio.

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