jueves, 1 de octubre de 2015

Bruto.


                           Tal vez sea el otoño, que no acaba de entrar, amor, o tal vez sea que ya nada me ata a una vida en la que no encuentro más aliciente que sentarme a la sombra y ver como pasan, lentamente, las horas del día, pero hoy me pesa hasta el aire que respiro. Con los ojos cerrados repaso las cicatrices con las que llego hasta aquí. Algunas son solo recuerdos en mi cuerpo de malos pasos, de viejas heridas. Otras, las del alma, sin embargo, siguen supurando debajo de esa coraza con la que no sé bien si trato de protegerme  del mundo o trato de protegerlo a él de mi. Bruto se acerca en silencio hasta donde estoy sentado. Me mira con esos ojos tan expresivos, tan humanos a pesar de ser un perro, y se echa a mi lado con un suspiro. Ambos nos miramos de reojo, ambos nos reconocemos como perros viejos y tranquilos, ansiosos de caricias y resignados a sobrevivir con las migajas de amor que se caen de la mesa. Sin duda él es más inteligente que yo. No creo que se preocupe tanto por lo que ayer hizo o dejó de hacer. Solo se sienta junto a quien sabe que, a veces por inercia, acabará acariciando su enorme cabezota marrón. Hoy me has dicho adiós sin pronunciar esa palabra que tanto evitamos. Tal vez tú misma aún no lo sepas, pero cada día que pase a partir de ahora nos iremos alejando casi sin darnos cuenta y como este otoño que no acaba de llegar, una mañana, al asomarme a la ventana, en vez del sol que hoy todavía calienta mis cicatrices, la lluvia y el frío vendrán a ocupar este espacio donde dejo pasar la vida con la esperanza de que algo nuevo suceda y lo cambie todo. 

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