sábado, 28 de febrero de 2015

Memorias de un apátrida.


        La poeta Anne Sexton dijo en una ocasión: "No importa cómo fuera mi padre, lo que importa es cómo lo recuerdo yo". De alguna manera esta frase me ha inspirado a la hora de escribir estas memorias en las que no importa tanto si lo que digo en ellas es toda la verdad sino que sea así como yo lo recuerdo. O tal vez que sea así como yo quiero recordarlo. Para empezar, baste decir que nací varón, me educaron para comportarme como un macho, y yo quise vivir como un ser humano sin más. Si lo conseguí o no, no creo que importe ahora. Al menos a mí no me importa tanto como saber que lo he intentado con todas mis fuerzas.
      Es curioso esto de escribir uno mismo su propia historia. No sé si la labor raya la osadía o la locura. ¿Cómo se enfrenta uno al examen de la propia vida sin caer en la mentira, el disimulo, el triunfalismo, la autocomplacencia o la depresión por lo escaso del resultado? No lo sé. Tal vez por eso prefiero leer biografías escritas por otros. Puede que mientan o que se inventen hechos o conversaciones para rellenar los huecos en blanco, pero al menos no será un acto de vanidad absoluta.
       Hoy, con mi sentencia de muerte a plazo fijo expedida en ese certificado médico que me mira burlón desde la otra punta de este escritorio lleno de papeles sin ordenar, de libros sin leer, de historias sin terminar de escribir, de poemas sin terminar de romper y tirar, imagen casi calcada de mi propia vida, me prometo enfrentarme a esta tarea como si de quien escribiera fuera de otro. Sin pasiones ni emociones. Porque esta es tal vez la única manera de conseguir que el resultado final sea apasionante y que emocione al lector. Y como el tiempo es cada vez un bien más escaso y valioso para mi, comienzo ya con mi historia.
       (Fragmento del inicio de Memorias de un Apátrida).

miércoles, 25 de febrero de 2015

Mis contradicciones.

     

     Añoro el campo cuando estoy en la ciudad y la ciudad cuando estoy en el campo. Así, atado por la cadena de la añoranza a la insoportable bola de una eterna melancolía, vivo y muero condenado a ser sin ser, a no estar aún estando, a morir deseando haber vivido mientras vivo anhelando una muerte que me redima de tanta desidia y de tanto error. Huyendo del sol y temblando de frío en la sombra, siempre me debato entre la palabra y la acción , entre la acción y su idea, entre la idea  y el pensamiento del que ésta nace.
     Y mientras, en mi mente ya febril, una voz me susurra conciliadora: "No pienses tanto, no pienses tanto, no pienses tanto..."

Amor y hambre.


Tal vez recuerdes cuando compartíamos el hambre y el amor, cuando nuestra nevera estaba tan vacía que para engañar al hambre nos comíamos a besos y para ahorrar luz hacíamos el amor con la ventana abierta, haciendo un trío con la luna. Seguro que tú no has olvidado cuando la tele era eso que apagábamos porque nos molestaba para hablar y cuando no nos preocupaba tanto el día de mañana como ver amanecer juntos, desnudos y abrazados, rodeados por aquella vieja manta tuya pintada de los colores del arco iris. O cuando un lunes, un jueves o un martes cualquiera era para nosotros un domingo en medio de la semana.
¿Lo recuerdas?
Yo no.

martes, 24 de febrero de 2015

Alcohol barato.


       Carlos se miró una vez más en el espejo de su cuarto. La cara macilenta, abotargada, de ojos rojos de mirada bovina y vacía de expresión, nada tenía que ver con aquella otra que le sonreía, tonificada y alegre, desde la foto que estaba en su mesa de noche. Ese también era él, pero bien podría ser cualquier otro. Una de esas fotos que vienen con el marco cuando lo compras y que, no sabes bien por qué, no cambias nunca por la tuya.
         Tumbado en  la cama, con la luz apagada y lo que queda de la segunda botella del día en la mano, repasa su vida entre trago y trago hasta que el sueño o el alcohol, fuerte y barato, acaban venciendo su hartazgo y tristeza. Su vida últimamente es eso: beber, recordar, beber, sumirse más y más en la depresión, beber y llorar hasta quedar dormido. Hace casi ocho años de su último trabajo decente. Claro que a Carlos le parece que eso ocurrió hace siglos. Tal vez en una vida anterior, cuando él era un joven arquitecto de éxito y la crisis no había arrasado con su vida y con el país, cuando aún no era un borracho agobiado por la soledad.
       Quizá fue la botella al resbalarse de su mano o tal vez el irritante sonido del teléfono lo que el que le sacó de su sopor alcohólico. Miro ceñudo y encogido sobre sí mismo al aparato en la oscuridad maloliente de su habitación. No lo iba a coger. ¿Para qué? Debía ser alguien equivocado, se dijo mientras buscaba y abría una nueva botella. ¡Quién iba a querer hablar con un muerto!, pensó mientras daba un generoso trago de la botella y buscaba una colilla que encender entre el montón que abarrotaba el cenicero, con una sonrisa estúpida en su cara.

domingo, 22 de febrero de 2015

Momentos de felicidad.


Cuando era pequeño corría a esconderse en el ropero de sus padres. Allí se sentía a salvo. Otros niños temían a los monstruos que vivían en los armarios, pero él no. Sus miedos y angustias estaban fuera, y dentro del armario, a oscuras y con los ojos cerrados, desaparecían en cuanto aspiraba el olor de aquella ropa, ese olor dulzón y penetrante, mezcla de la colonia que usaba su madre y de la loción de su padre. Allí se sentía protegido y seguro.
A veces se quedaba dormido tumbado dentro del ropero mientras escuchaba, amortiguado por la puerta del armario y las ropas, el golpeteo rítmico de la máquina de coser de su madre o la voz, algo chillona, de los locutores de la radio al retransmitir algún partido de fútbol los domingos.
En esos momentos sentía que el mundo estaba bien, que todo iba como debía ir, que sus vidas eran perfectas.
Y esos, en resumen, fueron los únicos momentos de felicidad de su vida.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Sueños.


