lunes, 30 de marzo de 2015

Estirpe canalla.


           Sé que de mí dicen que soy un canalla. Puede que tengan razón. En la vida hay que ser lo que se es aunque eso signifique que de ti digan que eres un canalla. Yo lo tengo asumido. Sí, soy un canalla, pero un canalla honesto, alguien que no trata de aparentar ser otra cosa que lo que es. De hecho, no estoy seguro ni siquiera de que quiera aparentar ser ese canalla que todos dicen que soy. Porque quienes me tildan así son los que no perdonan que haya gente como yo, que se niega a aceptar las cosas decididas, que no quiere vivir como otros ordenan que viva, que no reniega de como es para ser aceptado por los demás.
            Por eso soy un canalla. 
            Pero también feliz.

domingo, 29 de marzo de 2015

Amores clandestinos.


          De vez en cuando sentía la imperiosa necesidad de volver a vivir un amor clandestino, de volver a experimentar la emoción especial de los primeros momentos de una relación, de tener las manos frías y los ojos brillantes, de sentirse invencible, casi inmortal. Sentía el deseo irrefrenable de sacar del armario el traje de los secretos, de ponerse unas gotitas de perfume y notar como ese músculo atrofiado que era su corazón volvía a latir con una ilusión casi adolescente. Cuando eso ocurría, cambiaba de trabajo, de barrio, de amigos y fingía ser otro. Un día se la tropezó en una cafetería. No se habían visto hacía años, pero se reconocieron. Él se acercó y se presentó como si nunca se hubieran visto antes. Le dio un nombre nuevo y le contó una vida inventada, inexistente hasta el momento justo en el que la iba creando para ella. Ella le dio también otro nombre inventado y le contó una versión novelada de su vida a pesar que ambos sabían que era falsa. Ese día quemaron en una hoguera sus trajes de los secretos los recuerdos y los rastros de sus vidas anteriores. Fue justo antes de mudarse juntos a otra casa en un barrio diferente con sus nombres nuevos.

sábado, 28 de marzo de 2015

El barrio.


        Treinta años después volvió al barrio. Todo estaba cambiado, pero el podía reconocer, como si se hubiera ido ayer mismo, el olor de su calle. La panadería seguía impregnándola de olor a pan caliente, la floristería de aroma a rosas recién cortadas y del bar de Paco seguía saliendo un estruendo de conversaciones gritadas y ese olor a fritanga de todo tipo. Aquel era su barrio y aquella su calle, y por mucho tiempo que hubiera pasado seguiría reconociéndolos. Era como ver imágenes de una película conocida. Sin embargo, él no fue reconocido ni por Paco el del Bar, ni por la panadera, ni por el dueño de la floristería. Tampoco por su hija, que quedó atrás en su vida la mañana que decidió romper los lazos y las cadenas y con la que se cruzó al entrar en el portal de la que una vez fue su casa. A veces es más fácil mantener vivo el recuerdo del cariño que una vez tuvimos que el propio cariño en sí mismo.

viernes, 27 de marzo de 2015

Disfraces.

Autorretrato con Fernando de Regoyos en el Café de la Coupule, Montparnasse, de José M. Ucelay.
        Tuvo que aprenderlo todo; cómo combinar de manera adecuada la ropa, qué cubierto usar en cada ocasión, a elegir el vino que maridaba con cada plato, a saber en qué copa servirlo. Aprendió las mil generalidades precisas para poder mantener una conversación sobre literatura, pintura, música, política, historia o economía sin caer en el ridículo. Cogió la habilidad necesaria  para sentarse de manera calculadamente descuidada en cualquier terraza y resultar elegante tomando café en la calle. Hizo todo lo preciso para que nada ni nadie delatara sus orígenes, y haría cualquier cosa para evitar que pudieran asociarlo, aunque fuera de lejos, con su padre, casi analfabeto y campesino, o con su madre, analfabeta del todo y esclava de su condición. Pero por más que se esforzara, cada vez que se miraba al espejo sólo podía ver a un pobre patán asustado y disfrazado.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Figurantes.



