jueves, 15 de octubre de 2015

Trasteros.


                            Hacía tiempo que no entraba en el trastero. No tenía razones para hacerlo, claro. Además, ¿no eran los trasteros esa especie de panteón donde se pudren todos aquellos trastos inútiles que nos resistimos a tirar? Pues eso. Qué iba a hacer él allí. Y ordenar un trastero era casi como poner al día los papeles de un muerto: un acto estéril, inútil, casi obsceno. Y total para qué. Si al poco iba a estar de nuevo inmerso en ese caos de manera inevitable. No, a los trasteros solo se debe entrar para enterrar algo en ellos o cuando la nostalgia apriete su nudo sobre nuestro cuello hasta casi asfixiarnos. Y hoy se sentía ahogado. Ahogado por los recuerdos. O tal vez por la necesidad de no olvidarlos. Para eso estaban los trasteros, ¿no? Para bucear de vez en cuando en ese mar negro y frío de los recuerdos, para entrar a saco en ellos como quien acude a una despensa bien surtida en plena hambruna. 
                           Y hoy estaba hambriento. es lo que tiene el paso del tiempo, que de vez en cuando te da un apetito voraz por recordar, por volver a ser, aunque sea de manera efímera, quien fuiste, por volver a sentir, aunque solo sea el regusto, aquellos amores que te ayudaron a andar por la vida justo diez minutos antes de que te dejaran clavado al suelo, mientras en tu cabeza suena, de nuevo, esa vieja melodía de los noventa donde un grupo que decían llamarse Guardianes del Amor cantaran aquello de "cuatro palabras: ya no te amo", y te das cuenta de repente del tiempo que hace que alguien te dijo esas mismas palabras al cerrar la puerta tras de sí.

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