jueves, 30 de abril de 2015

Secretos de confesión.


            Era la escritora de novela erótica más conocida del mercado. Tenía miles de seguidores que esperaban con ansiedad cada nueva entrega de su obra y se había convertido en la comidilla del mundo literario. Unos decían que debía ser una mujer madura experta en esas lides. Otros pensaban que probablemente era un hombre, así explicaban ese conocimiento tan exhaustivo de los deseos masculinos y las urgencias de la carne. Ella se preguntaba cómo le sentaría a sus padres y a la orden saber que la escritora de la que tanto se hablaba era, en realidad, esa tímida monja que no conocía más amor carnal que el amor propio.

miércoles, 29 de abril de 2015

Muecas.


                Tenía su casa llena de espejos retrovisores. Solo los del lado izquierdo, todos de coches blancos. Trajo el primero la noche en que se conocieron. Iban por las calles corriendo de la mano, riéndose y haciéndose muecas en los espejos de los coches. Eligieron aquel porque se vieron especialmente guapos en él. Ahora sigue mirándose en los espejos que quita de los coches blancos que aparcan en su calle. Se mira y hace muecas tratando de encontrar de nuevo en ellos su cara junto a la de él.

martes, 28 de abril de 2015

Happy end.


                        El solo quería un final feliz para su historia. Sí, un final al estilo del viejo Hollywood, donde no importaba lo que pasara a lo largo de su vida porque, al final, un giro del guión  lo resolvería todo y tendría perdices en su cena para comerlas contento. Siempre creyó que la redención era posible. Siempre confió en que un golpe de suerte final enderezara tanto entuerto. Siempre esperó ese milagro. Hasta hoy.  Los sueños también tienen fecha de consumo preferente.

lunes, 27 de abril de 2015

El frutero.

         

         Siempre que piensa en ella la imagina con el pelo húmedo, envuelta en un albornoz blanco, andando de puntillas por el pasillo de su casa, dejando tras ella las pequeñas huellas de sus pies mojados y un olor a fresco, a cuerpo recién duchado. Nunca la había visto así. De hecho, jamás la había visto fuera del entorno neutro del supermercado. Ella venía a diario y le daba la fruta que iba a llevar para que se la pesara. Él le hacía trampas a la empresa y levantaba un poco la bolsa en la pesa para que le costara menos. Ella jamás se fijó en él. Solo tenía ojos para los kiwis, las naranjas y los plátanos. Él solo mantenía la ilusión de ir al trabajo para poder verla a ella.

domingo, 26 de abril de 2015

Vecinos.




              Al principio los vecinos no sabían bien qué era aquel extraño reflejo en la noche. Luego dijeron que era como el resplandor de la aurora boreal. Ninguno había contemplado la aurora boreal en su vida, pero sin duda quedaba bonito definirlo así, poético y dramático. Aunque nunca se supo  si la frase era de ellos o de un reportero metiche que buscaba ansioso un titular que lo catapultara a un programa de más caché. O al menos, uno con mejor nómina. Luego les pudo la curiosidad y fueron acercándose por grupitos, huyendo así de la responsabilidad de la individualidad. El colectivo ni tiene rostro ni tiene culpa. Y si la tiene, jamás la paga. La culpa colectiva es como el pecado original: al ser de todos no es de ninguno.
             Los primeros en acercarse fueron corriendo la voz. Había fuego en la casa del amo. El brillo de las llamas remarcaban las mandíbulas apretadas, los puños cerrados, los ángulos y aristas de las caras. El fuego crepitaba y lo devoraba todo, lo arrasaba todo, lo purificaba todo, lo impregnaba todo con ese olor a madera hecha brasa. Se escuchaba perfectamente cada crujido, cada crepitar, cada quebrar del incendio.  A lo lejos se oyó el ulular de una sirena. Alguien habría llamado a los bomberos. No tardarían en llegar. Un vecino escupió en el suelo y se dio la vuelta volviendo a su casa con las manos en los bolsillos. Le siguieron otros. Algunos le oyeron decir que por fin se hacía justicia. Otros simplemente callaban a su paso o asentían en silencio mientras se se iban con él.
                Cuando llegaron los bomberos no quedaba nadie allí. Sólo un montón de ruinas crepitantes que pronto serían un montón de ruinas empapadas y humeantes. Ante la Guardia Civil los vecinos declararon que sólo habían visto un resplandor en el horizonte. Alguno dijo que parecía una aurora boreal. Tal vez fue el reportero.

sábado, 25 de abril de 2015

Carlos.

