lunes, 14 de septiembre de 2015

Treinta y siete grietas.


                                 Su nueva vida empezaba en una habitación más bien pequeña, amueblada con un colchón en el suelo, ocho libros en torre a un lado de lo que sería su cabecera y que le servía lo mismo de mesa de noche que de punto de referencia para ubicar el resto de sus cosas. Una cuerda colgada de dos clavos en una pared que unas veces hacía de perchero para sus dos camisas y su pantalón y otras simplemente hacía de tendedero para su ropa interior y los calcetines, negros, siempre negros, que lavaba a diario. No se puede fumar en la habitación, por los incendios que provocan los cigarrillos en las camas, ¿sabe usted?. Fue lo primero que le advirtió la casera al enseñarle aquel cuartito vacío y mal iluminado. Él no fumaba. Si de verdad quería evitar alguna actividad peligrosa debería haberle prohibido pensar. Porque en eso era en lo que ocupaba la mayor parte del tiempo que pasaba allí, en intentar no pensar, en tratar de dejar la mente en blanco, en fijarse en las grietas que tenía la pintura del techo. Treinta y siete. Exactamente treinta y siete grietas de diferentes formas y tamaños tenía el techo. No quería pensar en qué le había traído allí. No podía permitirse el lujo de pensar en lo que había sido su vida hasta el día en que había llegado allí, la semana anterior, el día de su cuarenta y siete cumpleaños. Necesitaba borrar todo eso, su pasado, sus recuerdos, su historia, su vida entera, tanto como ese techo necesitaba una mano de pintura que cubriera sus treinta y siete grietas y alguna mancha indefinible que lo oscurecía en las esquinas.
                              En su cuartito solo se escuchaba algún suspiro que no podía reprimir, el aleteo de alguna cucaracha que aún no había podido descubrir y, desde lejos, amortiguados como por una buena borrachera, los ruidos del resto de la casa. Los cacharros de la cocina, los platos en la mesa chocando con los vasos, algunas puertas abriéndose y cerrándose, el agua corriendo por la cañería del baño, quejándose de tanto ajetreo, de tanto ir y venir de inquilinos, de tanto tirar de la cisterna, de tantas manos diferentes que se lavaban en su pileta de dudosa higiene a esta hora de la noche. El baño siempre olía fuerte. Por la mañana olía fuerte a lejía. A medio día olía fuerte a zotal. A estas horas olía fuerte a uso, a pis que no cayó dentro de la vasija, a poco uso de la escobilla, a mucha humanidad y poco aseo. Todavía recordaba las arcadas que sintió cuando fue a usarlo el primer día de su estancia en la casa. Volvía tarde de su paseo nocturno y se dirigió al baño para ducharse y aliviarse antes de irse a su cuarto. El olor hizo que casi renunciara al alquiler. Luego se dio cuenta de que, fuera donde fuera, habría poca diferencia con lo que esa noche le rodeaba y, además, estaba muy cansado para hacer nada. Aunque fuera para coger sus ocho libros, su camisa y su ropa interior de repuesto, su par de zapatos nuevos y marcharse de nuevo a algún sitio. Por eso se encerró en su cuartito y dejó que la noche, los ruidos, la cuerda colgada en la pared, esa cucaracha invisible y las treinta y siete grietas del techo se convirtieran en todo su universo a partir de ese día. Y una enorme pantalla blanca en la que quería que se convirtiera su mente.

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