domingo, 31 de mayo de 2015

Un amigo.

                 "Su mujer le engaña con el vecino del 3º. Un amigo". Llevaba un buen rato con esa nota en la mano, de pie delante de su buzón. Llevaba cinco años viviendo en el mismo edificio, pero por más que se esforzaba, no lograba recordar la cara del vecino del  3º. Le costaba creer que Alba, su mujer, lo engañara. Aquello, sin duda, debía de ser una broma. De mal gusto, pero una broma. Sin embargo no lograba dejar de leer la fatídica frase una y otra vez: "Su mujer  le engaña con el vecino del 3º. Un amigo". Miraba el papel con detenimiento, como queriendo ver la verdad a través de él. Era un trozo de papel normal, liso, bien cortado y escrito con un boli azul. ¿Aquella sería letra de hombre o de mujer? De mujer, sin duda. Ningún hombre se rebajaría a dejar un anónimo en su buzón. Lo de "un amigo" era para despistar, seguro. "Su mujer le engaña con el vecino del 3º. Un amigo". La puñetera frase le martilleaba en la cabeza. No sabía qué hacer. Con el papel arrugado en la mano se dirigió al ascensor. Necesitaba saber qué había de cierto en todo eso. Necesitaba, sobre todo, saber quién demonios era el vecino del 3º.  Entró en el ascensor ensimismado. Solo reparó en que con él había subido alguien cuando el desconocido le pidió amablemente que pulsara el botón del tercero. Su mano aferró más aún la nota mientras lo miraba de reojo. Ya sabía quien era el vecino del 3º, pensó mientras en vez de el de su piso pulsó el botón de parada del ascensor. Y le iba a machacar la cara hasta borrar de ella esa estúpida sonrisa. 

sábado, 30 de mayo de 2015

Mi colegio.


               Hoy pasé de nuevo por delante de mi antiguo colegio. Hace cuarenta años que entré en él por última vez, pero lo sigo recordando como si hubieran pasado apenas unas semanas. Me paré delante de su cancela de hierro forjado y escuché de nuevo las voces de los niños cantando a coro alguna lección. Me pareció oler de nuevo ese aroma característico de los libros recién estrenados y de la goma de borrar Milán blanca. No sé por qué razón, la verdad, nos daba por comerla. Tal vez fuera el aburrimiento o que éramos, los niños de entonces, un tanto como animalillos, como cabras que le pegábamos el diente a todo: gomas, lápices, tapas de boli y hasta alguna oreja en las peleas de patio.
          La calle de mi antiguo colegio sigue igual: estrecha, oscura, fría... Es como si el tiempo, que ha ido cambiando toda la ciudad, hubiera respetado ese trozo de mi pasado para que yo pudiera acudir a él cuando la tristeza y la nostalgia me agarrotan el alma. Probablemente mi infancia no fue ese espacio feliz que mi mente, mentirosa y compasiva, se empeña en forjar para mi. La verdad es que era un niño muy despistado y ensimismado, gordito y sobre protegido, que cargaba con una pesada cartera llena de libros, libretas, lápices, bolígrafos, una bolsa de boliches para el recreo, y una regla transparente que se curvaba para poder cerrarla. Mis escasos amigos eran como yo. Formábamos un grupo patético de niños cuya ingenuidad era tan grande que servíamos de burla y chirigota para el resto de la clase. No éramos más tontos que ellos pero cada uno de nosotros arrastraba una historia que nos hacía diferentes al resto del grupo, y si hay algo que un colectivo no perdona es la diferencia. Nos reuníamos en una especie de batallón de los torpes para protegernos mutuamente. Sin embargo, y a pesar de todo ello, cada vez que recuerdo esa época lo hago con el dulce sabor de la nostalgia. Cómo ha debido de ser mi vida desde entonces, me digo a mi mismo, para que esa fuera la etapa que con más agrado recuerde. La vieja calle  ya empieza a oler a potaje y a frituras. Es la hora de comer y el timbre del colegio me dice también es la hora de que yo me vaya.

viernes, 29 de mayo de 2015

Resaca.


