miércoles, 2 de septiembre de 2015

El narrador.


               
               La gente del pueblo se acercaba a la Sociedad para escuchar las historias que contaba mientras jugaba al dominó y a la zanga. Sin duda era mejor narrador que jugador. Al principio solo tenía de público a los compañeros de partida. Luego se fueron sumando los que jugaban en las mesas de al lado y los que iban a echarse las copas, el puro y la siesta reclinados en los sillones orejeros, como Dios manda. O como mandaba la tradición, que eso él no lo tuvo nunca muy claro. Poco a poco fue viniendo más y más gente para desazón suya y regocijo del cantinero que tenía la concesión de la Sociedad. Aquella nunca se vio con tanta afluencia desde los tiempos de Don Mateo Sigüenza, alcalde que fue en tiempos de la República y que cada viernes hacía allí los plenos municipales donde debatía los asuntos del pueblo en los que todos podían intervenir. Él, sin embargo, narraba historias que todos intuían eran ficticias, pero lo hacía con un arte tal que nadie osaba interrumpirle o afearle la mentira. Era, sin duda, un mago de la palabra. Dominaba ese arte de tal manera que, justo cuando echaba el doble seis o el blanco uno para cerrar la partida o dominar el juego lo hacía en el momento adecuado para dejar el final de la historia para otro día. Todos creían que era para mantener la intriga viva y reían mientras brindaban por su arte y pericia. Nadie imaginaba que le aterrorizaba acabar una historia y ya no tener nada más que decir.

1 comentario:

noel olivares dijo...

Encantador microrrelato de un personaje que encarna una historia sin fin...