        A pesar de nosotros, amor, seguirá habiendo días soleados, gente que ría por la calle, parejas que se coman a besos en cualquier banco de cualquier parque a cualquier hora. Los niños seguirán jugando, seguirá habiendo adolescentes que ansíen beberse la vida de un trago y hasta puede que tú, sí amor, tú, vuelvas a querer. Seguirá habiendo amantes que no duerman por ver amanecer y padres que no lo hagan por el dolor de un hijo enfermo. No hay miedo y dolor como ese, créeme. Y ni tu ausencia ni la mía tendrán la menor importancia en esta comedia  que es la vida. La vida es una obra perfecta que sigue con sus representaciones aunque falten dos figurantes a su ensayo.

martes, 24 de marzo de 2015

El primer jueves de cada mes.


       Esperaba impaciente a que llegara el primer jueves de cada mes para verla. Para ella era Don Alberto, un viajante de lencería fina que ese día le ocupaba toda la tarde y traía de regalo las mejores novedades de su catálogo. Para la dueña de la tienda de lencería era Don Alberto, un comerciante de provincias que venía a la ciudad el primer jueves de cada mes y se llevaba las novedades que hubieran llegado. Siempre en rojo. Siempre de la misma talla y marca. Para su vecina y casera era Don Alberto, un inquilino serio y callado que desaparecía el primer jueves de cada mes y que cuando se cruzaba con ella al llegar volvía oliendo a sexo y perfume caro de mujer. Para sus compañeros de dominó simplemente era Alberto, un tipo reservado, abstemio y tranquilo, que fallaba de las partidas todos los primeros jueves de cada mes sin dar ninguna explicación.
      Nadie supo nunca que en realidad se llamaba Carmelo y que su oficio era el de funerario.

lunes, 23 de marzo de 2015

Llamada en espera.


                 Esto no es una declaración de amor. Al menos, no aún.
          Esas dos frases se repetían en su mente en un bucle perfecto. Se las había dicho tomándole las manos, con voz queda, la mirada opacada y algo parecido a una sonrisa muy triste en los labios.
         Desde entonces su vida era como una interminable llamada en espera.

domingo, 22 de marzo de 2015

Sueños de infancia.

     

      Siempre quiso tener un Alfa Romeo, a ser posible, descapotable y rojo. Lo deseaba desde que tenía ocho años y mientras se vestía para ir al cole veía por la ventana de su salón cómo llegaba el vecino de la casa de enfrente. Le llamaba la atención su forma de llegar, haciendo rugir el motor del coche y cómo, de ese coche siempre brillante, se bajaba cada mañana una chica diferente. Todas guapas, todas elegantes, todas tambaleándose encima de sus tacones estiletos dentro de sus trajes de diseño. El niño pensaba que aquello debía ser la felicidad y no trabajar de abogado, como su padre. Siempre serio, siempre gris y aburrido, siempre con aquel mercedes blanco pasado de moda. Él quería vivir así y no como ese señor apagado que comía en silencio, dormía roncando y podía oír hacer gárgaras en el baño cada mañana.
          Ahora es él el que llega cada mañana a su calle haciendo rugir el motor de su Alfa Romeo, rojo y descapotable. Y cada mañana se baja de él una chica diferente, guapa, elegante y tambaleándose encima de sus tacones estiletos dentro de su traje de diseño. Y mientras, él mira disimuladamente hacia las ventanas esperando ver la cara de algún niño observándolo a él y a su coche, rojo y descapotable, con ojos de deseo, soñando conseguir con él una felicidad inexistente. 

viernes, 20 de marzo de 2015

Amor a punta de navaja.