                Nos conocimos cuando estudiábamos contabilidad. Él era algo mayor que yo y vivía con su madre en una casa de campo; una casita con un pequeño jardín lleno de geranios, rosas, claveles y unas margaritas blancas y amarillas. También tenían una higuera que daba unos higos dulcísimos, enormes, con el corazón brillante, como de color rubí. Cada vez que iba de visita, su madre desaparecía en su cuarto. A veces me parecía oírla llorar detrás de la puerta pero jamás saqué el tema. Hubiera sido una descortesía. Un día dejó de invitarme a ir a su casa, dejó los estudios de golpe y desapareció. Ocurrió cuando su madre, harta de vivir en un mundo de tristeza sin salida se las arregló para subir a la azotea y lanzarse desde allí al vacío. 
           Ayer se me acercó en una terraza un señor de aspecto desaliñado y manos temblorosas. Me pidió un cigarrillo con la voz quebrada. Olía a sudor. Yo no fumo, le dije.  ¿Y un café, señor? Iba a negarme pero le hice una seña al camarero para que lo sirviera. ¿No te acuerdas de mi, verdad? Me viré para mirarlo bien. Vi a un hombre mayor, con el rostro soleado, las manos temblorosas y la ropa sucia. Sus ojos estaban acuosos, con la mirada sin expresión. Soy Carlos, estudiamos juntos. ¿Tú eres Chamali, verdad?
          El café se me quedó helado en la taza mientras él me hablaba del día de la muerte de su madre, del insoportable sentimiento de culpabilidad que arrastraba porque cuando alguien iba de visita la obligaba a encerrarse en su cuarto. Me habló de sus lágrimas, de sus gritos, del sentimiento de tristeza que ella sufría al saber que se avergonzaba de su madre. Recordó como le gritaba pidiéndole que la soltara y su cara de desolación cuando la llevó al manicomio por primera vez. Le hice una seña al camarero para que le trajera un paquete de cigarrillos. Creo que le hacía falta. No se dio cuenta de nada. Simplemente lo cogió con toda naturalidad y empezó a fumar. Me dijo que cuando su madre murió él empezó a beber. No podía parar. Empalmaba una borrachera con otra hasta que acabó en la calle, tendido inconsciente entre vómitos. Me contó que lo recogieron sangrando, gritando incoherencias, aullando con los ojos desorbitados, agrediendo a todo el que se le acercara y cómo lo diagnosticaron de una psicosis que los médicos creían que había aflorado por el alcohol. 
              Pero yo sé que eso no es verdad, me contó mirándome a los ojos con su mirada turbia. Yo sé que fue mi madre que me maldijo mientras moría. Lo sé. Desde entonces me persigue. Y ya no sé qué hacer para que se vaya y se calle, me susurró. Y luego se calló. No supe qué decir. Sólo lo miraba en silencio tratando de descubrir en su cara a aquél chico joven, algo callado, tímido y sano, que me ofrecía los higos y las flores de su jardín para mi madre. Él no sé qué miraba. Creo que a sí mismo en su interior.
             Me levanté y me fui. No recuerdo si me despedí o no. Él siguió allí, sentado en la terraza soleada, fumando, con la mirada perdida en el humo del tabaco. Creo que escuchando de nuevo a su madre suplicándole entre lágrimas.


jueves, 23 de abril de 2015

Fly me to the moon.


          Del tocadiscos sale la voz cálida de Tony Bennett cantando The Girl I Love mientras permanezco sentado en silencio, en penumbra, con los ojos cerrados. 
       ¿Mal día?, me preguntaste. Mala vida, quise contestarte, pero me reprimí. Siempre me reprimo, aunque tú no lo sepas. Tal vez sea ese el problema, amor. He estado tanto tiempo fingiendo ser otro que ya no sé ser yo. No, te contesté. Un poco de nostalgia tal vez. Quizá es que me estoy haciendo mayor...
          Sonreíste. Sé que sonreíste. No necesité abrir los ojos para darme cuenta de ello. Me lo dijo la forma en la que tu mano acarició mi pelo y ese segundo de más en el que se detuvo en mi hombro antes de irte. 
        Tony Bennett comenzó a cantar a capela Fly Me to The Moon y yo volví a perderme en su voz y en mis nostalgias. Nada como un buen tocadiscos para apreciar una buena canción.

miércoles, 22 de abril de 2015

Croquetas.


