martes, 23 de junio de 2015

Fuegos de artificio.


                Desde pequeño sentía una fascinación especial por los fuegos artificiales y por las multitudes. No entendía cómo había gente que se agobiaba en medio de estas o se asustaba con aquellos. Para él era el instante perfecto, estar rodeado de cientos, tal vez miles, de desconocidos y sentir cómo retumbaban en su pecho los estampidos de los voladores, como los llamaba su padre. Claro que los fuegos de artificio de esta noche y los voladores de su infancia poco tenían en común salvo que, hoy como ayer, lograban que por un momento dejara de preocuparse por si su corazón latía o no a la velocidad y con el ritmo adecuados porque la patata, como le decía su hija pequeña, se ponía a latir acompasando su ritmo con el de los voladores. Jamás le confesó a nadie que, cuando estos acababan, en medio de la negrura súbita de la noche, más oscura y silenciosa aún si cabe después de tanto ruido y color brillante, se quedaba un rato con la mano en el pecho y los ojos cerrados esperando a comprobar si, después del espectáculo, su corazón era capaz de seguir latiendo por si mismo.

lunes, 22 de junio de 2015

El mañana también llega.


          Siempre dejaba para mañana cualquier cosa que hubiera que hacer hoy. O mejor, para pasado mañana. Le gustaba leer las noticias en periódicos atrasados y, salvo la sección de esquelas y los chistes, jamás leía un periódico del día. Opinaba que lo actual estaba demasiado sobrevalorado y que si se quería tener perspectiva había que leer las noticias cuando estas dejaban de serlo. El presente era muy vulgar y ruidoso para su gusto y solo leía libros que se hubieran escrito hacía 25 años, solo veía series que llevaran varias temporadas retiradas y solo disfrutaba con las películas que hacía tiempo dejaron de ser objeto de deseo y pasaron a ser objeto de culto. Por eso, cuando la muerte le pilló en medio de un café, sentado en un bar, se le quedó esa cara de asombro que reflejan las fotos del forense. Tal vez porque pensaba que la muerte también llegaría tres días tarde a su cita con él.

domingo, 21 de junio de 2015

La viuda.


                     Todos miraba de reojo a la viuda. Los hombres, en su mayoría, con deseo mal disimulado, y las mujeres con envidia mal contenida. Hasta el sacerdote, de natural más comedido, tenía un cierto brillo extraño en los ojos cada vez que la miraba. Pero ella parecía no enterarse de nada. Permanecía allí, callada, con los ojos enrojecidos pero secos, manteniendo la cabeza gacha la mayor parte del tiempo y alzándola solo para responder a los saludos y al pésame que le daba alguien de vez en cuando. El pueblo entero pensaba que estaba destrozada, y lo estaba. Pero no por el dolor de la pérdida de su marido sino porque, al rebuscar entre sus papeles en busca de sus últimas voluntades, encontró una caja bien cerrada llena de apasionadas cartas de amor y ninguna había sido escrita por ella. Se preguntaba cuál de todas la mujeres que le daban el pésame era quien había sentido ese amor tan pasional por él. Era incapaz de aceptar que, en el fondo, hacía tiempo que ellos habían dejado de ser amantes para ser buenos amigos que compartían gastos y vida. Y ahora él estaba muerto. No pudo evitar sonreír con disimulo. Prefería ser viuda y no divorciada. Al menos, ese cabrón tuvo la decencia de morirse antes, pensaba mientras respondía maquinalmente a los saludos de pésame que, ordenadamente, le iba dando todo el pueblo.

Oportunidades.


                  Siempre que veía alguna serie de televisión donde se hablaba de segundas oportunidades se le llenaban los ojos de lágrimas. Se preguntaba dónde había estado la de él, qué hizo, si es que la tuvo, para no enterarse de que esa, precisamente esa, había sido su segunda oportunidad. Él, como la vida, creía en las segundas oportunidades, pero se preguntaba a diario si la vida creería en las terceras oportunidades y si él la merecería. 

viernes, 19 de junio de 2015

La florista.


