martes, 15 de septiembre de 2015

El polvo.


                      Odiaba el polvo. Especialmente limpiarlo. Era una tarea que no soportaba. Le parecía el trabajo más estéril del mundo: levantar a diario cada una de las figuras que decoraban el mueble del salón para comprobar que a su alrededor había un cerco de polvo, limpiarlo y ver que al día siguiente ese maldito cerco de polvo estaba otra vez allí, burlándose de ella. ¿Ese polvo era siempre el mismo o tal vez cada día surgía de la nada un polvo nuevo? Y si era nuevo, ¿de dónde salía si la casa permanecía prácticamente cerrada? Daba igual que cambiara de sitio las figuras o que usara este o aquel producto que se anunciaba como mágico o milagroso para la limpieza del polvo: este siempre volvía a aparecer, contumaz, invencible, eterno. Cuando el psiquiatra le preguntó el por qué de su tristeza y de su angustia acabó convencido de que estaba loca del todo, sobre todo cuando le contestó que el responsable era el polvo y su certeza de que, cuando ella muriera, él, por fin, ganaría esta guerra que llevaban librando los últimos cuarenta años. La simple idea de que el polvo, ese polvo que nadie sabía cómo o de dónde venía pero que cada día aparecía en su salón la sobreviviera, la torturaba. Casi tanto como aquella otra en la que ella una vez muerta, polvo al final, sería la que torturaría a otra persona en su casa apareciendo cada mañana hiciera esta lo que hiciera para evitarlo.

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