sábado, 31 de enero de 2015

Poesía en la cama.



Siempre faroleaba sobre la adversidad y la vida. Afirmaba que nada podría hacer que él, al menos él, se rindiera ante ellas. Presumía ante quien quisiera escuchar de  no necesitar nada ni a nadie. Claro que esto lo hacía sabiendo que nada le faltaba en su vida, que tenía casa, fortuna, amigos y alguna relación esporádica con la que suplía la necesidad de amor con buen sexo, sin más compromiso que tratar de llegar más o menos juntos al momento del placer.
Pero todo esto fue antes de que ella le susurrara una noche que lo amaba y de que él le pidiera que  se quedara siempre a su lado, cuando antes del sexo leían poesía juntos, desnudos en la cama, cuando uno acariciaba a la otra mientras ésta leía en voz alta los versos más tristes de esa noche..o cuando después del sexo se miraban a los ojos, abrazados para acompasar el ritmo de sus latidos. Fue antes de que una mañana ella desapareciera sin decir nada y él saliera a buscarla por las calles, caminando sin rumbo bajo la lluvia suave e incesante que llevaba días empapando y oscureciendo la ciudad y que molestaba lo justo para echarla de menos cuando dejaba de caer. Pero esa noche volvió solo a casa, donde le esperaba una gran cama vacía en la que un libro de poesía permanecía abierto. Y mucha soledad.
Desde entonces sólo sale a pasear cuando llueve, con la esperanza de encontrarla refugiada de la lluvia en algún soportal de cualquier calle. Pero sigue volviendo a casa solo.
Y ya no farolea más sobre la adversidad y la vida. 

jueves, 22 de enero de 2015

Un tipo reservado.


Le conocían como "el de la casa encarnada". Nadie nunca se preocupó jamás de saber algo más de él. Tampoco le dijo nadie que al comprar esa casa adquiría con ella también el mote y la invisibilidad como persona. Al principio le sorprendió que nadie le contestara a sus saludos cuando salía a pasear por el pueblo o cuando acudía al colmado local para hacer la compra. Él lo achacó a que en los pueblos pequeños al principio es difícil integrarse y pensaba que, con el tiempo, la cosa cambiaría y llegaría a ser uno más de ellos.
Pero se engañaba. Eso jamás sucedió. Tampoco llegó a saber nunca qué lacra había adquirido cuando compró la casa encarnada que estaba solitaria en la colina, a la salida del pueblo. ¿Cómo saberlo si nadie le hablaba? Cuando ya no aguantó más, puso la casa en venta. La puso a buen precio. No le importaba ganar o perder. Lo único que quería era salir de ese pueblo y recuperar su identidad. Por eso, cuando llegó la primera oferta de una pareja joven que vio el anuncio de venta en internet, la aceptó sin dudar. Sabía que nadie en el pueblo les diría lo que pasaba con quién adquiría esa casa. Igual que tampoco se lo dijeron a él.
Hace poco que se ha mudado a mi pueblo. Cuando le preguntamos su nombre se quedó en silencio un buen rato. Llevaba tanto tiempo siendo "el de la casa encarnada", que ya no recordaba su nombre. Cuando por fin nos lo dijo fue como si se rompiera un dique y nos contó su historia. Hizo mal. Para nosotros sería también, a partir de entonces, "el de la casa encarnada del pueblo de al lado".
Hoy hemos visto nuevos vecinos en su casa. Por lo visto la ha vendido, aunque no nos dijo nunca que fuera a hacerlo.
Era, sin duda, un tipo muy reservado.

sábado, 17 de enero de 2015

Noches solitarias.



Veo pasar las horas en el reloj de esta estación solitaria como si fueran hojas muertas que caen en un bosque interminable. Pero ellas no caen al suelo, se clavan en mis ojos arrasando mi mente como alfileres al rojo vivo. Igual que la hoja afilada de una guadaña manejada por un verdugo sin piedad.
Esta noche parece no tener fin.
Y yo ya no sé qué pensar, en qué creer.
Mi lógica me dice que todo esto pasará, que la noche acabará, que este reloj al que no paro de mirar, y que parece no caminar nunca, marcará las hora del nuevo día. Sé que cuando el día llegue, las cosas cambiarán, que a la luz de la mañana no me sentiré tan sola y triste. Me dice que en algún lugar debe haber alguien que tampoco duerme hoy mirando a la luna amarillenta que parecer dominar el cielo esta noche, y tal vez él esté triste también y  anhele, como yo, abrazar y ser abrazada. Eso me dice la lógica.
Lástima que éste sea un mundo donde la lógica no parece tener lugar.
Y de momento aquí estamos, a solas, la noche, mi angustia, mis deseos, y yo.
Y un reloj que no avanza.

viernes, 16 de enero de 2015

La esencia final.