              Los domingos eran especiales en su casa. Su madre preparaba ese día montones de croquetas, siempre de pollo. Sus hermanos venían con sus novias a almorzar los domingos. Él era el único que iba siempre solo. Incluso cuando los demás se fueron casando y empezaron a llegar sobrinas y sobrinos, seguía acudiendo solo. Sabía que era el centro de las bromas de toda la familia y la comidilla de los comentarios mal intencionados, pero a él le daba igual.  Para él, esas croquetas, contenían todo el sabor de su infancia y nada iba a impedirle disfrutar de ellas, ni siquiera las burlas. Hace tiempo que es el único que se acerca los domingos para seguir almorzando croquetas. Ya no saben igual, pero para él siguen manteniendo el sabor vivo de los recuerdos. Aunque se las coma sentado a solas junto a la lápida de su madre.

martes, 21 de abril de 2015

La rubia tonta.


             La rubia tonta y su amigo negro bajan por la calle cada noche contoneándose cada uno a su ritmo y la gente se les queda mirando. A ella, con mucho deseo en la mirada y con un cierto gesto de reproche. A él, con un cierto gesto de antipatía  y mucha envidia en los ojos. La rubia tonta y su amigo negro ríen cada noche mientras bajan la calle contoneándose cada uno a su ritmo. Cuando llegan a mi lado suelen lanzarme un beso volado o sacarme la lengua con picardía antes de seguir su camino. Riéndose, contoneándose. Cada uno a su ritmo, pero los dos juntos. La gente los mira envidiosa e irritada. Yo los miro curioso. A veces creo que la rubia tonta en el fondo no es tan tonta. Aunque desde luego, su amigo negro sí que es negro de verdad.

lunes, 20 de abril de 2015

Blasín.


             Blasín pasea su cara de buena persona, sus pantorrillas blancas, deslumbrantes en contraste con sus bermudas azul marino, y su pelo canoso por las calles del barrio. Siempre sonríe, siempre saluda a los niños con los que se cruza, sin malicia, con la alegría del que es feliz. Sonríe más con sus ojos celestes que con sus labios, pero su sonrisa llena las calles por las que pasa. Sonríe y saluda a los niños, alegre, mano en alto, con su voz cantarina, y sigue sin esperar respuesta. Hace bien. Casi nunca le responden, casi siempre le rehuyen. El miedo al diferente es más fuerte que la sonrisa de Blasín. Para algunos bestias de este barrio, Blasín es solo un viejo retrasado y excéntrico, tal vez un loco, alguien que se ha de evitar por si acaso. Hoy lo he visto triste por primera vez. Unos imbéciles, con poca edad y menos luces, le gritaron por la calle llamándole subnormal mientras corrían hacia él. Blasín no corrió. No sabía que tenía que hacerlo. Él solo quiere pasear y saludar a los niños, por eso no corrió. Por eso se echó a llorar cuando lo rodearon entre los tres animales para empujarlo mientras se burlaban de él.
Blasín el bueno, Blasín el tonto, pobre, está triste esta tarde. No sonríe. No quiere saludar a nadie.
              Y yo ardo de rabia.

Dormir.

           


              Se pasaba los días durmiendo porque esa era la única manera que tenía para evitar pensar. Dormía a todas horas para huir de su realidad, del dolor, del inmenso color gris que era su vida. Porque su vida era eso: una gran paleta llena de tonos grises donde no había lugar para otros colores. Dormía porque en sus sueños el cielo tenía un azul brillante, el pan olía siempre a recién hecho, las flores eran una orgía de colores y el césped de su jardín, por una vez, era más verde que el de sus vecinos.

domingo, 19 de abril de 2015

Poeta.


        Vencía su timidez enfermiza escribiendo historias de amor. En ellas podía sacar los sentimientos que era incapaz de expresar cuando sólo era un hombre sin el disfraz de poeta. Se había prometido que nadie más le heriría y cada día se vestía con una coraza protectora de palabras enhebradas entre sí hasta formar frases que enamoraban pero que a él lo mantenían a salvo de miradas ajenas. Creaba mundos ficticios donde él era el amo y señor de todo, donde todo encajaba a la perfección, donde los finales eran siempre el principio de otra historia. Pero a solas en su cuarto, cuando la casa dormía, él soñaba despierto con que, al fin, lograba encontrar el valor de ser él mismo, sin más disfraces.

sábado, 18 de abril de 2015

Tragos de inspiración.