                Dejó de beber el día que amaneció tirado en el pasillo de su casa, orinado en los pantalones y sin recordar apenas nada de las horas anteriores. O tal vez fuera de los días anteriores, no podía recordar nada de manera concreta. Solo le venían retazos, imágenes brumosas, como su cerebro. Dejó la bebida así, de repente, haciendo una machada, consciente de que lo iba a pasar mal durante un tiempo. Pero eso ya no le importaba. Solo quería dejar de beber porque ese día, cuando despertó orinado y gimiendo de dolor, ya no había nadie en su casa para ayudarle a llegar a la ducha y prepararle algo de comer y media docena de aspirinas para la resaca.
                Desde entonces solo se embriaga con el recuerdo de los besos que se dieron cuando eran novios y él, en vez de whisky, bebía schweppes de limón. Pero la resaca de esa borrachera de recuerdos no se le aliviaba con una ducha y media docena de aspirinas.

jueves, 28 de mayo de 2015

La furia sin solución



            Cada día que pasaba se daba cuenta de que esa furia intensa que sentía en su interior contra el universo entero era, en realidad, contra ella misma contra quien la sentía. Era el resultado de tanta frustración, de tanto cansancio, de tanta locura soterrada, disfrazada para que pareciera genialidad. En el fondo, pensaba, apenas hay distancia entre la verdadera genialidad y la genuina locura. ¿Quién iba a notar esa diferencia? Lo odiaba todo, pero especialmente a ella misma. Odiaba todo lo que ella representaba. Odiaba todo lo que hacía, casi toda su vida. Pocas cosas salvaría de su vida en un naufragio. Se odiaba tanto, decía cuando estaba a punto de explotar, que no se suicidaba para poder seguir castigándose así por tanto odio como despertaba en sí misma. 
            Yo creo que, simplemente, jamás tuvo el valor necesario para hacerlo.

miércoles, 27 de mayo de 2015

El cartero y María.



                Recibía una postal con palabras de amor cada viernes desde hacía dos años. Esperaba con alegría el momento en el que el cartero tocaba en su puerta para dársela en mano. Eran postales de muchas ciudades y de diferentes países, y en todas, el remitente escribía una única frase: "Me gustaría que estuvieras siempre a mi lado". Casi desde el primer momento invitó a café al cartero y hablaban del amor, de los deseos, de los miedos y de los imponderables. Ella insistía que todo se podía superar con el tiempo si había voluntad y paciencia. Él dudaba sobre las circunstancias de la vida. Afirmaba que, a veces, estas circunstancias impedían que la voluntad se impusiera a la realidad. Y en medio de los dos, la postal con la frase: "Me gustaría que estuvieras siempre a mi lado". 
             Este viernes la postal se la trajo un cartero diferente. Anselmo había pedido el traslado a otro pueblo. Nadie se tomó el café con ella ese día y nunca más recibió una postal que le dijera que le gustaría que estuviera allí, a su lado.

lunes, 25 de mayo de 2015

Certezas.


                 Siempre se decía a sí mismo que algún día, cualquier mes, al doblar una esquina o mientras tomaba un café en cualquier terraza, la vería y por fin encontraría ese amor que llevaba toda la vida esquivándole. Esa creencia lograba que cada mañana se pudiera levantar con una dosis casi enfermiza de optimismo y se pudiera enfrentar a una vida tan gris y anodina que, de no ser por eso, no hubiera podido soportar. Ese fue el único consuelo que tuvo en sus últimos momentos. Pensó que, si no la había encontrado en este mundo, la encontraría sin duda en el otro. Y con esa certeza y una sonrisa en los labios, saltó al vacío.

Cosas entre viejos conocidos.


