lunes, 21 de diciembre de 2015

El desgraciado.

            

        La suerte se gasta. Como se gastan las suelas de los zapatos, el saldo de las tarjetas de crédito, o los bajos de los pantalones vaqueros. Solo que entonces yo no lo sabía. Entonces creía que la suerte siempre iba a jugar en mi bando y que si la tenías era inagotable. Me equivoqué. Pero para cuando me di cuenta de eso ya era demasiado tarde y todo a mi alrededor había entrado en una especie de caos inabarcable e imposible de manejar que me arrastró a una tristeza de la que nadie pudo nunca escapar. No, yo tampoco.
        La suerte, esa puta desagradecida, me abandonó y todavía no sé ni por qué ni por quién. Solo sé que, sin saber exactamente cómo ni en qué momento preciso ocurrió, una mañana me levanté y supe que ya nada sería igual para mi, que a partir de ese momento tendría que lidiar con la vida sin su ayuda y sin su protección. Y los días, hasta entonces brillantes, empezaron a ser tristes, fríos y grises. Nunca me he sentido más solo que sin ella. De repente, dejé de ser ese tipo simpático, agradable y divertido que solía ser para convertirme en esto que soy ahora, en esta sombra tristona y apática que se arrastra más que camina y que se para en cada esquina para mirar si fue allí donde la perdió, que emplea la mayor parte del tiempo en intentar recordar dónde y qué momento se gastó su buena suerte, que mira con envidia a quien aún tiene saldo con su fortuna mientras murmura envidioso por lo bajito "tú también te quedarás sin ella" cuando ve pasar a su lado a la gente que aún es feliz.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ácido y descorazonador. Sin embargo, deja buen sabor de boca.
Pedro el cocinillas.

Pedro Luis Rodriguez dijo...

Toda una tesis existencialista filosofica