            Empezó a beber para invocar con el alcohol a la inspiración. Cuando estaba sobrio sólo le salían palabras grises, frases inconexas y vulgares, y él quería crear páginas soberbias, llenas de pasión y de palabras hermosas. Luego bebía para soportar la vergüenza de estar siempre ebrio. Necesita beber para mantener preso a su otro yo, ansioso, agresivo y desagradable, que salía a flote cuando no bebía. Hoy ya no recuerda que una vez fue un artista de la palabra. No le queda tiempo para escribir mientras busca cómo echarse otra copa más al coleto y ya no le importa que digan de él que sólo es un borracho más.

jueves, 16 de abril de 2015

La búsqueda.



           Se quedaba mirando a las personas con las que se cruzaba. Trataba de descubrir en sus gestos y en las arrugas de sus rostros a los niños que fueron. En sus ojos se escondían los recuerdos de las meriendas a la vuelta del cole, de jícaras de chocolate embutidas en pan caliente, de partidos de fútbol-chapa, de competiciones de trompo, del sabor salado y excitante del mar en la piel mojada cuando la besas por vez primera. Veía a niños vivos encerrados en cuerpos muertos. En realidad buscaba en los demás algún rastro que lo llevara a reencontrarse con aquel niño tranquilo y pensativo que un día fue.

Noches frías.


         No hay lugar más frío en el mundo que una sala de hospital en plena noche. Todo es frío allí: las luces, el aire, los enfermeros, los acompañantes. Algunos pacientes dicen que hasta el dolor parece convertirse a esas horas en el beso frío con que uno se imagina que la muerte da la bienvenida a los que cosecha. De verdad, no hay noche más fría y terrible que las noches de hospital.

martes, 14 de abril de 2015

Secretos de amor.


               Solo tenía oscuros secretos de amor y fingía no ser, ni ver, ni sentir, ni desear. Pero en el mundo escondido de los secretos de amor, todos dejamos que en algún momento nos de la luz.

Espejos para el alma.

Dibujo de John Reuss.

Casi todas las noches se despertaba atado al dolor que sentía en su pierna izquierda. Era un dolor lacerante y tenaz: siempre estaba ahí, agazapado, como en segundo plano. Esperando el momento adecuado para hacer todo el daño posible. Aguardando el instante en el que el resto del cuerpo se desconectaba de la mente para tomar por asalto el poder. El dolor, ese dolor, era un general ambicioso ducho en esa guerra de guerrillas. Al principio se preguntaba cómo era eso posible, cómo le podía doler algo que ya no tenía, golpeando furioso el hueco vacío en la cama. Algunas noches el dolor era tan intenso y tan real que tenía que levantarse para mirarse en el espejo y comprobar que sí, que era verdad, que ya no tenía esa pierna. Eran esas noches en las que echaba de menos un espejo que le mostrara también el hueco donde estuvo su corazón. Tampoco esa parte la sentía viva desde que Lola se fue y sin embargo seguía doliéndole desde entonces.

domingo, 12 de abril de 2015

Anhelos.


         Quisiera ser una poesía. Una poseía que hable de amor, de noches silenciosas, de gemidos y de sexo, de ojos brillantes. Que hable de muerte y de miedo, del dolor de la soledad, de desesperación, de horas que jamás pasan mirando al reloj. O tal vez una que hable de Dios, que describa el infierno y que te haga soñar cuando la leas o que te remueva las entrañas cuando la escuches. Quisiera ser una poesía tan perfecta que quien la lea sepa que en ella estás tú.

sábado, 11 de abril de 2015

Boleros.


                Los sábados por la noche volvía a poner su viejo cd de boleros. Era lo único que ella le dejó cuando se fue. Bueno, eso y el corazón destrozado. No quería olvidarla y escuchar una y otra vez la música que bailaban juntos hacía que esa herida no cicatrizara y el recuerdo se mantuviera vivo gracias al dolor. Siempre creyó que envejecerían juntos. Ahora sabía que, al menos él, lo haría en soledad, acompañado sólo por la música de su cd y bailando con la sombra de su recuerdo mientras Gloria Estefan cantaba con su voz melosa:

  "Sé que aún me queda una oportunidad.
   Sé que aún no es tarde para recapacitar.
   Sé que nuestro amor es verdadero
   y con los años que me quedan por vivir
   demostraré cuánto te quiero"
        

viernes, 10 de abril de 2015

Dormir, tal vez soñar.



