martes, 6 de octubre de 2015

El intruso.


                         Se colaba en todas las celebraciones que podía. Incluso lo hacía en algunos duelos cuando no tenía ninguna boda o bautizo cercanos. Nadie se extrañaba de su presencia, eran muchos años de experiencia y sabía camuflarse entre los amigos o los dolidos. Nunca comía, bebía o lloraba más de la cuenta y sabía perfectamente cuándo llegar o marcharse para no despertar suspicacias. Llevaba preparadas media docena de excusas creíbles por si se diera el caso de ser descubierto, pero jamás reconocería que la única razón por la que lo hacía era porque solo en esos momentos se hacía la ilusión de tener familia y amigos y se olvidaba por un par de horas de que, en realidad, jamás tuvo a nadie por quien preocuparse o con quien celebrar nada. 

3 comentarios:

Jorge Muzam dijo...

Abrigando la soledad. Narrativamente perfecto.

Un fuerte abrazo, querido amigo.

Jesús Chamali dijo...

Siempre se agradece que un amigo lea lo que uno escribe Pero cuando este amigo tiene la calidad personal y literaria como ocurre en tu caso, Muzam, esas palabras de aliento son aún más valiosas.
Gracias.

Anónimo dijo...

Qué terrible debe ser vivir en tanta soledad. Sigo su blog, pero hay relatos, como este, en los que la angustia y el dolor quedan perfectamente dibujados.
Enhorabuena.
Carlos Gallardón.