viernes, 30 de diciembre de 2016

Amores en espera.


Aquel amor murió antes de nacer
. Él, por no herir; ella, por no ser herida; ninguno osó dar el siguiente paso. No se atrevieron a decir la verdad y todo quedó en ese fuego de artificio que es flirteo, que retumba y deslumbra para desaparecer en medio de la noche sin dejar más rastro que un breve recuerdo y algo de ruido resonando en los oídos cuando ya nada suena en realidad.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Llegando al final.



                    Un ruido atronador, una llamarada fulgurante y después nada; solo cenizas calientes y una piedra al rojo vivo con un número para identificarlas. Eso es lo que quedará de mí cuando yo ya no sea yo sino un montón de carne muerta, solo materia inerte, un envoltorio vacío de contenido y de sentido. Y luego nada; silencio. Tal vez un vacío sin rencores ni envidias, sin pasiones o dolor, con la verdad desnuda y la eternidad -si es que ambas existen y no es otra gran mentira más- tan cerca de mí, que pudiera ser yo mismo.

lunes, 26 de diciembre de 2016

El fan.


                   Cada día miraba las noticias con un interés desmedido. No le interesaban ni los deportes ni la crónica política. Solo le interesaban las noticias de desastres; terremotos, inundaciones, guerras, matanzas... Los vecinos creían que era un fan incondicional de las telecomedias cuando escuchaban sus carcajadas a través de las paredes.

jueves, 22 de diciembre de 2016

La empaquetadora.



                    Fue un 24 de diciembre. Había ido a comprar un regalo y la tienda se ofreció a empaquetárselo. Iba con prisas pero cuando la vio, aceptó al instante. Llevaba tiempo cruzándose con ella en el portal de su edificio, sabía que se llamaba Yolanda y que vivía tan sola como él, aunque jamás habían cruzado más que los saludos protocolarios cuando compartían ascensor. Le hizo el mejor paquete de navidad de su vida. Sus manos iban y venían sobre el papel doblándolo, plagándolo, haciendo que el paquete, una caja de madera con tres botellas de vino, bailara al ritmo de sus manos como si fuera una pluma en el aire. Ella evitaba mirarle a la cara. Él, sin embargo, no podía quitar los ojos de la suya. Esa noche la esperó sentado en el portal, agarrado al paquete que le había hecho como un náufrago se agarra a un flotador en medio del mar. Cuando subieron en el ascensor hablaron del tiempo, de lo llenas que estaban las calles, de lo bonito que habían decorado el portal, con ese árbol tan grande e iluminado. Él llegó a su piso y lo pasó de largo. Ella se apartó de la puerta de su casa para dejarlo pasar. A nadie le gusta estar solo en nochebuena.

martes, 20 de diciembre de 2016

Una historia común.