             He descubierto que mi despertador me odia. No ha sido fácil. Hemos pasado tantos años juntos, hemos visto juntos tantos amaneceres, hemos pasado uno junto al otro tantas noches de insomnio, que llegar a esa conclusión no me resultó sencillo. Bien es cierto que me odia casi cordialmente, como corresponde a un viejo enemigo íntimo con el que, en el fondo, simpatizamos, o como lo haría con un antiguo amigo algo pesado, de esos que desconocen la frontera entre una broma y una putada. Claro que para ser honestos esa malquerencia es mutua. Hoy se lo advertí:  cualquier día, en vez de salir lanzado yo de la cama, sales tú lanzado por la ventana. 
             

viernes, 22 de mayo de 2015

La máquina del tiempo.


                   Cuando estaba triste se sentaba a ver sus viejas fotos escuchando música ochentera. Era su particular manera de viajar en el tiempo. Las revisaba con cuidado, a pesar de conocerlas casi de memoria, buscando en ellas el momento exacto en que todo cambió y la vida dejó de ser ese libro aún por escribir y pasó a ser una mala novela cosechando polvo en la estantería de una tienda de ocasión. Los Pet shop Boys cantaban It's a Sin mientras él salía sonriente en cada foto. Sonreía en un asadero, sonreía jugando a las cartas en la playa, sonreía con los compañeros de su primer trabajo, sonreía en unas vacaciones ya lejanas, sonreía con otros amigos, sonreía en otros asaderos, sonreía en otros trabajos con otros compañeros. Viendo esas fotos llegó a creer que su vida había sido una enorme y continuada sonrisa. ¡Cómo miente la memoria! Cerró el álbum y los ojos mientras escuchaba a Roxete cantando Listen to your heart y se dijo que, desde luego, aquel no era un mal consejo.


La dignidad de un viejo soldado.


              Me reconozco soldado de un ejército derrotado pero jamás rendido.  Buen fanfarrón, como se espera que sea alguien con mi vida, hace tiempo que descubrí que la noche no acaba cuando empieza el día, que la noche, la de verdad, no acaba nunca. Hoy confieso que me duelen las heridas y que tengo miedo de que se me note el miedo. El cansancio de mi cuerpo es mucho, es enorme, pero es mi alma la que está tan cansada que desearía que estuviera muerta, aunque mi cuerpo, herido, lleno de cicatrices sobre cicatrices, se siga arrastrando aún por ahí, buscando una buena razón para poder dejar de hacerlo. Tal vez un día de estos la encuentre, pero de momento seguiré siendo un soldado veterano, cumplidor con su oficio de matar o morir.
             Derrotado, sí, pero jamás rendido.

miércoles, 20 de mayo de 2015

El telonero.


                Había enmarcado y colgado en el salón, justo encima de una urna vacía, como si de un trofeo se tratara, la papeleta electoral de las pasadas elecciones donde aparecía su nombre. Era el objeto de su orgullo y presumía con ella ante las visitas que recibía en casa. Lo hacía con falsa modestia, claro, como quitándole importancia al hecho, a pesar de que era el centro de la decoración de la habitación. Decía, medio en serio, medio en broma, que su papel en esas elecciones había sido el del telonero del artista que encabezaba el cartel. Solo la quitó cuando el hijo de su nueva novia le dijo que ocupar el lugar veinte en una lista de veinticinco no era ser el telonero del concierto sino el tramoyista del teatro.
               Ahora busca un nuevo objeto de decoración que supla el hueco de la papeleta y la urna vacía y, de paso, también una nueva novia. A poder ser, sin hijos impertinentes esta vez.

martes, 19 de mayo de 2015

Perder el tiempo y esperar.





"El hombre ha nacido para morir.
 ¿Que quiere decir eso?
 Perder el tiempo y esperar.
 Esperar el autobús.
Esperar que canten los ratones.
Esperar que a las serpientes les crezcan alas.
Perder el tiempo."