             De vez en cuando paso por la calle de atrás y me paro ante la casona del fondo. Es un caserío grande y antiguo, con un jardín enorme y una vaya de corta altura que permite que desde la calle se pueda ver todo el jardín. Me paro y la miro no por el jardín o por las dimensiones de la casa, verdaderamente grande en comparación con las que la rodean. Ni siquiera lo hago porque su estilo arquitectónico sea especial o llamativo. La casa, tamaño y jardín aparte, es más bien normal; de una planta cuadrada y con tejado de pizarra  abuhardillado a cuatro aguas. Grande, antigua, pero nada del otro mundo. 
           Nada salvo el álamo que está en su parte norte. Frondoso, robusto, da sombra al jardín y a la propia calle. Debajo de él alguien colocó un banco de madera, artesanal y simple, pero que debió ser el centro de amoríos vespertinos, de lecturas calmadas bajo su sombra y de algún rato de ensoñación al aire libre de las calurosas noches de verano. En ese banco hay grabada a punta de navaja una declaración de amor. Está en el respaldo, sólo puedes leerla si sabes que está allí o por casualidad. Es una declaración de amor que jura eternidad a los sentimientos. Una declaración hecha por jóvenes, sin duda, y que ha resistido el paso de los años, el clima duro de esta zona y sucesivos lijados y barnizados. Siempre me he preguntado si esa declaración duró más que el amor que juraba.
          Hoy me he enterado de que han comprado la casa. Se comenta en el barrio que van a construir pisos y un parque delante. No he podido resistir la tentación y he ido a por el banco. He pensado que una promesa que ha durado tanto tiempo no debería acabar en el vertedero con el resto de los escombros de la casona.
        Además, siempre me he querido pensar que mientras alguien se siente en ese banco y recorra sigiloso la inscripción con sus dedos, ese amor seguirá vivo en el tiempo.

Tablas.


          Te miro en silencio y sé que jamás lograré ser uno de los tuyos. Sé que ese muro, invisible e infranqueable, estará siempre ahí, separándonos a mi de los tuyos a la distancia adecuada para que no sea muy evidente, pero también a la precisa para que no tengan que mezclarse conmigo. Es una frontera sutil, sí, pero frontera al fin y al cabo.  Y sé que jamás me dirán el santo y seña que me permita pasar al otro lado.
       Siempre te digo  que no me importa. Hasta pongo cara de suficiencia y hastío cuando siento que ellos, resguardados detrás de la seguridad que brinda el grupo, me observan con disimulo. Pero no es verdad. En esos momentos, tan sólo, tan lejos -y a la vez tan cerca- de tu paraíso, vuelvo a sentirme como el niño callado y acomplejado que fui.
       Nunca seré uno de los tuyos. Pero ellos tampoco serán jamás parte de mi.
        Así que  acabamos en tablas.

jueves, 19 de marzo de 2015

Jaleo.


       Sin duda había un buen ambiente allí. La gente conversaba animadamente sobre negocios, tarifas de móvil, teorías conspiratorias varias y sobre embarazos, noviazgos y separaciones. Algunos reían sin decoro. Otros simplemente bostezaban. Muchos iban de corrillo en corrillo contando anécdotas, haciendo bromas, quejándose del frío o planeando un asadero cercano.
       Todos se lo estaban pasando en grande en aquel velatorio. Juraría que el difunto también.

martes, 17 de marzo de 2015

Cinco metros.


     Cada tarde iba a la Biblioteca y se sentaba estratégicamente para verla llegar. Ella era de costumbres fijas, se sentaba siempre en el sillón blanco de la entrada. Él lo hacía en la silla acolchada que estaba a cinco metros de distancia. Él hace que lee y de vez en cuando consulta su móvil. Ella chatea y de vez en cuando finge que estudia. De esa guisa llevaban ya un año.
            Ella sabe que él la mira. Él no es tonto y hace tiempo que se dio cuenta de ello. Ambos saben que jamás reunirán el valor para recorrer esos cinco metros que les separan y hablarse. Mañana ella vendrá con ropa de verano. Ya empieza a hacer calor. Él, en cambio vendrá con el mismo corazón aterido y medio roto. Ambos volverán a verse, ella fingiendo estudiar mientras él simula chatear.

Corbatas y camisas.


