martes, 20 de octubre de 2015

Pancho y la lluvia.


                       Los días de lluvia ponían triste al niño de la tienda de telas. Sus hermanas se reían de él. Para ellas era de lo más romántico mirar la lluvia caer tras la ventana del salón mientras suspiraban por un amor inexistente. Pero él no podía dejar de pensar que ahí fuera, seguramente mojándose y con frío, estaría su amigo Pancho, el viejo borrachito que se sentaba en los bancos del parque a ver pasar la vida entre trago y trago y a compartir su comida con las palomas. Seguramente las palomas y él eran los únicos seres vivos que se sentían cómodos con Pancho. El resto pasaba a su lado evitando hasta mirarlo, como si solo con posar su vista en él los fuera a contaminar con alguna enfermedad rara o, lo que al parecer era peor, con la pobreza. Para el niño, Pancho no era un pobre o un borracho. Era un tipo gracioso al que las palomas y algún gato, en vez de huir, se acercaban a hacerle compañía y él, a cambio, los alimentaba o jugaba con ellos. Por  eso no entendió el escándalo que se montó cuando dijo que él, de mayor, no quería trabajar en una tienda de telas sino ser como Pancho, libre y feliz. El niño de la tienda de telas no sabía aún que hay que tener cuidado con lo que se desea.

sábado, 17 de octubre de 2015

Veinticinco metros.



                         En la tienda de telas las horas pasan lentas durante las tardes de verano. El niño piensa a veces que es toda la vida la que transcurre a cámara lenta esas tardes. Los clientes suspiran al entrar en ella cuando notan el fresquito que da el enorme ventilador que cuelga del techo. Fuera, el calor lo derrite todo. Hasta el asfalto parece hecho de chicle de regaliz. Pero dentro de la tienda se está bien. La tienda es para el niño una especie de teatro, fresco y a la sombra, donde disfrutar de una obra genuina que solo se acaba cuando, en vez del telón, el hombre de la tienda de telas deja caer la persiana cada noche. La tienda está al lado de la playa y, a veces, se atreve a asomarse a pesar del calor. En las interminables tardes de verano, a la hora de la siesta, la calle está en silencio y solo muy de vez en cuando pasa, despistado, un coche lanzando destellos con su pintura brillante. El niño los mira embobado, hipnotizado por la fuerza de esos colores vivos, más vivos aún cuando el sol los acaricia: los rojos fuego, los azules cielo, el brillo señorial de los cromados junto al negro azabache, los granates o el azul marino, tan serio y formal, que en esas tardes de verano, cálidas y silenciosas, lucía menos serio y formal. Nadie camina por las calles en las tardes de verano a la hora de la siesta y desde la playa llega un olor a bronceador de coco y el sonido apagado de las risas de niños jugando.  Veinticinco metros separan la tienda de la playa pero bien pudieran ser veinticinco kilómetros. La playa es para los demás, para los que no tienen que estar como el niño, en la tienda. Él los mira pasar con envidia en los ojos. Ellos, sin embargo, ni se fijan en él al pasar. Los niños, sin que nadie se lo diga, saben que en ocasiones veinticinco metros es la distancia insalvable que separa dos universos.

jueves, 15 de octubre de 2015

Trasteros.


                            Hacía tiempo que no entraba en el trastero. No tenía razones para hacerlo, claro. Además, ¿no eran los trasteros esa especie de panteón donde se pudren todos aquellos trastos inútiles que nos resistimos a tirar? Pues eso. Qué iba a hacer él allí. Y ordenar un trastero era casi como poner al día los papeles de un muerto: un acto estéril, inútil, casi obsceno. Y total para qué. Si al poco iba a estar de nuevo inmerso en ese caos de manera inevitable. No, a los trasteros solo se debe entrar para enterrar algo en ellos o cuando la nostalgia apriete su nudo sobre nuestro cuello hasta casi asfixiarnos. Y hoy se sentía ahogado. Ahogado por los recuerdos. O tal vez por la necesidad de no olvidarlos. Para eso estaban los trasteros, ¿no? Para bucear de vez en cuando en ese mar negro y frío de los recuerdos, para entrar a saco en ellos como quien acude a una despensa bien surtida en plena hambruna. 
                           Y hoy estaba hambriento. es lo que tiene el paso del tiempo, que de vez en cuando te da un apetito voraz por recordar, por volver a ser, aunque sea de manera efímera, quien fuiste, por volver a sentir, aunque solo sea el regusto, aquellos amores que te ayudaron a andar por la vida justo diez minutos antes de que te dejaran clavado al suelo, mientras en tu cabeza suena, de nuevo, esa vieja melodía de los noventa donde un grupo que decían llamarse Guardianes del Amor cantaran aquello de "cuatro palabras: ya no te amo", y te das cuenta de repente del tiempo que hace que alguien te dijo esas mismas palabras al cerrar la puerta tras de sí.

domingo, 11 de octubre de 2015

Furtivos.