        Cuando leía estos versos de Bukowsky dudaba si, en realidad, no era sino un personaje de una de sus obras. Uno de sus patéticos perdedores, tristes, abandonados, nacidos de su mente febril después de una de sus borracheras. En el fondo solo trataba de hacer bien lo que se esperaba de él: ser un digno perdedor. O solamente ser un perdedor, a secas. Y en eso sí que había triunfado. 
         La primavera ya se olía en el aire. Es una primavera temprana, algo triste. Saboreando lentamente un vaso de vino pensaba en esos versos, en su autor y en sus propios fracasos. El sol reverberaba en la pared blanca, deslumbrante, recién encalada para recibir a la nueva estación, mientras él seguía allí, sentado, bebiendo, esperando que cantaran los ratones o le crecieran alas a las serpientes.

lunes, 18 de mayo de 2015

Lo que nunca te diré.


                     Dicen que te han visto resguardándote en algún portal, huyendo de la lluvia y del viento helado que ha estado haciendo estas tardes. Me aseguran que estás más delgada, que se nota que no te cuidas, que debes comer mal cuando comes, y que hasta eso lo dudan. Me cuentan que caminas, caminas y caminas sin rumbo por la ciudad. Yo les digo que en realidad caminas sin rumbo por la vida. Que te perdiste cuando eras una niña y que desde entonces no has parado de andar y andar para encontrarte, pero que siempre yerras en el camino a seguir. Me preguntan con disimulo si sé cómo te ganas la vida. Como si eso fuera lo que me debiera importar y no el hecho de que estés viva, aunque tú misma no quieras aceptarlo, aunque a ti misma te desagrade tu propia existencia. Hoy he sido yo quien te ha visto. Sé que tú también me has visto a mi, no lo neguemos. Quise acercarme a ti, decirte que no te preocuparas, que todo iría bien, que nadie, ni siquiera yo, tenía el más mínimo derecho a juzgarte, que tu vida sería tuya -y solo tuya- desde que tú misma dejases de sabotearla. Quise decirte todo lo que siempre te digo en mi corazón cuando pienso en ti, todo eso que lleva tiempo luchando por salir de mi boca. Pero como siempre, callé. Pasamos uno al lado del otro. No sé si me miraste. Yo llevaba la cabeza baja y hasta los ojos cerrados para no verte así. Aunque tal vez fuera solo para no verte.
                 Mañana, o tal vez pasado, alguien volverá a decirme, como quien no quiere la cosa, que te han visto por la calle, triste, demacrada y vagando sin un rumbo definido. Y yo, mentiroso e hipócrita, me haré el sorprendido.

Vida sana.


            Seguía todos los consejos para vivir más sano. No fumaba, apenas bebía alcohol, ingería dos litros de agua cada día, nunca había consumido drogas, andaba una hora todas las tardes, dormía otras ocho, añadía cinco piezas de fruta o verdura a su dieta, evitaba las grasas y hacía sudokus para mantener la mente activa. El forense comentó con sorna que era el cadáver más sano al que nunca había hecho una autopsia. Tal vez hubiera debido mirar a ambos lados antes de cruzar la calle.