         Tu día está lleno de montañas de informes y agobios, gente a la que no quieres ver pero que debes ver, llamadas de teléfono, compañeros de oficio, llamadas de teléfono, informes, llamadas de teléfono, reuniones aburridas e interminables, llamadas de teléfono...
        Comes sólo mirando a otros zombis como tú mismo que leen un periódico para engullir su almuerzo sin notar más de la cuenta su soledad. Ves las mismas caras cada día aunque cambies de restaurante. O tal vez sea una misma obra  de teatro la que ves cada día, que de tan repetida, aunque cambien los actores, ya ni les distingues las caras. Y después de comer comienza de nuevo el tour de la tarde: más gente con sus penas y miserias, más llamadas de teléfonos, más expedientes, más de todo.  ¿Cuántas van ya, diez horas, once si le sumas la del almuerzo? Da las gracias: hoy no es uno de los días más largos. Pero cuando paladeas notas un sabor amargo en la boca, y cuando has ido al baño a lavarte la cara, te costó reconocer a ese señor demacrado que te miraba desde el espejo como pidiéndote ayuda. De hecho, por unos instantes, hasta creíste que era un cliente extraviado y a punto estuviste de decirle dónde estaba la zona de atención al cliente. Fue cuando te diste cuenta de que estabas mal. Muy cansado. Con el cansancio sumado de tantos años, de tantos clientes, de tantos expedientes, de tantos zombis comiendo solos en un bar, de tantas llamadas telefónicas... Y decidiste que ya era hora de dormir y, tal vez, hasta soñar. Pero cuando llegas a tu casa, tú, el gran charlatán, el rey del ingenio y la agudeza; tú, que eres capaz de sacar punta a todo y hacer que un muerto se ría de su propia esquela; tú, llegas mudo. Hasta un monosílabo se te antoja un discurso de Fidel Castro.
         Sólo quieres silencio. Sólo quieres que ese teléfono deje de sonar, dejar de ver esas caras, dejar de oír esas historias, distintas y repetidas, relato completo de las miserias del ser humano. Y te repites una y otra vez: sólo quiero dormir, tal vez soñar, mientras caes rendido en el sofá que será tu cama esta noche también.

jueves, 9 de abril de 2015

Luisa y Pablo




              Cuando entró cerró la puerta de la casa tras de sí con cuidado. No quería hacer ruido a esas horas. La casa a oscuras salvo el salón, donde la luz parpadeante de un televisor casi sin volumen lo iluminaba tenuemente. Pablo dormía en el sofá con el ceño fruncido, una pierna apoyada en el suelo como si estuviera a punto de levantarse de un salto y la otra apoyada en el brazo del sillón. Luisa lo miró tratando de sentir algo por él. Lo que fuera: amor, ternura, cariño, rabia, asco, odio... Lo que fuera. Pero no lograba sentir nada; sólo una enorme indiferencia.   Se sentó en la alfombra a observarlo tratando de reconocer en él al hombre que la conquistó y que la esperaba a la salida del trabajo para volver juntos a casa. No lograba recordar cuándo o cómo se convirtió en ese esperpento barrigón, desaliñado y perezoso que ni siquiera había recogido los restos de la cena y las dos latas de cerveza de la mesita del salón. Era imposible pretender sentir nada por ese extraño que ocupaba noche tras noche el sofá salvo alguna, esporádica, que se dejaba caer en la cama para hacer una pobre imitación de lo que una vez fue sexo apasionado y ahora era algo frío, vacío y mecánico. No podía creer que diez años de convivencia dieran como resultado esto. 
              Se levantó silenciosamente. No quería despertar a Pablo de su sueño. Entró en el dormitorio y a la media hora salió con una mochila y una maleta. En la mesa del salón dejó la alianza y las llaves de la casa  junto a una nota de despedida con su letra pequeñita. 
             Y salió en silencio, cerrando la puerta tras de sí con el mismo cuidado que cuando entró.

miércoles, 8 de abril de 2015

La desconocida.