          Buscaba una corbata que combinara bien con la camisa que me habías elegido. Por nada del mundo querría arriesgarme a despertar de nuevo tu ira. Las fui desechando una tras otra. ¿Y si cambiara de camisa? Definitivamente aquella no era una buena idea. No estaban las cosas entre los dos como para meternos en una nueva pelea. Y menos si iba a ser por un asunto tan absurdo como el color de la camisa o el estampado de mis corbatas. Me senté en la cama. Sí, ya sé que lo odias, pero me dio igual. Miraba las puntas de mis zapatos negros. La verdad es que ya necesitaban ser retirados. ¿Cuánto tiempo más iba a durar esto? ¿Cuánto tiempo más íbamos a fingir lo que hace tiempo que ya no éramos? A simular ser una pareja, cuando ya sólo compartíamos nuestras soledades y nuestras frustraciones. ¿El amor? Sí, supongo que alguna vez hubo de algo de eso entre los dos. Pero te juro por mi vida que no sé cómo murió. Tal vez es que, como algunas cosas de esta vida, nació muerto y no nos dimos cuenta hasta que no empezó a apestar.
        Con lentitud me quité la camisa. Sí, la misma que tú me escogiste. La corbata no llegué a ponérmela nunca. Bien mirado, no encontré ninguna que combinara bien con ella. Sé que te enfadarás, que gritarás, y hasta es muy probable que, como sueles hacer últimamente, empieces a romper cosas.                 Eso no es nada. Total, hace tiempo que ambos nos rompimos mutuamente el corazón. Qué importancia podrán tener unos platos o algún portaretrato más hechos trizas.
Para mí, ninguna.

lunes, 16 de marzo de 2015

Hoy.


          Hoy no voy a hacer nada. Lo tengo decidido. 
       Me dedicaré a haraganear. Dejaré en la mesa los libros que estoy leyendo, cerraré la libreta de mis relatos, guardaré el lápiz y abriré la ventana de par en par.
        Hoy no saldré. Pero dejaré que entren en casa el sol y el aire, los ruidos de mi barrio y esa mosca cojonera, que siempre viene de visita.
          Hoy no haré nada. Sólo viviré. 
          No sé si podré con tamaña tarea.

domingo, 15 de marzo de 2015

Equipaje.


            Tendré que partir.
         Antes revisaré mi equipaje. He cargado tantas cosas tan pesadas tanto tiempo que necesitaré hacerlo. Sentado en esa curva del camino iré dejando todo lo que me impida ir más ligero. Allí quedarán dolores, bastones, miedos, noches eternas, libros. Libros de páginas infinitas, libros de páginas estériles. Quedarán en esa curva hojas y hojas llenas de letras, y hojas y hojas llenas de números y cuentas. Hojas que tratan de cuadrar balances imposibles, de explicar actos inexplicables. Dejaré atrás teléfonos que suenan, teléfonos que vibran, teléfonos que parpadean en la oscuridad de un salón lleno de montañas de sueños rotos pegados con celofán. 
          Y partiré.
        Pero antes tendré que dejar aquí la ira, la rabia, el llanto contenido. Dejaré la pena del amor no expresado. Jamás decimos suficientemente a quien amamos que lo amamos y cuánto lo amamos.
         Es la hora. Ya toca ir revisando el equipaje.

sábado, 14 de marzo de 2015

Céntimos.


      Pasea a diario por las calles de mi barrio. Siempre con la cabeza gacha, las manos a la espalda y un paso corto y pausado. Cuando alguien lo saluda contesta con un gesto de su mano o alzando ligeramente la cabeza para volver a bajarla casi de inmediato y sin detenerse. Juanito el de los céntimos pasa sus mañanas buscando los céntimos que a la gente se le caen  y no se molesta en recoger. Sólo sonríe cuando descubre uno. Entonces se agacha rápido, lo recoge, lo mira con detenimiento, como si fuera la primera vez que ve uno igual, y luego lo guarda en la bolsa de tela beig que lleva colgando de su cintura. Una de esas bolsas en las que los niños llevan el desayuno o la merienda al colegio.
      Dicen que en su casa, junto con otros que contienen pesetas de las rubias, perras gordas y perras chicas, tiene decenas de tarros llenos de céntimos. Los clasifica por el país de origen. Tiene uno para cada país. Dicen también que el bote de la Ciudad del Vaticano permanece vacío. Una vez comentó que una de dos: o allí no se usaban los céntimos o los curas eran tan roñosos que los guardaban celosamente. Al menos tanto como él. 
        A veces, cuando lo veo de lejos, atajo por alguna calle para adelantarlo, dejar caer uno o dos céntimos y ver cómo se le ilumina la cara al recogerlos.
          Nunca me costó menos hacer feliz a alguien.

viernes, 13 de marzo de 2015

Waking up.