                     Buscaban portales abiertos y esquinas ocultas para besarse apasionadamente a salvo de miradas curiosas. Se citaban en cafeterías lujosas o en baretos de medio pelo para contarse sus deseos, confesarse sus temores y compartir sueños. No les importaba el lugar, solo la conversación. Se emocionaban cada vez que compartían deseos o se confesaban temores sin más límites que los que imponía la verdad y el tiempo, siempre escaso, que tenían para ello. Llevaban quince años juntos, pero les gustaba verse así, como dos novios furtivos. Ella aseguraba que de esa manera le podía confesar cosas que jamás le contaría si solo lo viera como su pareja, y él se enamoraba cada vez más de esa mujer amable, cálida y vulnerable, que parecía no tener nada que ver con la que, media hora más tarde, vería en su propia casa.

miércoles, 7 de octubre de 2015

Fruta averiada.


                     Le daba igual que todos se rieran de él cada vez que decía que quería ser futbolista. No entendía por qué lo miraban de esa manera tas displicente cuando lo veían vestido de corto y con un balón colgando de su red en el hombro. Tampoco entendió el comentario del entrenador cuando le dijo que su lugar en el equipo era el de utillero, no el de delantero. Cuando Dany se miraba al espejo no veía diferencia entre él mismo y los otros niños de su edad que se vestían cada domingo con la equipación del club. Eran los que han perdido la ilusión que brilla en la mirada de los niños los únicos capaces de verlo solo como un gordito con muletas y decir de él que era como la fruta averiada, que o la apartas de las sanas o las estropea.

martes, 6 de octubre de 2015

El intruso.


                         Se colaba en todas las celebraciones que podía. Incluso lo hacía en algunos duelos cuando no tenía ninguna boda o bautizo cercanos. Nadie se extrañaba de su presencia, eran muchos años de experiencia y sabía camuflarse entre los amigos o los dolidos. Nunca comía, bebía o lloraba más de la cuenta y sabía perfectamente cuándo llegar o marcharse para no despertar suspicacias. Llevaba preparadas media docena de excusas creíbles por si se diera el caso de ser descubierto, pero jamás reconocería que la única razón por la que lo hacía era porque solo en esos momentos se hacía la ilusión de tener familia y amigos y se olvidaba por un par de horas de que, en realidad, jamás tuvo a nadie por quien preocuparse o con quien celebrar nada. 

sábado, 3 de octubre de 2015

Amores adolescentes.


Todos le decían que si estaba loco, que qué tontería era esa de enamorarse, que no tenía edad para esas cosas. Nadie entendía que sintiera una emoción tan profunda cuando hablaban, que sintiera vértigo cuando la tenía cerca o que se sintiera morir desgarrado por dentro cuando se despedían. Nadie comprendía ese amor adolescente. Todos aseguraban que aquello era un capricho pueril y que, a los sesenta y tantos no se enamoraba uno como si apenas tuviera quince años. Pero él sabía que aquello que sentía era un amor tan profundo que llegaba a ser obsesivo. Siempre fue un hombre sensato, equilibrado, un hombre cabal, así que hizo lo que se esperaba de él y renunció a ser amado. Pero jamás pudo renunciar a amarla.

jueves, 1 de octubre de 2015

Bruto.


                           Tal vez sea el otoño, que no acaba de entrar, amor, o tal vez sea que ya nada me ata a una vida en la que no encuentro más aliciente que sentarme a la sombra y ver como pasan, lentamente, las horas del día, pero hoy me pesa hasta el aire que respiro. Con los ojos cerrados repaso las cicatrices con las que llego hasta aquí. Algunas son solo recuerdos en mi cuerpo de malos pasos, de viejas heridas. Otras, las del alma, sin embargo, siguen supurando debajo de esa coraza con la que no sé bien si trato de protegerme  del mundo o trato de protegerlo a él de mi. Bruto se acerca en silencio hasta donde estoy sentado. Me mira con esos ojos tan expresivos, tan humanos a pesar de ser un perro, y se echa a mi lado con un suspiro. Ambos nos miramos de reojo, ambos nos reconocemos como perros viejos y tranquilos, ansiosos de caricias y resignados a sobrevivir con las migajas de amor que se caen de la mesa. Sin duda él es más inteligente que yo. No creo que se preocupe tanto por lo que ayer hizo o dejó de hacer. Solo se sienta junto a quien sabe que, a veces por inercia, acabará acariciando su enorme cabezota marrón. Hoy me has dicho adiós sin pronunciar esa palabra que tanto evitamos. Tal vez tú misma aún no lo sepas, pero cada día que pase a partir de ahora nos iremos alejando casi sin darnos cuenta y como este otoño que no acaba de llegar, una mañana, al asomarme a la ventana, en vez del sol que hoy todavía calienta mis cicatrices, la lluvia y el frío vendrán a ocupar este espacio donde dejo pasar la vida con la esperanza de que algo nuevo suceda y lo cambie todo.