            Cuando encontraron muerta a la florista del cementerio sentada delante de su puesto, nadie supo explicar cómo había ocurrido. Anabel era parte del paisaje en ese cementerio. Era como los cipreses de la entrada, como la cruz de hierro pintada de verde que lo presidía o como la veleta en forma de ángel que coronaba su torre. Llevaba allí desde siempre. De hecho, vivía en la caravana que le servía de puesto de venta, delante de la que, cada mañana, ponía los enormes cubos de goma negra llenos de flores y las dos coronas que tenía siempre preparadas para su venta. Si no hubiera sido porque una de las coronas estaba mustia, y ella jamás lo hubiera permitido, nadie se hubiera percatado de que estaba muerta. 
              Anabel no tenía familia. Al menos, nadie le recordaba ninguna. Cuando llegó al pueblo aparcó donde mismo tenía esta mañana la caravana que sustituyó al furgón, que  a su vez sustituyó a esa vieja furgoneta en la que llegó al pueblo la víspera del día de difuntos de hace cincuenta años y de la que sacó apenas dos baldes con unos ramos de crisantemos. Su medio de transporte había evolucionado al mismo nivel en que lo hacía su negocio. Y hoy estaba muerta justo en ese mismo sitio, sentada en su vieja silla de playa, cubierta con el mismo sombrero que llevaba desde hacía años. La noticia corrió por el pueblo como la pólvora. Todos se extrañaban de su muerte. Tal vez porque la consideraban ya una parte  de sus vidas. 
               Su duelo fue el más multitudinario del pueblo en muchos años. Todos querían comprobar que, de verdad, era ella la del féretro. Todos querían, de alguna manera, presentar sus respetos a quien puso tanto mimo en hacer los ramos mortuorios de los duelos de los últimos cincuenta años. La mañana de su entierro llegó al pueblo una chica joven manejando un viejo ciclomotor. Nadie la conocía, pero abrió la caravana de Anabel con sus propias llaves y en seguida se puso a confeccionar la corona más grande y hermosa que nunca se había visto en un entierro en toda la comarca. Ni siquiera la de Don Julián, el mayor terrateniente de la zona. Ni tampoco la que adornaba el ataúd de Don Pedro, el alcalde durante tantos años. Nadie le preguntó nada. En el fondo, tampoco lo hicieron cuando llegó Anabel, medio siglo atrás, para ser una parte más del paisaje del pueblo.

jueves, 18 de junio de 2015

Amores de cine.


                     Nunca se había casado porque le encantaba el cine. Lo había intentado varias veces, pero siempre tropezaba con la misma piedra: él, cuando llegaba a casa, quería cenar en silencio, saborear un buen vino y ver una película con la devoción de un acólito en misa, y ellas querían hablar y hablar, con esa cháchara insoportable que parecía que nunca se terminaba. Aquello estaba destinado al fracaso. Por eso había renunciado al amor y a la compañía de una pareja. ¿Quién necesitaba a una mujer de carne y hueso que no paraba de contar los chismes de sus amigas, si disponía de toda una galaxia de mujeres de celuloide, con historias excitantes, a las que amar en silencio? 

miércoles, 17 de junio de 2015

El malo de la película.


                Desde pequeño se identificaba más con el malo de la película que con el héroe que cabalgaba solitario a la luz de la luna y se llevaba la dama al final. Nunca supo explicar la razón que le impulsaba a admirar al villano en vez de, como todos sus amigos de entonces, desear ser el bueno de la historia. Mientras ellos deseaban ser el detective duro y guapo de las pelis de Hollywood, él defendía la figura del ganster que acababa acribillado a tiros justo antes del final del cuento. Insistía en que el héroe brillaba más cuanto peor fuera el villano. Por eso estaba seguro de que nadie se sorprendería si cualquier mañana aparecía cosido a tiros en la calle disfrazado de Joker, su villano favorito. Mientras, sigue practicando las muecas siniestras que trata de perfeccionar desde que descubrió que, ser el malo, no era tan malo.

martes, 16 de junio de 2015

Elogio a la mentira.