       Me levanto de la cama arrastrando tras de mi los restos del naufragio nocturno: el dolor incesante, los sentimientos y los miedos, siempre en lucha, siempre arrasándome el alma, y todo el sueño del mundo acumulado en mis ojos. Me miro en el espejo del baño mientras el agua, helada, corre desagüe abajo más libre que yo. Trato de reconocerme en el rostro abotargado y gris que me observa con esa mirada triste de perrito apaleado. La borro de inmediato con este agua tan fría.
       ¡Cuánto falta aún para el verano, por Dios!
      Abro el cajón de mi alma donde guardo las máscaras que me permiten ser yo sin ser yo. Rebusco hasta encontrar una que me apetezca lucir hoy. Esta. Esta misma me vale. Sé que a los demás también les gustará vérmela.
       Preparo el café.
       Comienza la función. 

miércoles, 11 de marzo de 2015

Freesias de color.


        Estas freesias que van dejando caer sus pétalos muertos en la mesa del salón pintándola de colores y el estofado que oigo bullir en el fuego y llena toda la casa con ese olor que hace que empiece a salivar sin nada en la boca. El polvo rebelde e inmortal que nunca logro quitar del todo de la estantería del salón y que tanto nos molestaba, y esas llaves que llevan un año colgando de la tablilla detrás de la puerta, donde tú las dejaste cuando te fuiste. Sin gritos, sin lágrimas. Hace un año ya. Con un beso en mi frente y un adiós que, como tu perfume, dejaste flotando en el aire. 
       Sí. Hoy todo me recuerda a ti.

martes, 10 de marzo de 2015

El hombre y la luna.


        Tengo sueño. Sé que estoy viviendo momentos importantes, dicen que únicos en la historia, pero tengo mucho sueño. Y eso que es la primera vez que mis padres me dejan estar levantado hasta tan tarde. Por eso sé que algo importante va a ocurrir. Claro que no entiendo bien eso que dicen de un viaje a la Luna. Me parece una de esas historias que leo en los libros de aventuras. Como viajar al centro de la Tierra o vivir en un submarino fabuloso rodeado de animales terroríficos: algo apasionante que en el fondo me aterraba.
     En la tele ponen una de gánsteres. Cayo Largo. Dice mi hermana que es para mantenernos despiertos con tantos tiros y puñetazos. Me aburren los besos, me entretienen los tiroteos. La actriz que la protagoniza es tan guapa que logra que me olvide del sueño que tengo. Tiene los ojos más hermosos que he visto nunca. De repente cortan la película. Un tipo con un peinado imposible, de esos modernos, de los que se usan ahora y que habla como a empujones, empieza a comentar unas imágenes que a mí me parecen también de una película. Un astronauta baja por una escalera y se mueve a saltitos por un paisaje que no me parece para nada la Luna. Al menos no como yo la veía siempre.
       -¡Qué guapo es Jesús Hermida! Mira, se llama como tú...
      Mi hermana es tonta, pero eso ya lo sabía de antes. El locutor, al que parece que se le traba la cuerda cada vez que habla, repite una y otra vez que estamos siendo testigos de un hito en la historia humana, y que eso que veíamos eran los primeros pasos del hombre por la Luna. Yo no me lo creo. Corriendo bajo del sillón y me asomo a la ventana. Sí, la Luna sigue allí. Inmensa y redonda, blanca y brillante. Pero no veo ningún cohete ni a ningún hombre caminando en ella. ¡Qué de mentiras decían en la tele!
    -Venga, a la cama. Que mañana nos vamos al sur. ¡A Maspalomas! Verás que playa más grande. Pero hay que ir temprano, que se tardan horas en llegar.
       Miro a mi hermana con desconfianza. Después de que me mintieran en la tele con lo del hombre y la Luna, seguro que esa playa que decía no existía y todo era una treta para que me fuera a dormir sin terminar de ver la peli. Esa noche no soñé con playas inmensas ni con paseos lunares. Esa noche soñé con la actriz de la película. Hoy sé que ese fue el primer día en el que me enamoré y que ella se llamaba Lauren Bacall

lunes, 9 de marzo de 2015

Choni.