sábado, 16 de mayo de 2015

El hombre gris


                Mi amigo Sergio Rueda se ha suicidado. No busquen su esquela en los periódicos o una reseña sobre su muerte en internet. No encontrarán nada. Sergio era un hombre tan común, tan del montón, que su muerte, lo mismo que su vida, no ha interesado a nadie salvo a los pocos que compartíamos miedos y frustraciones con él. Y hasta nosotros nos enteramos de su muerte cuando ya estaba frío y enterrado. No sé de quién partió la idea de reunirnos para tomar una copa en su memoria. La mayoría de nosotros no nos conocíamos más que de referencias, de oír nuestros nombres o nuestras supuestas hazañas contadas por Sergio cuando nos veíamos con él. Alguien decidió que sería un bonito gesto, el último sin duda, reunirnos y compartir los recuerdos que todos teníamos de él, así que cogió la agenda de Sergio y nos llamó a todos. Yo dije que sí. Todos aceptamos. Sergio sería un tipo gris y anónimo, pero era un buen tipo. Sin embargo, según acepté, me di cuenta de lo poco que sabía de él en realidad.
               ¿Había amado?  ¿Le habían amado de esa manera que cuando te dejan, se te revienta el corazón en mil pedazos? De niño, ¿le justaba jugar al fútbol, ir a la playa, o era de los que destacaban en ajedrez? Me di cuenta de que, a pesar de los años que llevábamos compartiendo mesa, mantel y anécdotas, no sabía nada personal sobre él. Era un hombre perfectamente hermético en ese campo. Por no tener, no tenía  facebook o twitter. Al menos, no que yo supiera. Al hablar con algunas de las personas que estábamos convocadas a su copa de despedida  todas me comentaron lo mismo: Sergio era un hombre muy discreto. Una buena persona, algo aburrido a veces, pero ahora que lo decía, no, nadie sabía nada de su vida privada...
          Sergio Rueda fue el hombre más gris dentro de un mundo de hombres grises.  No sé qué le llevó a tomar la decisión de acabar con su vida. No voy a pretender entender sus razones más íntimas para hacerlo. Sólo digo que lo siento, porque, tal vez, si me hubiera ocupado en saber algo más de él y algo menos de todo lo demás a lo mejor no se hubiera sentido aplastado por esa losa tan pesada que puede llegar a ser la soledad no buscada. Y a veces, hasta la buscada.

jueves, 14 de mayo de 2015

Desesperanzas.

                     

                    No desesperes, me dices, y esas palabras me llevan a la desesperación más profunda; desespero ante la certeza de que te echaré de menos, aunque tú jamás lo sepas. ¡Qué absurdo! Echar de menos lo que jamás se tuvo. Pero es lo que pasará sin remedio: te echaré de menos. Echaré de menos el sabor de tus labios en los míos, oler tu piel, siempre tan levemente perfumada, cálida en el tacto, palpitante al acariciarla,  sentir la presión de tus pechos contra el mío cuando me abrazas y ver como ardes de pudor cuando mi mirada se inflama en la tuya. Echaré de menos adivinarte entre la gente, sentirte imprescindible en mi vida, una vida que ya será un desierto, árido y vacío por tu ausencia. Te echaré de menos, aunque nunca te haya tenido.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Planes.


                 Siempre que veía llegar a su padre a casa, cansado, frustrado, ojeroso, malhumorado, triste, se refugiaba bajo la mesa del comedor, en medio de las penumbras que rodeaban esa habitación. Le escuchaba comentarle a su madre con amargura las penurias de su día y como acababa siempre igual: quejándose porque sentía que en su vida todos tomaban decisiones menos él. El niño se prometió que él no sería como su padre y a los diez años empezó a planificar su vida. Tenía claro que quería ir a la universidad, la carrera que iba a estudiar, la profesión que iba a ejercer, la edad a la que iba a casarse, los hijos que iba a tener, dónde iba a vivir y hasta en qué orden iba a usar sus apellidos, silenciando el de su padre, anteponiendo el de su madre. Hoy, cuando llegó a casa, cansado, frustrado, malhumorado y triste se sentó en el suelo, junto a la mesa del comedor. Ya no cabía debajo. Tampoco tenía a quién comentarle las amarguras y las penurias de su día. Por un momento le pareció ver debajo de esa mesa a un niño que, acostado y en silencio, planificaba cuidadosamente su vida futura.

martes, 12 de mayo de 2015

Dios.

