martes, 20 de octubre de 2015

Pancho y la lluvia.


                       Los días de lluvia ponían triste al niño de la tienda de telas. Sus hermanas se reían de él. Para ellas era de lo más romántico mirar la lluvia caer tras la ventana del salón mientras suspiraban por un amor inexistente. Pero él no podía dejar de pensar que ahí fuera, seguramente mojándose y con frío, estaría su amigo Pancho, el viejo borrachito que se sentaba en los bancos del parque a ver pasar la vida entre trago y trago y a compartir su comida con las palomas. Seguramente las palomas y él eran los únicos seres vivos que se sentían cómodos con Pancho. El resto pasaba a su lado evitando hasta mirarlo, como si solo con posar su vista en él los fuera a contaminar con alguna enfermedad rara o, lo que al parecer era peor, con la pobreza. Para el niño, Pancho no era un pobre o un borracho. Era un tipo gracioso al que las palomas y algún gato, en vez de huir, se acercaban a hacerle compañía y él, a cambio, los alimentaba o jugaba con ellos. Por  eso no entendió el escándalo que se montó cuando dijo que él, de mayor, no quería trabajar en una tienda de telas sino ser como Pancho, libre y feliz. El niño de la tienda de telas no sabía aún que hay que tener cuidado con lo que se desea.

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