         

         Su mayor ambición era salir con una choni. Una de esas chonis perfectas, de las uniformadas, de las que lucen mallas de leopardo tan ajustadas que podrían ser, no ya su segunda piel, sino perfectamente hasta la primera. De las de pelo rubio pajizo de bote de hipermercado recogido en uno de esos moños-torre de estática casi imposible, ceñido por un elástico rosa fluorescente. De las que se tatúan el nombre de su presunto padre en el pie derecho, una rosa de los vientos multicolor en medio de las tetas y la escena de un calendario de restaurante chino en el brazo izquierdo. Ese tipo de choni.
En realidad él no tenía preferencia por ninguna en especial de las muchas que conocía. Cualquiera le valía. En realidad todas eran tan parecidas entre sí que si llevara a su casa una diferente cada semana nadie lo notaría. Probablemente tampoco él.
      Sí, quería una choni profesional. Alguien que no desentonara con él y con su imagen tan trabajada de perfecto inútil, de bueno para nada. Que no desluciera al lado de ese corte de pelo que llevaba, tan original. Tanto, que todos sus colegas lo llevaban igual. Una que estuviera estéticamente a la altura de sus vaqueros elásticos de mujer, última moda entre los hombres que ansían destacar y ser diferentes. Alguien cuyos tatoos combinaran perfectamente con los suyos; con los de sus piernas, casi cuadros de Gauguín, con sus brazos, completo muestrario de símbolos tribales, o con su nuca, donde un serpiente con la boca abierta y los ojos rojo sangre amenazaban a un inexistente pensamiento. Pero sobre todo quería una choni de catálogo porque de esa manera ambos tendrían el nivel intelectual preciso para concursar en Mujeres, Hombres y Viceversa y lograr sus quince minutos de fama.
         Porque de algo tendrá que vivir los próximos años, ¿no?

domingo, 8 de marzo de 2015

Tarde de Calor.

      

      Esta tarde tórrida, asfixiante, con esta luz hiriente, con este aire irrespirable, me lleva en la memoria a otras tardes de hospital, a aquella habitación, caldeada y en penumbras, con el incesante borboteo del oxígeno en sus vasos y los quejidos acompasados como música de fondo. Me lleva a recordar el repugnante olor de la muerte llegando en silencio. Anunciándose a través de las llagas purulentas y de unas heridas que jamás cicatrizan en las pieles de las tres ancianas que ocupan la habitación. Pieles resecas, llenas de hematomas, arrugadas y frágiles como los cuerpos que cubren. 
       Y el silencio. Recuerdo el silencio. Un silencio roto sólo por mis suspiros tratando de no ahogarme en el dolor y la cercanía de un final que tal vez no fuera nada traumático, que  fuera casi esperado e incluso tal vez liberador para ellas, pero que a mí  sigue angustiándome.  O tal vez lo que me angustie es ver como se van así, en una soledad dura y cruel, amparándose las tres entre sí sólo con su presencia. ¡Qué terrible silencio a veces! Una de ellas se queja y blasfema, fruto del dolor más animal y del miedo más humano a la vez. Otra, en respuesta, llama quejumbrosa a su madre. Se me eriza el vello. ¿Dónde está su mente? ¡Pobre abuela! En su soledad se aferra al recuerdo de su madre. La tercera, calla, No se queja. No blasfema. Ni siquiera abre los ojos. Solo pide agua de vez en cuando.
      Y luego, nada. Silencio y más silencio. 
      Y calor.
      Todo un preludio de la muerte y el infierno.