                 Sergio era el embaucador que iba de pueblo en pueblo en un carromato y vendía el famoso elixir del Dr. Morgan con el que sanaba todos los males del alma. Aliviaba los desamores, hacia ricos a los pobres y más ricos a los ya ricos, curaba a los enfermos y evitaba que los sanos enfermaran. Antes, adivinaba el futuro a quien se lo pedía o asustaba con su pasado a quien ya venía asustado con él. Todos decían de Sergio: "¡Qué hombre más sabio! Deberías consultarle, seguro que  tiene la solución a tu problema" Y acudían a él como corderos, como en el pasado iban a ver al oráculo o al santón de turno para que  obrara su magia y les mintiera diciéndoles aquello que ellos querían -o temían- oír. Sin duda era muy popular: le invitaban a fiestas y a copas hasta que un día se cansó de encontrarse en medio de tanta invención, de tanta falsedad, de tanta cena sin hambre, de tanta copa sin sed... Y cuando dejó de ser el embaucador del carromato pasó a ser la voz que clamaba en el desierto. Ahora siguen a otro augur que acaba de llegar al pueblo. Lleva un carromato parecido al que él llevaba entonces. Vende un elixir que dice que lo cura todo: desde la depresión hasta la impotencia, desde la crisis económica hasta la calvicie. Y al parecer tiene gran éxito. Lo invitan a copas y a cenar. Y a Sergio no le dejan acercarse al pueblo. La verdad, amigos, es un mal negocio.
                Salvo que te guste comer bichos y vestirte con piel de cabra y dar gritos que nadie oirá jamás en el desierto.


domingo, 14 de junio de 2015

Amigos de facebook.


                     Se había creado una identidad falsa en las redes sociales para poder conversar consigo misma. A veces le llegaban solicitudes de amistad a su perfil real, pero jamás las aceptaba. Sin embargo, en su identidad alternativa era la persona más popular de su entorno. Tenía casi 5000 amigos y cada día aceptaba decenas de solicitudes, pero en su perfil real apenas tenía media docena de enlazados y sólo compartía cosas de su alter ego. Sus amigas empezaron a cuchichear a su espalda comentando esa amistad tan especial que tenían y hasta ella acabó convencida de que Ramón, su creación virtual, era real. Tanto, que acabó enamorada de él y ya no solo chateaba consigo misma sino que dejó de salir con otras personas. Hoy llegó profundamente deprimida al trabajo. Había roto con Ramón, admitió ante la insistencia de sus amigas por saber qué le ocurría. Al parecer, este se había puesto celoso de una nueva amistad que ahora tenía, Mario, y le dijo que tenía que elegir entre uno u otro, y eligió a Mario. Ramón estaba bien, pero Mario era tan perfecto, que estaba segura de que jamás podría inventarse otro amigo virtual tan completo y compatible como él. Claro que eso no se lo podía confesar ni a sus amigas ni a Ramón. A nadie le interesaba su vida privada. 

sábado, 13 de junio de 2015

Roscas.


                    Aquel verano se envició con las roscas. Porque para él eran roscas por más que en el paquete pusiera "palomitas de maíz". Las comía a diario, continuamente, con un apetito rayano en la ansiedad. Fue el verano en que, con la pierna rota por tres lados por un accidente de moto, no pudo salir de casa. Se envició con las roscas y con el cine de terror, y cuando al acabar el verano su pierna había sanado, las roscas, la escayola y los maratones de cine de terror quedaron relegados al olvido en el mismo cajón de la memoria. Hace unos días leyó la noticia de que Cristopher Lee, el mejor Drácula de todos los tiempos según él, había muerto. Este fin de semana ha cancelado todos sus compromisos y se ha encerrado en casa con un montón de películas de terror, de las clásicas, en blanco y negro, de aquellas que en su infancia le asustaron y en su juventud le enviciaron con las roscas. Se ha encerrado a solas y ha empezado a comerlas de nuevo de manera ávida, casi compulsiva, mientras veía, una detrás de otra, aquellas mismas pelis. Y hasta podría jurar que aquella pierna rota y curada treinta años atrás, le ha vuelto a doler como entonces. Era su personal manera de despedir a un mito.

viernes, 12 de junio de 2015

Beso a beso.