             

              Rezaba a diario a un dios en el que no creía. Realmente no creía en la existencia de ningún dios, pero le rezaba con fervor. No le daba nombre o título, no lo investía de ningún otro poder que el de ser, pero le rezaba con todas sus fuerzas. Rezaba en medio del miedo y la soledad, angustiado, buscando un consuelo que su mente sabía imposible, pero que su corazón anhelaba con desesperación. Sabía que dios, que los dioses, se inventaban por los hombres, que nacían, crecían y morían con las civilizaciones que los habían creado. Una civilización sucedía a otra, un dios reemplazaba a otro. Pero él seguía naufragando entre el miedo y el dolor, rezando a un dios en el que, en realidad, no creía, pero al que necesitaba.

lunes, 11 de mayo de 2015

Mano, corazón y mente.


                    La angustia lo asaltaba cada vez que terminaba un relato o un poema. Las dudas lo asfixiaban impidiéndole descansar. ¿Y si ese era el último relato que pudiera escribir? ¿Y si ya no lograba inspiración para un próximo poema? Miraba el cajón donde guardaba los folios con los borradores de posibles historias o de poemas imposibles, llenos de tachaduras y enmiendas, escritos con esa letra que él y solo él era capaz de descifrar. Se preguntaba entre sudores si eso es lo que en realidad ocurría con los otros, con los que sí publicaba: que sólo él entendía qué quiso decir en ellos. Echaba de menos cuando escribir era para él una diversión, una manera placentera de evasión y no esta tarea pesada y dolorosa que, poco a poco, iba llevándole a una depresión. Al final, cuando la presión se hacía insoportable, tomaba de nuevo su pluma y el montón de folios y dejaba que su mano escribiera sola lo que su corazón le dictara. La mente, en realidad, era la que menos importaba en esos momentos. Ella volvería a tomar el mando después, cuando el poema o el relato estuvieran acabados, para volver a preguntarse si esa sería su última creación o si, al final, alguien entendería algo de lo que él deseaba contar.

domingo, 10 de mayo de 2015

A cara o cruz.



             Aquí estoy yo, sentado en la antesala  que separa la entrada del infierno de las puertas del cielo. Tengo tiempo para pensar mientras San Pedro y Lucifer se juegan mi alma lanzando una moneda al aire conmigo de espectador. El cielo no me quiere en él. Dicen que no fui lo bastante bueno en mi vida. En el infierno no me dejan entrar porque aseguran que no actué como se espera de un malvado. La historia viene de lejos: en la tierra ya se metían conmigo porque jamás fui, según todos, lo suficientemente equilibrado en mis actuaciones. Así que aquí estoy, expectante y en silencio, esperando que lancen de una vez la moneda al aire para ver quien de los dos pierde y habrá de cargar con mi alma. La verdad es que jamás vi un alma menos disputada.
             La moneda ya gira en el aire. Con mi suerte, seguro que cae de canto y habré de permanecer eternamente en el limbo.



sábado, 9 de mayo de 2015

Adivinas.

             
Oleo de Julio Castellanos.
              Salió a la calle convencida de que ese sí iba a ser el día, de que encontraría -¡por fin!- al hombre de su vida. No podía fallar, se lo había pronosticado la adivina que le echó las cartas por 10 euros. Eso es lo que valía su futuro: 10 euros. Su pasado, en cambio, carecía de valor para ella. Cuando llegó a su casa por la noche, cansada y frustrada, igual de sola que cuando salió y con el corazón más helado aún, decidió que mañana iría a ver a otra adivina diferente. Pero esta vez le pagaría 50 euros para que le dijera que iba a tener suerte en el amor. Tal vez así se garantizase los resultados.

viernes, 8 de mayo de 2015

Predestinación.

               

               Cuando jugaban a indios y vaqueros él siempre hacía de indio y cuando imitaban a las series de detectives, el muerto era él. Luego, en las fiestas, siempre le tocaba ser quien ponía los discos y ver como bailaban los demás. Hizo la mili como objetor de conciencia en la Cruz Roja y en la Universidad eligió la carrera de Filosofía en contra del criterio de su padre, que prefería una Ingeniería y convertirlo en un hombre de provecho.
            Era inevitable que acabara siendo poeta.

jueves, 7 de mayo de 2015

Hermanos.