viernes, 6 de marzo de 2015

WhatsApp


          Aprovechaba que su marido iba a la ducha para cogerle el teléfono y mirar su lista de contactos de WhatsApp. Cuidadosamente pasaba uno a uno los nombres y las fotos y se detenía en las frases que las acompañaban. Para ella era como entrar en las vidas y en las mentes de aquellos rostros que, de tanto verlos tan a menudo, ya le parecía conocer de toda la vida. Aunque lo cierto era que a la inmensa mayoría de ellos, compañeros de trabajo de su marido, antiguos y nuevos amigos, clientes y proveedores y, sospechaba ella, alguna que otra antigua novia, no los había visto en persona jamás. 
     Ese era para ella el mejor momento del día. Pasaba cuidadosamente los contactos comprobando los que habían cambiado la foto del perfil o la frase del mismo. Esas frases eran para ella como un microrrelato. Algunas eran tan sugerentes que las anotaba en un pequeño bloc de tapas rojas y luego, a lo largo del día, se entretenía inventando una historia con ellas. Tenía decenas de libretas con esas historias. De vez en cuando huía de su soledad releyéndolas e imaginándose que, en realidad, estaba leyendo una novela escrita por algún famoso escritor en vez de las historias que ella misma había escrito. Oyó cerrar el agua de la ducha. Pronto saldría del baño, así que apuró las anotaciones en su libreta y devolvió el móvil donde él lo había dejado. El café empezó a subir en la cafetera, pitando y llenando toda la casa con su aroma. Tenía que apurarse, a él le gustaba desayunar apenas salía de la ducha y las tostadas estaban tardando ya en salir.

jueves, 5 de marzo de 2015

El hombre de los espejos.


          Siempre se supo feo. Incluso de niño. Incluso a esa edad en la que todos los jóvenes son atractivos de alguna manera, él ya sabía que era feo. No repulsivo, no horripilante, pero sí feo. Con esa fealdad que da la vulgaridad más absoluta. Porque cuando se es feo con avaricia, esa misma fealdad logra hacerte interesante, pero cuando a la fealdad se suma la vulgaridad de los rasgos, eso aumenta más aún si fuera posible esa fealdad.
Nadie se lo decía, claro. Al menos no con palabras, pero él era feo, no tonto, y notaba perfectamente su fealdad en las miradas de los demás. En sus gestos de rechazo mal disimulados, sobre todo cuando desviaban la mirada al darse cuenta de que él los había cazado observándole o en esas sonrisas forzadas llenas de rubor cuando no logran hacerlo a tiempo.
        Sí, era feo, pero sin embargo él siempre estaba mirando su cara. Aunque tampoco podría decir qué rasgo de ella destacar. Tal vez por eso tenía su casa decorada con decenas de espejos. Los tenía de todas las formas y tamaños colocados por todas las habitaciones: el salón, los pasillos, los dormitorios (incluso en los que siempre permanecen vacíos), el baño, y hasta en la cocina tenía un par de ellos. Un día le preguntaron si es que estaba enamorado de su cara. No, contestó, lo que pasa es que espero que así, con el tiempo, pueda habituarme a mí mismo.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Poesía entre tuberías.

    

        Trabaja de fontanero y lleva años escribiendo un poema en su mente. Lo escribe una y otra vez pero siempre en su cabeza y sólo para él. Es, sin duda, un onanista de la poesía.
      Acude a todas las presentaciones de libros de poesía, a todos los seminarios, a todos los talleres de escritura que se hacen en su ciudad. Siempre va vestido igual: vaqueros gastados, camiseta de Pulp Fiction y unas playeras de tela. Siempre azules. Casi siempre manchadas. Se sienta en la quinta fila y pegado a una esquina y mientras espera a que comience el acto va recitando una y otra vez su poema. Siempre es el mismo pero nunca es igual. Cada vez que lo repite ve un pequeño error, una palabra que no encaja del todo, un verso suelto que ahora le parece demasiado suelto y lo cambia. De nuevo. A veces la fuerza de su poema es tanta que no puede concentrarse en nada que no sea eso y se marcha apresuradamente. 
        Jamás lo volcará en papel, jamás lo publicará, porque jamás será, al menos para él, una obra perfecta. Pero mientras tanto, al mismo tiempo que desatasca lavabos o instala duchas, sigue rehaciendo ese poema imposible una y otra vez. A pesar de saber que jamás, pero jamás, verá su nombre escrito en la portada de un libro.

martes, 3 de marzo de 2015

Ser español.

