jueves, 27 de agosto de 2015

La ventana.


                         Llevaba años madrugando para poder asomarse a la ventana de su apartamento. Tal vez ambas cosas fueran una osadía: llamar apartamento a aquel cuchitril y llamar ventana a aquel agujero mal cuadrado, escasamente de un metro, que estaba al fondo. Pero si algo había aprendido de la vida es que solemos ver  las cosas como las llamamos. No le importaba sacrificar una hora de sueño para poder disfrutar en soledad y en silencio del aire limpio del amanecer. Era su momento. Allí, medio encajonado en su ventana, veía las luces de las otras casas encenderse y apagarse, olía el rocío que refrescaba las calles, oía a algún niño llorar y, de vez en cuando miraba hacia el trocito de cielo que podía verse entre tanto edificio sucio, tanto cableado y tanta antena. Se sentía como un espectador privilegiado en un palco casi único, allí, en su ventana. Podía ver como ese cielo iba cambiando de color pasando de un negro humo a un rojo desvaído hasta que, poco a poco, el celeste de la mañana ganaba la partida. Hoy también va a hacer mucho calor, pensó suspirando mientras cerraba su ventana para dejar de oír de una dichosa vez a ese niño que no paraba de llorar. 

miércoles, 26 de agosto de 2015

El cliente.


                Sabía que ese tipo me iba a causar problemas prácticamente desde el primer momento en el que lo vi. No es que hiciera nada extraño ni que se comportara de manera diferente a la de los otros clientes habituales, pero créanme, veinte años de barman hacen que desarrolles un olfato especial para adivinar estas cosas. Tal vez fuera su ropa  o quizá la hora en la que venía, cercana al cierre, o ese casi infalible whisky de malta, sin hielo por favor. O tal vez fuera la manera obsesiva en la que miraba el vaso, girándolo lentamente mientras bebía en silencio sentado en la esquina más alejada de la barra. Sí, definitivamente aquel tipo iba a ser problemático.
                 De vez en cuando alzaba la mirada y con un simple gesto me pedía que le sirviera otro. Luego, nada más. Volvía a su ritual. A beber en silencio y a darle vueltas lentamente a su vaso. Me recordaba a un personaje de Murakami y yo odio a Murakami. Tal vez por eso tampoco me gustaba ese tipo. Cuando el encargado empezaba a apagar las primeras luces del fondo del local, se levantaba y casi en el mismo silencio pedía la cuenta, pagaba, dejaba su propina y sin mediar más palabras de las necesarias se marchaba dejando tras de si una estela sutil mezcla de soledad y un perfume que aún no he llegado a identificar. Decididamente este tipo me va a dar más de un problema. ¿Quién acude solo a un bar de lujo a beber, pide un whisky caro, se sienta en una esquina de la barra noche tras noche y no le cuenta su vida al barman? ¿Entonces para qué estoy yo aquí, solo para servirle copas? No, este es un tipo problemático, seguro. Me lo dice mi instinto.

martes, 25 de agosto de 2015

Septiembre.


                              Cada mes de septiembre recorría las pocas librerías que iban quedando en su ciudad y compraba un juego completo de libros de sexto de primaria, libretas de rayas y de cuadros, lápices de colores, lápices  HB, un afilador, tres gomas Milán blancas, seis bolis azules, un estuche, una regla y una mochila. Luego, en su casa, los olía con los ojos cerrados. Era la única manera que tenía de volver a aquellos años en los que, septiembre, no era solamente el noveno mes del calendario sino el mes de la ilusión por estrenar material y ropa, aunque esta fuera el aburrido uniforme. En su cuarto secreto, abajo, en el sótano, se apilaban los libros de los últimos quince años. A veces le remordía la conciencia. Sobre todo cuando pensaba que, tal vez hubiera debido donarlos a alguna familia que no pudiera pagar el material escolar. Pero solo pensarlo hacía que se le abrieran las carnes. Era como si, con esos libros, lápices, libretas y gomas les diera también un trocito de su alma y de sus recuerdos, cada vez más difuminados y lejanos.

domingo, 23 de agosto de 2015

The show must go on.