¿Y al final de la vida, qué es lo que quedará en esencia? Quizá algunas fotos desvaídas y un montón de recuerdos más desvaídos aún que esas mismas fotos.
Qué quedará, sino una serie de copas vacías. Unas de vino dulce y otras de la hiel más amarga. Puede que el pesar por alguna otra  que dejamos, queriendo o no, a medias.
Qué quedará, sino nuestra sombra alargada en un día de sol, la misma que nos pasamos persiguiendo todo el tiempo como si fuéramos un errático Peter Pan, temerosos de perderla a pesar de que sabemos que, hagamos lo que hagamos, nunca la alcanzaremos.
Qué quedará, sino el dulce sabor imaginario de los besos que nunca dimos y jamás recibimos, o el amargo sabor de las lágrimas que mojaron nuestros labios y los suyos.
Qué quedará, sino esa fría tumba abierta que espera, paciente y oscura, calmosa y segura, como añorado refugio, a su inquilino para que pueda olvidar. Y tal vez hasta descansar el espíritu de una vez por todas.

martes, 13 de enero de 2015

07:00 a.m.


Cada mañana se levanta agotada, con la misma sensación de hartazgo y frustración que el día anterior. Toda su vida le pesa más de lo que ella cree poder soportar. Su día a día es tan patético, o a ella se lo parece, que cuando sus compañeras desayunan entre risas y hablando, planeando su futuro como si éste se fuera a comportar de la manera en la que ellas lo ideasen, Sonia lo hace en silencio, planeando su muerte. 
Cada día idea un nuevo final para ella misma, más complejo y elaborado que el anterior. Pero sin violencia. Sonia odia la violencia, y ni siquiera la muerte iba a cambiar eso. Imagina planes y estrategias que la ayuden a salir del pozo en el que se encuentra, pero siempre tomando atajos, siempre de la manera más rápida. Y sin dolor. Porque lo que más odia después de a su vida y a la violencia, es al dolor. 
En el vagón del metro, mientras mira cómo su reflejo aparece y desaparece en el cristal de la ventanilla, piensa, una vez más, que el de hoy sería, ¡por fin!, su último día. Sus planes eran perfectos. Sólo había un pero en ellos: hacía falta decisión para llevarlos a cabo. Y de eso no tenía, así que sabía que el de hoy, probablemente, lo único que lograría sería aumentar su frustración cuando mañana se levantase de nuevo, agotada y harta de todo.
Y es que a los 16 años, la soledad, el desamor y la desesperanza son montañas tan altas, que a veces no se logran escalar.

domingo, 11 de enero de 2015

Muertos de distinto valor.


Voy a dejar una cosa clara antes de seguir escribiendo esta entrada: me repugna y rechazo los hechos ocurridos en Francia esta semana. Por diferentes razones. Las 17 víctimas mortales, más los tres terroristas muertos no es la menor de ellas, aunque tampoco la única.
Esa caterva de narcisistas manipuladores que nos gobiernan, y los verdaderos amos del mundo, esos que desde las sombras detentan el verdadero poder y ordenan a esos supuestos dirigentes, aprovecharán esta circunstancia para instaurar un poco más la censura y la pérdida de libertades civiles amparándose y apoyándose en su gran excusa: el miedo. 
Y esa sí que es una razón de gran peso para mi a la hora de rechazar la violencia; toda violencia.
En Francia, Europa, tres terroristas de corte islamista radical matan a 17 personas y Europa en peso, y con ella todo occidente y parte de oriente, se han movilizado escandalizados por los hechos y en solidaridad con las víctimas. En Nigeria, África, Boko Hram, un grupo terrorista islamista de lo más radical mata a 2.000 personas en ese mismo tiempo, usando incluso para conseguir su objetivo a niñas de 10 años, a las que ataban al cuerpo cargas explosivas para detonarlas a distancia cuando éstas estuvieran en medio de la muchedumbre. Y nadie alza su voz para denunciarlo o se moviliza para solidarizarse con los fallecidos.
No puedo dejar de preguntarme si esas 2.000 personas no eran seres humanos, si no tenían familias, o si su sangre y sus vísceras eran diferentes a las de las víctimas de Francia. Me pregunto si acaso los terroristas de una y otra matanza no son lo mismo, o lo que ocurre tan solo es que éstas eran negras, ciudadanos en un país pobre en un continente deprimido y sobre explotado, y las otras eran ciudadanos de un país rico del primer mundo.
Evidentemente, no todos los muertos valen lo mismo para nosotros.

martes, 6 de enero de 2015

Cuento de una Navidad acabada.


Bueno, pues ya es 6 de enero. Los Reyes Magos ya han dejado sus regalos en los salones, debajo del árbol o junto a la representación del portal de Belén. Algunos ya están disfrutando del roscón de Reyes entre la ilusión de que les salga el Rey y el temor de que les toque la haba y sean los que costeen el roscón del año próximo.
En resumen: ya estamos de lleno en el 2015, el año en el que, según el desgobierno de España y el "hartonómico" de Canarias, seremos menos pobres, menos feos, menos gordos y hasta menos tontos. Porque, claro, para ser más ricos, más guapos, más delgados y más listos faltan aún un par de años por lo que insinúan. Pero ambos presidentes afirman que este será, sí que sí, el año del despegue económico. Y además lo hacen apoyándose en las predicciones de una cohorte de sesudos analistas económicos. Los mismos, por otra parte, que o ni olieron la tostada quemada de la crisis, o simplemente se dedicaron en cuerpo y alma a negar su evidencia los primeros años de la misma con los mismos argumentos estériles y vacuos que utilizan ahora para asegurar su final.
Ahora bien, y dicho lo anterior, si estos es así, ¿por qué yo no veo el cambio ni en mi ni en la gente de mi entorno?  
               