Todos las tardes acaba su paseo descansando en el mismo banco a la sombra de un viejo árbol. Allí, el camarero de la terraza le acerca un té. Es un privilegio que nadie más tiene. Yo los veo desde mi ventana. El camarero se llama Ramón, el nombre de ella lo ignoro.  Me intriga. Sin darme cuenta me he convertido en parte integrante de esta coreografía extraña: a las cinco en punto me asomo a la ventana para ver cómo baja por la calle y se sienta en el banco, y un minuto más tarde Ramón le acerca su té. Todo perfecto, todo sin palabras, siempre igual. Hoy he decido esperarla sentado en el banco. La curiosidad me pudo. A las cinco en punto la veo bajar por la calle y noto que me voy poniendo nervioso. Me pregunto a qué olerá su piel de cerca. Nunca lo sabré. Hoy se ha sentado en la terraza y ha empezado a hablar con Ramón cuando le trajo el té. No sé si mañana volverá a acabar su paseo sentada en el banco o en la terraza. Sólo sé que Ramón no la atenderá porque lo habré despedido. 
Debería saber que no es bueno para el trabajo quitarle la novia al jefe.

martes, 7 de abril de 2015

Personajes de mi infancia.


         De niño, asomado a la puerta de la tienda de mis padres, veía pasar lentamente la vida. La vida es apacible y dorada cuando eres un niño. Veía pasar a Manolo, el guardia municipal, con su correaje de cuero blanco y su salacot. Manolo, con ese bigotito fino tan de moda en la España franquista, bajito y rechoncho, imponía su autoridad sólo con su presencia. En aquellos años, llevar un uniforme, un silbato y una porra te investía de una autoridad indiscutible. Veía pasar también a Andresito, el mozo de la farmacia. Bueno, mozo porque ese era el cargo que ostentaba. Porque Andresito, menudo y nervioso, corriendo más que andando de recado en recado, ya había cumplido los cincuenta hacía tiempo. Decían las malas lenguas, que en mi calle eran todas, que no podía aspirar a otro puesto porque había hecho la guerra con el bando perdedor. Era, decían, de los de la "cáscara amarga". También decían que era un borrachito. Claro que para eso no hacía falta que las malas lenguas criticaran. El propio Andresito lo iba proclamando con su mirada turbia y ese aliento a coñac barato que iba dejando a su paso según avanzaba el día.
            Esta tarde, paseando por esa misma calle donde pasé mi infancia, tan cerca y tan lejos de la playa, horizonte cercano y al tiempo prohibido para mi, vi a un niño de seis o siete años asomado a la puerta de la tienda, supongo que de sus padres. Lo miraba todo con los ojos muy abiertos y una continua expresión de asombro en la cara. Nos miramos durante un rato. Yo, desde la atalaya caduca de mi edad. Él, desde la ingenua curiosidad de la suya. Espero que cuando pase el tiempo y ese niño sea un hombre recuerde también, como parte del paisaje de su infancia, a un señor con bastón que una tarde de abril le regaló una sonrisa nostálgica y un paquete de chicles.

lunes, 6 de abril de 2015

Odios.


Hoy me han dicho que te mueres, que apenas te quedan un par de días, que si quiero verte debo darme prisa, y de repente, toda nuestra historia se me ha caído encima como una piedra en una avalancha. Te mueres. ¿Y ahora qué? Mientras fuiste ese hombre fuerte, duro, inamovible en tus creencias, severo en tus decisiones, para mi fue más fácil odiarte. Porque te odiaba en la misma medida en que tú me ignorabas. No me viste crecer. No me ayudaste a madurar. Fuiste una sombra en mi vida, la silueta de algo que nunca estuvo a mi alcance, un peso en mi pasado más que apoyo en mi presente.
Y ahora te mueres. 
Y yo te sigo odiando.
Está feo odiar, lo sé. Y si es a tu propio padre, más aún. Pero ese ha sido el único vínculo que nos ha mantenido unidos a ti y a mí, padre e hija, estos veinte últimos años. El odio, créeme, lo sé, une más que el amor. El amor, con el tiempo, se atenúa y se convierte en una especie de costumbre cariñosa, en la satisfacción de la necesidad de compañía, en una amistad imperfecta. Pero el odio, si es real, con el tiempo se fortalece y se asienta en el corazón. Incluso después de que ya no recuerdes la razón de ese odio ni la ofensa, real o imaginaria, que lo originó. Sólo queda el odio. A nosotros sólo nos quedaba ese odio. Y ahora vas y te mueres. 
Dime, papá, ¿qué será de mí, ahora que ya no te tendré para odiarte? ¿Con qué llenaré mi vida a partir de mañana?

domingo, 5 de abril de 2015

Desayunos.