Viñeta aparecida en la revista satírica Don Quijote, en 1.894. Cánovas y Sagasta se reparten las tetas del gobierno

Estos días estoy leyendo la biografía de Cánovas del Castillo. No es, desde luego, el político a imitar. Famosa fue la solución que propugnaba desde la Presidencia del Gobierno para la sangrienta y absurda guerra de Cuba. Según él, esta guerra se solucionaba con tres balas: una para José Martí, otra para Antonio Maceo y otra para Máximo Gómez. Famosa también su defensa de la idea del bipartidismo como sistema más eficaz para la gobernabilidad del Estado, reflejada en los pactos del Pardo, en vísperas del la muerte de Alfonso XII, donde él y Mateo Sagasta deciden la alternancia obligatoria entre sus dos partidos, el Conservador y el Liberal.
Como dice el refrán, de aquellos polvos, estos lodos.
Esta idea de alternancia, quizá no obligatoria ya, pero hasta ahora inevitable, viene desde el 24 de noviembre de 1.885 y hoy, en el 2015, sigue vigente. Ciento treinta años después.
El mundo ha cambiado, ¡y cómo!, desde finales del S XIX hasta el principio del S XXI. España no es la misma, los españoles y las españolas tampoco. Nada es igual ni parecido. ¿Entonces, por qué seguimos creyendo que ese sistema de alternancia, si no obligatoria, sí obligada, sigue siendo válido?
Quiero recordar la que, tal vez, sea la frase más famosa de Cánovas. La pronunció en las reuniones que elaboraban el borrador de la Constitución de 1.876 que sustituía a la de 1.869, ante la dificultad de definir la nacionalidad española. Según Cánovas, historiador además de político, "son españoles aquellos que no pueden ser otra cosa".
Pues eso...

domingo, 1 de marzo de 2015

Sombras heladas.


        Las veo sentadas en la terraza de moda de esta zona. Ellas no podían estar en otra, vaya. Aunque sea sólo para pedir un capuchino y un agua sin gas tienen que estar allí, tienen que dejarse ver donde se dejan ver los que aún no son, pero quieren ser en esta ciudad. Los que quieren mantener la ficción de que son sin ser para así llegar a ser alguna vez. Aunque para ello hayan de pasar frío. Porque abrigarse demasiado no es cool. Para nada.
      Me pregunto de qué hablan. Sus caras, excesivamente maquilladas, incipientemente arrugadas y excesivamente cubiertas por unas enormes gafas de sol, perfectamente inútiles en esta tarde nublada son como máscaras hieráticas, caricaturas de un pasado de triunfos cada vez más lejano para ellas. De vez en cuando sonríen. Miento. Mienten ellas. No sonríen. Parecen sonreír, pero en realidad sólo lo hacen con sus bocas perfectamente perfiladas y brillantes. El resto de sus caras permanece igual de fría que la tarde. Se percatan de mi y de mi descarada curiosidad hacia ellas. Me dedican apenas treinta segundos de su atención. Es lo que necesitan para mirarme, evaluarme y decidir al unísono que yo no soy nadie, que no soy nada que merezca la pena en su concepción irreal del mundo. Treinta segundos. Después me vuelven a ignorar mientras recorren con su vista la terraza, barriéndolo todo con la mirada oculta tras las pantallas negras de sus gafas, escudos que llevan para protegerse de gente como yo. 
       De repente llega mi invitado. Es joven y conocido. Es, cómo no, alguien para ellas. Pero ellas no son nadie para él. Mientras nos saludamos las miro con el rabillo del ojo y veo que se quitan las gafas. Por un momento dudo entre decírselo a mi invitado o no. Decido pasar de ellas. Total, ¿quienes son? No son nadie. No son nada. Son sombras heladas que tratan, ahora sí, de llamar mi atención.