                 Pidió una copa. No solía beber, pero hoy necesitaba algo fuerte y cálido bajando por su gaznate, corriendo por sus venas, calmando sus nervios. Luego se pidió otra. Y después otra y otra más. Ya no sabe cuántas ha pedido, pero sabe que, ahora, por fin, ya tiene el valor de acercarse y decírselo. Sí, se acercaría y le diría: cariño, lo siento, la culpa la tuvieron Paloma San Basilio, su "Beso a beso...dulcemente", y el karaoke del hotel. Yo era feliz hasta entonces. O tal vez no, cariño, pero al menos, no lo sabía. O quizá sí lo sabía y no me había dando cuenta hasta que oí a aquella mujer cantando aquello de: 
            "Te acercas tan despacio que casi me impaciento. 
            Me quemas con tus manos, me abrazas con tu aliento.
            Amor de horas ocultas, bendito amor secreto.   
            Mi cuerpo te desea..."
           Y me pregunté cuánto tiempo hace que no me sentía así, amada, entregada, loca de pasión. Te soy sincera, amor, no sé si alguna vez he sentido eso contigo. Y luego pasó lo que pasó, era inevitable: empecé a pensar y a vernos como si mirara a otra pareja diferente. Y no me gustó lo que vi. Por eso estoy aquí, bebiendo sin parar aunque yo, en realidad, no bebo nunca. Tratando de reunir el valor suficiente para acercarme a ti esta noche y en vez de decirte "claro, claro" cuando me preguntes si te quiero, hoy, borracha pero honesta, te pueda decir que no.

miércoles, 10 de junio de 2015

Memorizando


                    Curiosamente el amor le llevó a sentir el mayor de los odios. Odiaba, sobre todo, su cobardía, y ese odio aumentaba en la misma proporción en que lo hacía el deseo de susurrarle que la amaba, que solo se sentía vivo cuando rozaba su cuerpo aunque fuera de manera fugaz, que solo se sentía despierto cuando soñaba con ella, que solo se sentía animado cuando la observaba en silencio tratando de aprenderse de memoria cada lunar de su cuerpo, cada centímetro de su piel, cada inflexión de su voz, cada mueca de su cara, cada tic de sus manos. Necesitaba aprendérsela de memoria para luego, en las noches vacías de sueño, llenarlas con el dolor y la alegría que le producía su recuerdo.

martes, 9 de junio de 2015

Un cuarto de siglo.


                  Se paró delante de su puerta. Lo hacía a diario desde que la vio a la salida del supermercado y la siguió hasta allí. Estaba seguro de que era ella, su primera novia, pero no se atrevía a acercarse y saludarla para preguntárselo. No tanto por si resultaba que se equivocaba como por si, al final, era ella de verdad. ¿Qué le diría? ¿Qué le podría decir que no sonara estúpido, humillante o banal? No se le ocurría nada y por eso solo se quedaba mirando la puerta de su casa con la esperanza de verla de nuevo mientras recordaba el último día que habló con ella. O mejor, que la escuchó en silencio, con los ojos arrasados de lágrimas y un nudo en la garganta que le impedía decir palabra mientras ella le daba las razones por las que quería romper con él, al menos temporalmente, hasta que acabara su carrera en una Universidad madrileña. De eso hacía ya un cuarto de siglo. A él le gustaba decirlo así: un cuarto de siglo, en vez de veinticinco años. Sentía que, de esa manera, lograba distanciarse más de ese momento. Por eso, cuando Tere se acercó a su lado sin que él la viera llegar y le preguntó si él era Antonio, le contestó que no, que se equivocaba, y aunque lo hizo sin mirarle a los ojos, trató de poner el énfasis necesario en su voz para convencerla. Porque, como se dijo a sí mismo cuando la vio alejarse con la extrañeza reflejada en la cara, veinticinco años es todo un cuarto de siglo.

lunes, 8 de junio de 2015

Esperas.


                Aquel final de primavera estaba siendo inusualmente frío y oscuro y eso le estaba pasando factura. Se sentía triste, desganado, cansado a todas horas. Necesitaba algo que le hiciera reaccionar, que le devolviera las ganas de hacer cosas, de salir a la calle, de vivir. Necesitaba amor en su vida, pero desde que Elvira se había ido diciendo aquello de "necesito que nos demos un tiempo para reflexionar hacia dónde va nuestra relación", el frío y la soledad se habían asentado en su vida. Él ya sabía hacia dónde iba su relación: a la puta mierda. Hacía tiempo que "su relación", como ella decía, no era sino un espejismo, pero ambos se negaban a reconocer. Era como el regusto amargo que deja en la boca el café cuando se toma según los cánones: empieza siendo agradable y acaba siendo un recuerdo ácido. Y ahora solo siente frío cuando llega a casa. A pesar de que el verano esté solo a dos semanas o de que esté viviendo en la zona más cálida de la isla. Por eso se sienta frente al teléfono esperando que suene y entra en su correo electrónico cada media hora con la esperanza de que Elvira hubiera mandado algún mensaje que le diga si ya ha reflexionado sobre el sentido de esa relación sin sentido desde hacía tanto tiempo, o se asoma a cada rato a la ventana para ver si, entre tanto nubarrón negro, sale -aunque sea tímidamente- un rayo de sol que le de alguna esperanza.