                 Odiaba a su público. Los odiaba visceralmente, los despreciaba. Eran una pandilla de borrachos incultos que se reían por contagio sin entender realmente el trasfondo de su humor. Venían a su espectáculo, bebían, se reían, bebían, aplaudían, y seguían bebiendo porque, vaya usted a saber por qué, él era ahora el humorista de moda y era casi imprescindible twittear su última gracia aunque no la entendieran o, mejor aún, hacerse un selfie con el escenario como fondo. Eran como las hojas secas que el viento arrastraba y que iban o venían de aquí para allá sin voluntad propia. Ellos eran igual. Seguían o no a este o a aquél artista según los gurús de las tendencias lo encumbraran o lo sumieran en el olvido. Por eso sentía hacia ellos ese profundo desprecio y ese asco que le revolvía las tripas cada vez que se subía al escenario y veía sus caras de hipócritas babeando medio borrachos y aplaudiendo sin que hubiera dicho ni una sola gracia.. Bueno, ya era hora de empezar el show de esa noche.
               -¡Buenas noches amigas y amigos! Gracias por estar aquí. Son ustedes el mejor público que nadie pueda desear. Los adoro. En realidad me recuerdan a mi suegra cuando nos tropezamos a media noche yendo al baño a orinar y me dice con su voz metálica: no dejes el suelo lleno de gotitas, a ver si apuntas bien, que ya tienes edad. ¡Adorable mujer! 

jueves, 20 de agosto de 2015

Lazos.


                   La primera vez que alguien le cedió el asiento en un banco y le llamó abuelo se sintió profundamente indignado y ofendido. ¡Pero qué se creía esa niñata! ¡Cómo demonios se atrevía! La ira, la misma que le impulsaba a decirle mil cosas y ninguna de ellas era un elogio, le impidió reaccionar dejándole mudo. ¿Abuelo él? Pero en qué estaba pensando aquella mocosa. Hoy, sentado en un banco parecido en Triana, rodeado de lo que para él sí que eran ancianos, se siente de repente un anciano más entre ellos. No entiende cómo la vida se le ha podido escapar de entre las manos. Ayer por la tarde era un profesional cualificado y esta mañana es un vejete más sentado entre otros vejetes en un banco de la calle, hurgando entre sus recuerdos y buscando en los que pasan delante de él una cara conocida, un gesto familiar, algo o a alguien que le haga sentir que sus lazos con la vida no están rotos del todo. A veces, para estar muerto, no hace falta que el corazón deje de latir.

lunes, 17 de agosto de 2015

Al final todo se sabe.


                 Hacía tiempo que no descansaba así, tan plácidamente, sin que ninguna preocupación se reflejara en mi rostro. ¡Joder, si se me veía feliz! Casi con una sonrisa reflejada en mi cara, ajeno a todo el barullo que había de fondo. Si llego a saber que morirse es esto, no me hubiera pegado tantos años luchando por vivir, apegándome a una vida absurda en la que, en el fondo, nunca obtuve nada más que promesas vacías de realidades y que siempre estuvo llena de noches en las que el miedo a esto mismo, a morirme, me mantuvo en vilo, angustiado, despierto, atento a si mi corazón latía más fuerte que de costumbre o más rápido de lo debido, obsesionado con el pulso o la tensión arterial. Qué estúpido fui. Y mírame ahora: relajado, descansado, feliz, dormido, sin ninguna preocupación, sin ninguna angustia que me torture... Siempre fui un poco estúpido, pero nunca me di tanta cuenta de ello como hasta hace una hora, cuando el médico dijo las palabras que tanto temí oír pero que, sin embargo, fueron las que acabaron liberándome de mis ataduras y de mis miedos: confirmo exitus a las 22:45 de hoy.

viernes, 14 de agosto de 2015

Trabajos manuales.


