sábado, 17 de octubre de 2015

Veinticinco metros.



                         En la tienda de telas las horas pasan lentas durante las tardes de verano. El niño piensa a veces que es toda la vida la que transcurre a cámara lenta esas tardes. Los clientes suspiran al entrar en ella cuando notan el fresquito que da el enorme ventilador que cuelga del techo. Fuera, el calor lo derrite todo. Hasta el asfalto parece hecho de chicle de regaliz. Pero dentro de la tienda se está bien. La tienda es para el niño una especie de teatro, fresco y a la sombra, donde disfrutar de una obra genuina que solo se acaba cuando, en vez del telón, el hombre de la tienda de telas deja caer la persiana cada noche. La tienda está al lado de la playa y, a veces, se atreve a asomarse a pesar del calor. En las interminables tardes de verano, a la hora de la siesta, la calle está en silencio y solo muy de vez en cuando pasa, despistado, un coche lanzando destellos con su pintura brillante. El niño los mira embobado, hipnotizado por la fuerza de esos colores vivos, más vivos aún cuando el sol los acaricia: los rojos fuego, los azules cielo, el brillo señorial de los cromados junto al negro azabache, los granates o el azul marino, tan serio y formal, que en esas tardes de verano, cálidas y silenciosas, lucía menos serio y formal. Nadie camina por las calles en las tardes de verano a la hora de la siesta y desde la playa llega un olor a bronceador de coco y el sonido apagado de las risas de niños jugando.  Veinticinco metros separan la tienda de la playa pero bien pudieran ser veinticinco kilómetros. La playa es para los demás, para los que no tienen que estar como el niño, en la tienda. Él los mira pasar con envidia en los ojos. Ellos, sin embargo, ni se fijan en él al pasar. Los niños, sin que nadie se lo diga, saben que en ocasiones veinticinco metros es la distancia insalvable que separa dos universos.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Qué hermosa historia! Me ha llevado en volandas a mi niñez. ¡Qué sensación más agradable!
Ana Lastra

Anónimo dijo...

Es una bella historia que a pesar de ello es muy triste también. En cierta manera me llenó de melancolía y de una tristeza que no logro definir.
A.J.T.

Jesús Chamali dijo...

Lo lamento. Mi intención no es entristecer a nadie. Aunque la historia que relato tenga algunas gotas de tristeza, lo reconozco.

Jesús Chamali dijo...

Gracias. Mi relato es, en cierta manera, un viaje introspectivo a una infancia común que comparte muchas gente.