                Se casó con Celia porque era la chica que le gustaba a su hermano y competían por todo. No se cuestionó la ética o el amor, solo quería ser él quien venciera en este reto. Cuando dijo "sí, quiero" en el altar, no pudo evitar mirar de reojo hacia el banco donde estaba su familia. Quería ver la cara de su hermano en ese momento. De niños luchaban por ser el preferido. El se sintió perdedor y se prometió que se lo haría pagar cada día. Fue cuando decidió que le quitaría todo lo que para él fuera querido. Nunca se paró a pensar en que Celia tuviera sentimientos, sufriera o pudiera tener voluntad propia. Él solo quería ver cómo sufría su hermano cuando le quitara a la mujer que amaba. Este sería el momento de la dulce venganza. Solo que a él jamás le supo dulce. Tal vez fuera porque ningún corazón amargo puede sentir dulzor en su boca.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Habitando en el recuerdo.

Obra de Pedro Ruano Rodríguez.

               Ya solo recordaba el rostro de su madre vagamente. Recordaba perfectamente su perfume, su voz, la tersura de su piel y hasta como movía las manos tan armoniosas al hacer la comida, pero su rostro se veía desdibujado en su memoria. Cada mañana hacía el esfuerzo de recordarla, pero cada día le era un poco más difícil. Sentía que el día que ya no pudiera ni siquiera verlo como ahora, entre brumas, su madre habría muerto para siempre y él sería el culpable. Los muertos solo mueren de verdad cuando ya no habitan ni en nuestros recuerdos.

martes, 5 de mayo de 2015

Vocaciones.


                 De pequeño quería ser bombero. Otras veces decía que sería peón de obra, pero de los de obras en la calle, de los que manejaban el martillo neumático, no de los que hacían chapuzas en las casas. Esos solo manejaban paleta y cemento. De vez en cuando juraba que su verdadera vocación era la de piloto de aviones y le brillaban los ojos al decirlo. Hoy trabaja de enterrador en el cementerio de un pequeño pueblo de campo y cuando ve pasar un avión por el cielo se le sigue iluminando la mirada.

lunes, 4 de mayo de 2015

Guiones.


         Se sentaba en las terrazas para poder escuchar conversaciones ajenas. Decía que así el día a día parecía menos triste y solitario, menos aburrido y gris. Era capaz de imaginarse la vida de cualquiera con solo escuchar un retazo de su conversación. Cuando llegaba a su casa le contaba a su madre las historias que se iba inventando. Ella sabía que eran falsas, pero le escuchaba con toda atención. Pensaba con tristeza que su pobre hijo jamás haría nada útil con su vida. Él jamás le dijo que trabajaba escribiendo los guiones de las series que ella veía a diario. Ella nunca le confesó que siempre deseó que alguno de sus hijos hubiera heredado su afición secreta a escribir poemas de amor.

domingo, 3 de mayo de 2015

La 47.


             Llevaba dos años levantándose una hora antes para coincidir durante el trayecto de la línea 47. En realidad aquella no era su línea de guagua pero la cogía cada día a la misma hora para poder pasar un rato junto a ella. Sabe que jamás le podrá decir lo que siente cuando la ve. Al menos no en voz alta, porque cada día, de lunes a viernes, mientras dura el viaje en guagua, le cuenta en silencio que se muere por abrazarla, por tomar café con ella cada mañana o por poder pasear juntos disfrutando del sol, que se duerme pensando en su cara para poder soñar con ella y cómo, algunas noches, hasta la oye suspirar a su lado en aquella cama vacía. 