                              De pequeño una veces quería ser carpintero, otras, albañil o fontanero. Sentía una fascinación por esos hombres de manos encallecidas, rudos que siempre estaban de buen humor y que sacaban de sus cajas un montón de herramientas que yo no había visto nunca. Eran como magos que en vez de capa llevaran un mono azul añil algo manchado y en vez de varita empuñaran un mazo, una llave inglesa o un formón bien afilado y que, del caos, lograran sacar algo bueno. Yo me fijaba en cómo los miraban las chicas del servicio y me daban envidia. Quería que, algún día, alguna chica, me mirara a mi igual. Aunque, la verdad, no supiera ni por qué ni para qué. Con ocho años los deseos sexuales son solo deseos. Luego, una educación clasista se empeñó en sembrar en mi mente la idea de que el mundo se dividía entre "ellos" y "nosotros", entre los que llevaban mono azul añil para trabajar y las manos encallecidas y sucias, y los que vestíamos trajes de calidad con corbatas de seda y nos perfumábamos con sutileza. También nos mintieron en cómo nos mirarían las chicas. Con el tiempo descubrí que lo que ellos decían que sería amor y deseo, la mayoría de las veces no pasó de ser un ejercicio mental de cálculo comercial.
                       Hoy me he apuntado a unas clases de carpintería. Van más acorde con mi carácter que las de fontanería o las de peón albañil. Puede que sea el más tonto de la clase para todos pero yo sé algo que ellos no saben: lo que voy a ligar con mi mono azul añil.

jueves, 13 de agosto de 2015

Wanted...


                 De vez en cuando cogía un par de mudas de ropa, dos o tres libros, unas cuantas libretas de esas de esas de tapa dura y negra, de las que se cierran con una goma ancha, algo de dinero, lo metía todo en una mochila, cogía el primer tren que saliera de la estación y desaparecía sin decir nada a nadie durante una par de meses al menos. El lugar de destino no era lo que le importaba. De hecho, nunca preguntaba hacia dónde partía. Sabía que, al fin y al cabo, ese solo sería el primero de otros muchos que iría cogiendo en las próximas semanas. Lo primordial para él era el viaje en sí y la gente que iría conociendo durante el mismo. En realidad solo estaba seguro de dos cosas en la vida. Una era que las historias más interesantes no se encontraban en los libros sino en la vida de la gente normal y que para poder disfrutarlas tenía que ser testigo de lo que ocurría en ellas. La otra era que, en el fondo, solo fallaba lo que se planificaba con precisión. Al menos a él. La vida, la suya, era una sucesión de planes rotos que habían hecho de él quien era hoy. Por eso, cuando se sentía demasiado institucionalizado, demasiado idiotizado, desaparecía por un tiempo para buscarse a sí mismo en una vida carente de otros planes ni programas que no fueran vivir.

viernes, 7 de agosto de 2015

A un paso de ningún sitio.


                 Sabía que en algún momento tenía que dar el paso, que más pronto que tarde tendría que ir un poco más allá, que quedarse mirando cómo transcurría la vida de los demás no sería ya suficiente, que tendría que ser él quien pasara a ser el protagonista de una historia, de su historia. Lo sabía. Pero cada día seguía quedándose sentado en la sala de embarque, viendo como unos llegaban y otros partían, imaginándose sus vidas, recreando en su mente sus éxitos, sus fracasos, sus amores y desamores, las tristezas que les habían llevado a tomar la decisión de partir o las alegrías que encontrarían en el nuevo destino. Cada noche volvía a su casa con la maleta rebosando de vidas ajenas y con el corazón vacío de su propia vida convencido de que, en algún momento, tendría que dar el paso, que tal vez mañana debería ser él el que se subiera a ese avión y encontrar, en algún lugar, la pista de esa vida que perdió hace tiempo y que seguía buscando en las vidas de los demás.