miércoles, 23 de septiembre de 2015

El niño de la tienda de telas.


                      El niño tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en sus brazos sobre el repintado mostrador de la tienda. En el techo, las aspas del ventilador removían un aire cargado de un polvo acre que se agarraba a la garganta y se incrustaba en las manos como si de una segunda piel se tratara. El zumbido de los fluorescentes se mezclaba con el chasquido de las tijeras al rasgar la tela. Era como una música hipnótica que se repetía una, otra y otra vez solo con la pausa precisa para cambiar un rollo de tela por otro. Los cortes se iban amontonando a un lado del mostrador, las piezas de tela en el otro y en medio, un señor canoso armado con unas enormes tijeras que cortaba metódicamente y en silencio. Hacía frío en la calle. La gente se veía pasar abrigada detrás de los cristales del escaparate, con el paso apurado, como si temieran que al llegar más tarde a sus casas ya no quedara nada que cenar en ellas. El niño entreabría los ojos de vez en cuando para mirar cómo pasaban. Mujeres rollizas cubiertas con pañoletas, chales o rebecas, que andaban apresuradas de aquí para allá, con el rostro rojo. El niño se preguntaba si era por el sofoco de sus prisas o por el frío que habría en la calle. Dentro, en la tienda, se estaba bien. No había frío y los ruidos llegaban amortiguados entre tantas piezas de tela. Fuera, sin embargo, empezaba a llover y la gente apresuraba más aún el paso. Corrían tratando de taparse la cabeza con cualquier cosa. Al niño siempre le llamaba eso la atención. Podían estar empapados de hombros para abajo, pero la gente huía de mojarse la cabeza como si de la mismísima muerte se tratara. El señor que cortaba las telas había terminado su trabajo y envolvía cuidadosamente los cortes en un papel marrón: muselinas, sedas chinas de mil estampados, panas resistentes, tergales de varios colores, popelinas delicadas. Era, sin duda, un pedido importante, pero ahora ya empezaba a apagar las luces de la tienda. Sin el zumbido de los fluorescentes y el chasquido de la enorme tijera nada era igual. De repente, el niño empezó a sentir frío él también y, sin saber por qué, le invadió el temor de que si llegaban tarde a casa serían ellos los que se quedarían sin cenar.
                -¡Papá, vamos ya! Es tarde.
            El señor dio la mano al niño y ambos salieron de la tienda. Seguía lloviendo y empezaron a correr tratando de proteger, ellos también, la cabeza del agua fría. En la tienda se quedaban las telas, las tijeras, el ventilador de techo y las resmas de papel marrón. El polvo acre y picante sin embargo se iba con ellos, agarrado a sus gargantas, pegados a su piel de manera casi indeleble. El niño pensó que tal vez la lluvia lograría borrarlo y se quitó las manos de la cabeza pero el señor tiró de él y lo metió en una guagua. El niño empezó a temer que jamás podría desembarazarse de ese polvo, por muy limpias que llegara a tener sus manos. Ese polvo, acre, picante, que se agarraba a la garganta, le iba a acompañar toda su vida hiciera lo que hiciera, y esa idea le aterrorizaba más que la idea de quedarse sin cenar.

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