El día se le hacía eterno. No veía la hora de irse a la cama. Las tareas cotidianas, asearse, desayunar, ir ocho horas a ese trabajo gris de oficinista entre montañas de papeles y expedientes, almorzar en medio del ruido incómodo del bar, volver a casa entre los empujones de los otros pasajeros del metro, cenar cualquier cosa frente a cualquier programa aturdidor de una tele casi sin sonido, le asfixiaba como persona.
Por eso él sólo era feliz cuando dormía. 
En el mundo de los sueños él era otro diferente; era quien quería ser: un osado pirata, un gran amante, un policía valiente y sagaz, un afamado poeta ante el que las mujeres y algunos hombres caían rendidos de amor. Pero la noche se le hacía corta e insuficiente. Y más aún cuando a esa noche le seguía cada día la misma rutina. 
No era feliz y quería serlo. Por eso cuando esta noche se tome las dos cajas de ansiolíticos que el psiquiatra le recetó para tratar su depresión y que él nunca había tomado, no lo hará para suicidarse sino para dormir mucho, mucho tiempo. Por eso cuando el forense lo examine dos días más tarde lo que más le sorprenderá será la enorme sonrisa que tenga el muerto en su cara.

domingo, 15 de febrero de 2015

Los colores de mi infancia.


        Cuando yo era un niño ensimismado y fantasioso, el rojo aún era encarnado, el marrón sólo era canelo, al violeta lo llamábamos lilita, el blanco roto era simplemente color cremita claro, al color naranja le llamábamos calabaza y el magenta no era un color por entonces. Cuando yo era ese niño que observaba con los ojos bien abiertos el mundo de los mayores con el asombro del que mira una extraña obra de teatro, el color negro en la ropa era cosa de gente de luto o de gente deprimida y guardábamos la ropa más elegante y el calzado más nuevo y de más calidad para salir los domingos.
        Cuando yo era un niño con toda la vida por delante y con los sueños intactos, la vida era más sencilla.

sábado, 14 de febrero de 2015

La guagua.

   

     Algunos lo miraban extrañados, pero para la mayoría, él era ya parte del paisaje de aquella calle. A él, en realidad, le daba lo mismo una cosa que la otra. A él, en realidad, sólo le importaba poder pasar el día sentado en aquella parada de la guagua y ver las caras de los pasajeros a través de sus ventanillas. Tenía sus pasajeros habituales. Eran aquellos que cogían la guagua cada día a la misma hora. De alguna manera ya eran amigos aunque jamás habían compartido otra cosa que no fuera sus miradas.
        Un día se decidió y subió él también a la guagua. Se sentó junto a Ángel, detrás de Anabel y delante de Marta. En realidad no sabía sus nombres, pero hacía tiempo que los había bautizado así porque eran los nombres que le pegaban a sus caras. En la parada siguiente vio a una mujer que hacía punto sentada en un banco como el que él solía ocupar. 
Cuando su mirada y la de ella se cruzaron comprendió que ella era como él y que él se había convertido para ella en un nuevo personaje al que bautizar.
        Y la idea le reconfortó.

jueves, 12 de febrero de 2015

Lo sé.

   
    Hoy es el día. Lo presiento, lo sé. Es como cuando va a llover y lo noto antes en mis huesos que en el cielo, aún despejado. Quizá sea ese tono mortecino que tiene la luz o algún olor casi imperceptible que trae el aire. No sé por qué lo sé. Sólo sé que lo sé.
      Y sé que tú lo sabes también.
    Por eso he corrido a buscar la alianza que guardo en el cajón de los calcetines. Tal vez si la ves primero nos ahorremos el mal trago de las explicaciones, de las lágrimas amargas, de las emociones desatadas. Te oigo llegar por el pasillo y veo que tú también llevas tu alianza en el dedo. Nos miramos y ambos comprendemos.
      Por favor, apaga tú la luz cuando te vayas.

lunes, 2 de febrero de 2015

Hoja emborronada.

Manuscrito de “Norma y Paraíso de los Negros” con sus borrones. (Foto por F. Collazo)

Llevo cincuenta y dos años en el oficio de moribundo y apenas soy un aprendiz del mismo. Morir me está costando toda una vida. Vivir, sin embargo, sólo me ocupa el tiempo de levantarme y caminar. 
Siempre caminar. Siempre hacia el horizonte.
¡Quién me lo iba a decir a mi! Tanto tiempo muriendo, y ahora, que la descarnada roza mi puerta con la punta de sus dedos huesudos, me da reparo abrirla. Pienso en mi no-vida hasta hoy. Cuando la examino sólo veo una hoja llena de borrones y tachaduras. Tal vez eso no sea malo. Tal vez ser la hoja que lleva el viento de un lado a otro no sea tan mal destino. Pero no voy a negar que me hubiera gustado ver esa página más limpia, más ordenada, escrita con una letra hermosa y cuidada.
Claro que entonces yo no sería yo.
Sería otro. ¿Más feliz? Quién lo sabe. Quizá uno nace ya con ese sabor amargo que pone en la boca la frustración y nunca podemos desprendernos de él. 
Llevo cincuenta y dos años aprendiendo a morir. Y entre tanto no he sabido vivir.