Desayuna a diario en la terraza de un Centro Comercial. Siempre pide lo mismo: café cortado, un croissant con mermelada de fresa y un zumo de naranja. Realmente le gusta más el café sólo, prefiere las tostadas con mantequilla y no soporta el zumo de naranja; le da acidez. Pero él no va allí por el desayuno sino por la camarera que lo atiende. Fue ella la que le ofreció  ese menú el primer día y él se vio incapaz de decirle que no después de ver su sonrisa. Desde entonces acude a diario y cada vez que ella, sonriendo, le pregunta "¿Lo de siempre?", él asiente con otra sonrisa mientras sus jugos gástricos se ponen a protestar anticipadamente.
El amor, a veces, precisa de una dosis de omeprazol.

sábado, 4 de abril de 2015

Postales.


              Tenía los estantes de su salón llenos de álbumes donde almacenaba miles de postales de lugares donde nunca había estado. Los había ido completando durante años. Cada vez que algún amigo iba de viaje le pedía que le trajera alguna postal del lugar que visitaba. Cuando se sentía nostálgico se encerraba en su casa y miraba esas postales que le mostraban imágenes de lugares hermosos, de atardeceres románticos, de playas inmensas de arena blanca o de campos de un verdor inusitado. Miraba monumentos grandiosos, edificios singulares, ciudades llenas de luces de mil colores, jardines repletos de flores que le parecía oler, a pesar de ser sólo una foto.
               Era su manera de sentir que él también había estado, al menos en el instante en que se sacaban esas fotos, en aquellos lugares donde otros habían sido felices.

viernes, 3 de abril de 2015

La lógica de los finales inventados.


           Cuando ya no soportaba más su realidad, gris y anodina, volvía a leer aquellos libros de aventuras que le acompaban desde su juventud. Entonces se volvía a enrolar como un marinero más en "La Hispaniola", junto a  los piratas Jim Hawkins, Bill Bones o John Silver el Largo, para buscar juntos el tesoro del capitán Flint. O revivía la emoción que le producía acompañar a Sandokán y a Yáñez en su venganza contra los británicos. Los libros de aventuras eran tan importantes en su vida que los releía una y otra vez para huir de su hastío diario. Hasta era capaz de recitar de memoria el inicio de Historia de dos Ciudades, de tantas veces como la había leído:

"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también la de la locura; la época de las creencias y la de la incredulidad; la era de la luz y la de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación." 


         Nunca se sintió más vivo y más real que cuando se volcaba en el mundo de la fantasía, de la aventura y de los finales perfectos. Para él esas historias eran más lógicas y aceptables que las que tenía que vivir a diario, esas historias grises que casi nunca tenían un final que le permitiera dormir en paz y con una sonrisa en los labios.

jueves, 2 de abril de 2015

Clavos y astillas.


            Como un clavo oxidado o una astilla  seca, así se sentía. Inútil y prescindible. Carente de sentido y utilidad en un mundo ordenado y perfecto. Una aberración que había que desechar o esconder para no afear la foto.  Cincuenta y cinco años y en paro; era lo mismo que estar muerto. No, era peor. Muerto sólo eres una estadística: varón, caucásico, nacido en 1.960, casado, dos hijos, un nieto, fallecido por infarto, incinerado. Todo guarismos en una tabla de porcentajes. Pero vivo, ¿qué era en realidad? Nada. Un número en una lista donde cientos de miles de personas como él estaban en su misma situación; sin esperanzas creíbles, sin posibilidades realistas. Muertos con vida, y  además, con mala vida. No, sin duda era mejor estar muerto del todo, muerto de verdad, de una vez para siempre. Mejor que ser un clavo oxidado, una astilla seca o un espejismo de ser humano en una sociedad deshumanizada que no dejaba en ningún momento de recordárselo.

miércoles, 1 de abril de 2015

Palabras.


               Cada día, al levantarse, cogía el diccionario que estuvo siempre en su casa. Era un viejo diccionario, grueso y con tapas duras de color rojo. Lo abría por una página cualquiera y buscaba la palabra más extraña que hubiera en ella, aquella que nunca hubiera oído antes, y se aprendía su significado. Trataba de usar esa palabra a lo largo del día. Creía que las palabras eran seres vivos y si nadie las usaba acabarían muriendo de tristeza.