lunes, 28 de septiembre de 2015

El turbulento futuro.


                            En el hilo musical Simon & Garfunkel cantaban su Puente sobre aguas turbulentas y en el bar, a esa hora, media noche pasada, apenas quedábamos cinco o seis parroquianos y Anselmo,  que detrás de la barra pasaba un paño de dudosa higiene a unos platos para secarlos. A 1.980 le quedaban apenas unos días y nosotros tres teníamos aún toda la vida por delante y muchas copas compartidas hasta llegar aquí. Éramos tan ingenuos que pensábamos que el futuro sería como lo estábamos planeando delante de aquellos cubatas mientras pedíamos plato tras plato de calamares, carne en salsa y pata asada. Tú, amigo, estabas convencido de que nada se nos podría resistir mientras siguiéramos todos juntos. Puede que por eso, cuando el sida te llevó, abandonado por todos los que alguna vez afirmamos quererte, se llevó contigo nuestra inocencia y ese futuro espléndido que, entre copa y copa, asegurabas que nos pertenecía por derecho propio.
                        Hoy me encontré la foto que nos hicimos aquella noche. Estamos los cuatro: nosotros tres y Anselmo. El bar, decorado para la Navidad con espumillón plateado y unas bolas de color rojo y dorado, era nuestro lugar de reunión favorito. Anselmo tiene cara de cansado en la foto, nosotros tres, de locos. Tú, amigo, lucías ese peinado infame con el pelo encrespado a lo afro que llevabas entonces, poco antes de perderlo por la quimio. Luis y yo solo teníamos cara de borrachos, con la mirada perdida y una sonrisa estúpida en la cara. Yo sigo teniendo la mirada perdida. La sonrisa, sin embargo, es un lujo que desde hace años no me permito muy a menudo. No hace falta que te diga que los sueños de aquella noche en la que planeamos nuestra vida futura jamás se cumplieron. Tú te fuiste muy pronto, Anselmo cerró el bar, arruinado en una de tantas crisis como vinieron, Luis, simplemente desapareció sin decir nada a nadie y yo... Yo realmente nunca importé mucho a nadie. Tan solo me sentía valioso como parte de aquel grupo que creí que sería eterno. De esa noche solo queda esta foto y mi memoria, que ya flaquea. Pero estoy seguro de que hoy, en otro bar, otros jóvenes que se creen inmortales e invencibles, planean también su futuro. Espero que, al menos, la música de fondo sea tan buena como la que tuvimos nosotros aquella noche de final de 1980.

2 comentarios:

Jorge Muzam dijo...

Demasiado pronto para morir. Emotivo escrito, querido amigo.

Un fuerte abrazo

Gabriel Prach Prach dijo...

Lo encuentro buenísimo, que derroche de nostalgia y soledades desatadas.
Saudos Jesús.