Hoy acaba oficialmente la Navidad, y con ella esa extraña tregua plagada de hipocresía, de falsa paz y falso amor, tan falsa como la nieve de la falsa pista de esquí que el alcalde de Las Palmas nos ha "regalado" o el falso hielo de la pista de patinaje que un centro comercial se empeña en colocar cada año en su terraza. Tan falsa como la mayoría de los abetos que han adornado nuestros salones o tan falsa como la alegría que imposta nuestras vidas estos días. A partir de hoy vuelve la normalidad, vuelven los problemas que no pudimos o no supimos resolver, vuelve ese jefe cabrón que nos putea a diario, vuelven -¡y cómo!- los números rojos en nuestras cuentas corrientes, las discusiones en la familia, y los equilibrios imposibles para llegar a fin de mes.
Y en este clima de pura y dura realidad, vuelven las mentiras que todos sabemos que nos cuentan, pero que en el fondo, y eso es lo que más me entristece, todos queremos oír porque, sin ellas, la realidad es demasiado fea y gris para soportarla. Así que, bienvenido, 2015, y que lo de la recuperación económica y los demás beneficios que nos aseguran que la acompañan, sea, por una vez, verdad.

viernes, 2 de enero de 2015

Recuerdos de la niñez perdida.


Alguien me dijo una vez que la infancia es ese espacio común donde todos nos encontramos y reencontramos con aquél que fuimos una vez antes de ser quien somos ahora. Quizá por ello el recuerdo de aquellas mañanas de principio de verano de esos años, llenas de un aire limpio y claro, con esa luz tan brillante que lo bañaba todo con un color tan nítido que aún permanece vivo en mi memoria, siempre me llena de una nostalgia agridulce. 
Recuerdo con esa misma nostalgia la habitación de mis padres, con los muebles de aquella madera tan oscura que casi los hacía parecer negros, con aquél perro de porcelana marrón y brillante, tan feo, tan malo, que aunque hubiera llegado hasta hoy, jamás hubiera tenido la categoría salvadora de ser una antigüedad. Lo feo, es feo y malo siempre. 
Revivo también el olor de aquél dormitorio. Olía a la loción de afeitado de mi padre, varonil e intensa,  y a Maderas de Oriente, el perfume que usaba mi madre. Ambos olores, como mis propios padres, convivían en una extraña armonía donde ninguno dominaba al otro sino que se potenciaban y complementaban a la perfección. Ese olor, mezcla de ambos, impregnaba la manta que cubría en invierno las camas de ambos. Una manta de tacto cálido y sedoso, que se veía sustituida en verano por el vivo colorido de la colcha de ganchillo con la que mi madre vestía las camas los días de calor.
Pero el recuerdo que más anclado tengo es el del batín de lanilla que usaba mi padre dentro de casa. Un batín color cámel, con hebras de tabaco en su bolsillo y un chisquero que siempre sobresalía del mismo. No sé por qué, asocio ese recuerdo al de mi padre afeitándose.

Cada día esperaba con deleite la hora en la que mi padre se afeitaba. Era como contemplar el ritual casi mágico de una ceremonia religiosa. Yo me sentaba cerca de él, en el suelo de mármol del baño, tratando de no perderme ni uno de los gestos  que mi padre hacía en el momento de afeitarse. Era una rutina precisa: primero se mojaba bien la cara con agua caliente, luego, con toda la paciencia del mundo, se enjabonaba la cara con su brocha de afeitar. Empezaba por el cuello, continuaba luego con el moflete derecho, para acabar por fin con el izquierdo antes de comenzar con las pasadas lentas de la navaja sobre su piel, con ese ruido de raspar que hacía el filo al cortar aquellos pelos tan duros de la barba de mi padre. Unos pelos que volvían a pinchar como alfileres al poco tiempo de afeitarse. 
Mi padre, absorto en su mundo, hablaba consigo mismo mientras se afeitaba repasando en voz alta los temas que le preocupaban. A veces me alongaba a su lado para comprobar si había alguien al otro lado del espejo con el que mi padre pudiera estar hablando. Mi imaginación desbocada me llevaba a creer que tal vez hubiera otro padre diferente escondido tras ese espejo, y hacía nacer en mi una irresistible curiosidad por ver si, de la misma manera, habría algún otro niño como yo también en ese mundo mágico y misterioso del otro lado de un espejo que, a mi, se me antojaba como la puerta al país de las maravillas de la mismísima Alícia.
Hoy nada es ya igual. 
Afeitarme no es, desde luego, esa ceremonia tan calmada, tan pausada y pautada que tenía mi padre.
Además, a mi nadie me mira cuando me afeito.
Claro que yo tampoco lo haría si no fuera imprescindible para no acabar con la cara tan herida y sangrante como, a veces, tengo el corazón.