viernes, 25 de septiembre de 2015

La estación.


                     Cuando se bajó del tren aún no había amanecido y en la estación no había un gran movimiento. Aquella era una ciudad pequeña, apenas poco más que un pueblo grande. El nombre era lo de menos. Hacía tiempo que solo recordaba caras, no nombres. Se dirigió al bar de la estación. Tenía hambre y sabía por experiencia que en la de los pueblos grandes, o en la de las ciudades pequeñas, como esta, solían tener buen café y hacer un desayuno decente. La parte mala era que el camarero siempre se sentía en la obligación de dar conversación al cliente. 
               Le gustaba ese sitio. Olía a limpio. A Pueblo, a cosechas y a risas. ¿Se pueden oler las risas? Manolo, tú estás muy mal, se dijo. Pronto amanecería y empezaría todo el revuelo de un sitio como este. Odiaba el ruido que hacía la gente, por eso viajaba siempre de noche. De noche, en los trenes, la gente no se esforzaba por hablar sino por dormir y él podía disfrutar del silencio solo roto por los ruidos de la máquina y de un paisaje que se recortaba negro en las ventanillas. A veces podía hasta dormir. Hacía años que no dormía una noche entera y solo lograba descansar algo mejor cuando viajaba en tren. Pagó el desayuno antes de que el camarero siguiera haciéndole más preguntas que no tenía ni ganas ni intención de responder y salió en busca de una pensión donde alojarse un par de días. Nunca estaba más de tres días en el mismo sitio, nunca preguntaba el nombre del pueblo y jamás hacía turismo por él. Solo buscaba un aire nuevo, una mirada fresca, nuevas gentes con las que tropezarse en los mercados y que le ayudaran a reencontarse consigo mismo y recuperar algo de inspiración para poder escribir. A veces lo conseguía y lograba escribir tres o cuatro páginas de un tirón. Otras, en cambio, apenas podía escribir una frase. Era como si la mente se le encasquillara en una imagen y no pudiera salir de ella. Algunas, pocas, era incapaz de escribir una sola palabra. Cómo podría escribir nada, cómo podría pensar en nada cuando la tristeza que sentía era tan grande que solo podía notar como moría un poco más por dentro. Pero este pueblo le gustaba, seguro que aquí podría escribir tranquilo. Lo podía oler  en su aire. ¡Qué cosas piensas, Manolo, tú y los olores! Recogió su maleta y salió de la estación cuando el sol ya brillaba en el cielo y la gente se movía como autómatas por una linea de montaje.

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