domingo, 7 de junio de 2015

El cambio.

Longines Aviator.

               Antes, cuando paseaba, se paraba en los escaparates de las joyerías o de las peleterías. Fantaseaba con qué reloj se iba a comprar,  con qué pluma estrenaría ese mes o con aquel zapato de marca que lucía tan bien en el escaparate y que luciría mejor en sus pies. Luego llegó la crisis y se llevó todos esos sueños, todas esas fantasías, todas sus ilusiones. Ahora, cuando sale por las tardes a tomar el aire, en vez de en las joyerías, se para en todos los supermercados que encuentra a su paso y analiza sus ofertas para saber dónde está la leche de oferta, en qué sitio venden más panes por un euro o en cual está más barato el aceite. Solo vuelve a imaginarse llevando relojes de lujo, luciendo plumas de diseño o calzando zapatos de marca cuando, en vez de pesadillas que anuncian la miseria más completa, tiene sueños en los que vuelven los buenos viejos tiempos.

sábado, 6 de junio de 2015

Viejas glorias.


                    Se sentaba en un banco del parque de su barrio para dejar que la vida pasara sin estridencias. A veces se quedaba dormido bajo un viejo álamo donde los pájaros hacían sus nidos y soñaba con su pasado, cuando en vez de pasar los días en soledad y al raso, tenía una cohorte de seguidores que lo invitaban a todo y a más, cuando la gente no rehuía su mirada sino que decían con admiración: mira, ahí va Pedro "El León", el boxeador. Entonces se pasaba horas en el gimnasio haciendo guantes con su sombra, pegando al saco o tumbando a su esparring. Ahora solo hace guantes con la vida, y esta siempre lo noquea. Por eso se sienta en el banco de su parque a verla pasar. A las viejas glorias solo les dignifica la muerte.

viernes, 5 de junio de 2015

Opinadores y opinados.



Durante el último mes había cambiado la cervecita terracera por el café. Un café denso, amargo y cortito, como algunos de esos políticos que se empeñaban en vestirse con el vistoso ropaje de representantes populares y que, en su opinión, solo se coronaban como los más tontos y rastreros del patio. Tal vez fuera el pelotazo de cafeína o el exceso de mensajes salvíficos y reivindicativos de "defensa de lo de todos" y que en el fondo no era más que una nueva versión del antiguo  "¿y de lo mío, qué?". O quizá fuera la lectura de lo que se autodenominaba "la prensa seria", donde unos pseudointelectuales que, al parecer, sabían absolutamente todo de absolutamente cualquier tema, pontificaban a favor o en contra de lo que fuera con las mismas razones en uno u otro caso.  El caso es que él solo había sacado en claro una cosa, que el café produce menos úlceras de estómago que la estupidez y la mezquindad humana.

jueves, 4 de junio de 2015

El guardián de los secretos.


                      Siempre quiso dar a conocer la verdad, la suya, claro. Cada cual tiene una verdad y esa es la única verdad para cada uno. Quería que esa verdad saliera a la luz, pero solo cuando ninguno de los implicados en la historia estuviera vivo. O al menos cuando no lo estuviera él mismo. Tal vez fuera cobarde, se decía, pero odiaba las polémicas que acompañaban a la verdad oculta cuando sale a luz. A la verdad y a cualquier cosa que no fuera el asentimiento servil ante la versión oficial, más cómoda. Sentía que era algo así como un guardián de los secretos aunque creyera que había que dar a conocer la verdad, incluso cuando esta ya solo sirviera para restablecer algún honor mancillado o rebajar los elogios que acompañan a mucha gente durante su vida. Por eso, en vez de la socorrida carta de despedida lastimera, dejó junto a su cuerpo ahorcado una carta para el juez donde decía todo lo que sabía sobre todo el mundo y que tanto le pesaba en su alma. Él ya no estaría aquí para sufrir las polémicas que iba a desatar y no creía en otros mundos o vidas ulteriores, así que nadie, nunca, se lo podría reprochar. ¿Cobarde? Puede que sí, se decía, pero vivir con esos secretos era, para él, peor que morir de una vez por todas y, tal vez, descansar por fin.

miércoles, 3 de junio de 2015

Contabilizando la vida.