sábado, 2 de mayo de 2015

La delgada línea


Óleo de Francesc Xavier Clúa Català

              A veces no sabía cuál era la verdad. Dudaba si, en realidad, lo único que seguía vivo en ella era la memoria de un pasado que pudo o no ser como lo recordaba.  Si todo eso que estaba viviendo no habría ocurrido mucho antes, si estas líneas que escribía en su tablet no fueron escritas ya en el pasado y eran solo como la luz de alguna estrella lejana, capaz de iluminar el presente aunque en realidad hiciera siglos que se hubiera apagado. A veces ni sabía ni quería distinguir esa delgada línea que, decían, separa cordura y locura y se sentía tan cansada que solo quería cerrar los ojos y dejar de pensar.


viernes, 1 de mayo de 2015

En la telaraña.


           Sabía que llegaba enfadada desde que oyó cerrar la puerta del edificio de golpe. Eso era una mala señal. Pero que subiera los tres pisos por las escaleras en vez de esperar al ascensor era la prueba definitiva: hoy habría bronca. Lo mejor sería que bajara el volumen del televisor. Nada la irritaba más que las alocadas cacofonías que eran a veces algunas tertulias televisivas. Pensó por un momento hacerse el dormido y capear de esa manera el temporal que iba a estallar por cualquier motivo nimio, pero sabía que iba a ser inútil. Estaba tan nervioso que seguramente los latidos de su corazón lo delatarían desde la misma puerta del piso. Y eso sí que la acabaría por enfurecer. Sabía que la gente se burlaba de él por el miedo que le inspiraba su mujer. Pero no podía evitarlo. Magdalena era una mala persona.
              Ya está. Ya lo había dicho. 
           Bueno, no, en realidad no lo había dicho. Sólo lo había pensado, pero eso sí, casi en voz alta. Casi, porque justo en ese momento entraba ella por la puerta del piso como debió entrar Aníbal con sus elefantes por Italia. La miró de reojo y se quedó inmóvil esperando que ella tomara la iniciativa de hablar. El primer brinco lo dio cuando ella lanzó las llaves sobre la mesita de la entrada. El segundo lo dio cuando el grito que lanzó llenó su cabeza y retumbó en toda la casa. Realmente no entendió lo que decía. Pero sí que entendió el sentido de aquel berrido: ella estaba furiosa y él iba a pagar los platos rotos. Como siempre. El primer cogotazo no lo vio venir. Le dio de lado. Lo dejó oyendo un zumbido metálico y con un terrible dolor de oído. El segundo golpe ya lo cogió encogido y el daño fue menor aunque ella le dio un puñetazo. A partir de ahí, lo de siempre: la acostumbrada lluvia de golpes y patadas. Hoy se esmeró. Cogió un libro de los gordos, de esos de la enciclopedia, y le golpeaba con saña mientras seguía gritándole cosas que no era capaz de entender. Debía estar francamente enfadada. Por fin tuvo suerte: uno de los golpes le dio en la cabeza y la luz se apagó de repente. Por fin oscuridad y silencio.Por fin ya no más dolor.
              Cuando se despertó ella ya no estaba. No estaba nunca después de esos ataques de ira. Mejor. No soportaría verle la cara. Apenas soportaba verse la suya propia. Y eso cuando podía. Cuando los ojos no estaban cerrados del todo. Miró el reloj. Eran las diez de la mañana. Tenía ocho horas hasta que ella llegara. Normalmente volvería de buen humor. O al menos no volvería tan enfadada. No solía tener dos días de furia seguidos. Se puso a recoger aquel estropicio y a limpiar la casa antes de ella llegara. No quería tentar a la suerte dejando el salón tirado y lleno de sangre, vómitos y orines. Pero antes se dio una ducha.  Seguro que después de una ducha su aspecto no sería tan terrible. Puso la tele. Bajita. No sea que se le olvidara luego y cuando Magdalena llegara estuviera el volumen muy alto y se enfadase. Cuando el agua caliente corría sobre su cuerpo molido, por primera vez en las últimas doce horas, se sintió bien.