Llevaba su vida como si fuera el libro Mayor de cualquier empresa, anotando lo que le ocurría en el debe o en el haber según su criterio, pero por más balances que hacía su vida no acababa de cuadrar. Nadie le explicó que, en la vida como en la contabilidad, hay una gran diferencia entre lo que hay y lo que debe haber.

martes, 2 de junio de 2015

Vigas y pajas.


                       Tendría que haberme dado cuenta mucho antes, pero no, no lo vi. Fue como si, sabedor de lo que me esperaba, lo que me destruía por dentro, me anestesiara al mismo tiempo de una manera sutil. Lo justo para permanecer alerta pero sin que llegara a enterarme del todo de lo que me estaba pasando. Es simple: me muero. Físicamente no, al menos, no de  momento. Esa hasta sería una muerte liberadora. No, la mía es una muerte intelectual. La más cruel para mi. ¿Cómo no me di cuenta, cómo? Sí, es verdad que ha avanzado muy lentamente, pero hay cosas, detalles reveladores, y tendría que haberme enterado antes. Igual que, aunque no me de cuenta de que la tierra gira sobre su eje y alrededor del Sol, no dejo de notar por ello los días, las noches y las estaciones. Pero no lo vi. ¿Cómo es que no lo vi, cómo? Es como no darse cuenta de que el invierno llegó y seguir saliendo en mangas cortas y chanclas de goma. Yo, que he sido testigo de los inviernos mentales de algunos amigos, tendría que haber notado que esta escarcha que hoy hiela mi cerebro es la que anuncia ese invierno para mi. Solo que, después del invierno, siempre viene la promesa de una primavera renovadora. Sin embargo para mi esta es una glaciación fatal que avanza poco a poco matando mi mente. Lo sé bien. Lo he visto antes y es terrible comprobar cómo se va apagando el fuego de las ideas, de las genialidades, para dejar paso a una estepa gélida donde nada sobrevive. Tenía que haberme dado cuenta de que el siguiente era yo, pero de tanto ver la paja en otros ojos, no vi la viga en el mío.

lunes, 1 de junio de 2015

Soledad urbana.

          

                    Yendo a casa siempre seguía el mismo ritual: miraba a un lado y al otro esperando encontrar algún rostro conocido o amable entre los que pasaban por la calle, nadie. Luego abría el buzón por si había alguna carta, una nota o algo, pero nada. Por fin, ya en su piso, encendía la luz del pasillo y escuchaba el contestador del teléfono con la esperanza de que alguien se hubiera acordado de él. Le hubiera consolado que alguien hubiera llamado aunque fuera por error o para venderle algo, incluso hasta para que se cambiara de compañía de teléfono, pero nadie había dejado ningún recado ni había marcado su número de teléfono. La cena fría, la tele con ese sonido ahogado, que en vez de hacerle compañía resaltaba la soledad en la que vivía, la luz del pasillo, amarillenta y tenue, eternamente encendida, acentuaban esa sensación de abandono que le ahogaba y le dejaba a veces si poder respirar aunque abriera las ventanas de par en par. Claro que enseguida las cerraba aturdido por los ruidos que le llegaban del propio edificio. Ruidos de gente hablando, de niños jugando, de mujeres riendo despreocupadamente mientras preparaban la cena, de algún aparato de música que dejaba escapar melodías que, en vez de alegrarle el corazón, lo sumían más aún en una profunda depresión y tristeza porque hacían que el silencio y la soledad de su casa, de toda su vida, se hicieran más evidentes. Le costaba admitirlo pero tuvo que rendirse a la evidencia: estaba solo y no le importaba absolutamente a nadie. 
                  Una  noche cualquiera en la ciudad.