                           La primera no la vi venir. Fue al poco de casarnos; un bofetón, fuerte, a mano abierta, que me dio justo en el oído derecho. No lo esperaba e hizo que cayera redonda en el sofá. Durante un buen rato solo oí un pitido y la cara me ardía. Luego, dejé de oír. El tímpano reventó. Mamá, tu abuela, me dijo que seguramente había sido un accidente, que era un buen hombre y que no le fuera a arruinar la vida por un bofetón mal dado, que seguramente lo habría provocado yo con mis boberías. Después fueron mis estudios. Cada tarde, a la vuelta de clase, me esperaba medio bebido y furioso del todo. Creía que tenía un amante, que si no, no se explicaba eso de querer estudiar. Mis libros de texto, mis cuadernos, el material de estudio y hasta La Dama de las Camelias y Madame Bovary, mis dos libros más queridos, ardieron juntos en la noche de San Juan. Ni mis súplicas ni mis lágrimas lograron extinguir aquel fuego infame. Tu abuela le dio la razón. Me dijo que para qué quería estudiar, que era una pérdida de tiempo y que una mujer decente y casada tenía que dedicar todo su tiempo a su casa y a su familia. Yo empecé a estar cada vez más triste y él a venir cada vez más tarde y más bebido. Al principio le recriminaba su actitud. Luego dejé de hacerlo. A nadie le gusta que le machaquen el cuerpo a puñetazos y patadas. Aunque lo cierto es que no necesitaba excusas para hacerlo. Recuerdo cuando me agarró del pelo y, con los ojos inyectados en sangre por la ira y el alcohol, me dijo muy bajito y al oído -al bueno, al que no me había reventado- que el día menos pensado acabaría conmigo, que si algo sobraba en este mundo eran zorras como yo. Ese fue el día que decidí alejarte de él. Ese fue el día en que "se le fue la mano", como le dijo a tu abuela. Fue ella la que le dijo a la policía que estaba conmigo cuando me "resbalé" y caí por las escaleras. Del palizón que me dio después no dijo nada. Sé que algún día leerás esta carta. Quien la guarda tiene instrucciones de no dártela hasta que seas mayor de edad. Pase lo que pase. Y ahora, hija, sé que me queda muy poco en este mundo. Ellos creen que no oigo, pero desde que estoy aquí, en la UVI, en coma, no me he perdido ninguna conversación, ninguna reprimenda de la abuela, ningún insulto de él. Ahora han decidido desconectarme y sé que mi cerebro, lo único que aún vive en mi cuerpo, no aguantará sin las máquinas que mantienen vivo al resto. No me importa, hija. Será lo mejor que me haya pasado en los últimos años aparte de tu nacimiento. Al fin podré descansar sin el miedo constate a tu padre. Incluso aquí, ahora, en coma, temo despertar y que me siga maltratando. No, lo mejor que me podría pasar es esto. Si es cierto, como leí cuando podía, que todo en este mundo es energía, mi último pensamiento, energía pura, será para ti y tú, ahí donde estás, segura y protegida, lo recibirás aunque no sepas qué es.Un último consejo: nunca te cases con un hombre pensando que tu amor lo hará cambiar. Te lo dice tu madre.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Lo correcto y la cortesía.



                       Cuando la miraba daría lo que fuera por poder dar marcha atrás en la vida hasta el preciso instante en que ambos se conocieron y así rectificar tantos errores y atreverse a decirle aquella verdad que siempre murió en sus labios antes de llegar a sus oídos, y sabía que ella lo sabía. Pero en vez de eso, pasaban el tiempo que estaban juntos hablando de si este o aquel amigo había envejecido mal o de la última teoría de los conspiranoicos que había salido en la televisión. En realidad, quisiera poder para el tiempo, quedarse eternamente mirando sus ojos, tan brillantes, tan cambiantes de color según su humor, o su boca, con esos labios carnosos que siempre había soñado besar; pero sabía que la cortesía exigía que desviara la mirada y así lo hacía. Cuando se marchaban, cada uno por su lado, dejando entre ellos un nimbo de tensión erótica jamás resuelta, se prometía que el próximo día reuniría el valor para mandar la cortesía a la mierda y, por una vez en su vida, aunque solo fuera una vez, daría de lado lo correcto y haría lo que se moría por hacer desde que, una tarde de otoño, al conocerla, su vida encontró razón de ser.

martes, 13 de diciembre de 2016

La carta.


                   Al principio salía varias veces para comprobar si le había llegado correo. Luego, acechaba al cartero detrás de la mirilla para salir a preguntarle si no había traído carta para ella. Al tiempo, solo abría el buzón cuando la publicidad lo desbordaba y un día, frustrada, acabó quitándolo del portal. "Te escribiré cada día", le dijo después de darle un beso cuando se marchó con dos vaqueros, tres camisas, media docena de calcetines, calzoncillos para una semana, una novela de asesinatos y su corazón, enamorado y roto, dentro de la maleta.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Ana.


                       Mientras se dirige a su dormitorio va lanzando a un lado y a otro su ropa: los zapatos de tacón de Jimmy Choo en el recibidor, el bolso de Prada en el salón, el vestido de Balenciaga en el pasillo, el reloj de Bvlgari junto a su cama. Ya lo recogerá mañana la chica del servicio. Le gustaba hacer eso. Demostraba que, a pesar de vestir una fortuna, la trataba con el desprecio de quien lleva ropa de mercadillo. La hacía sentirse más rica y poderosa aún. Allí, en su habitación, desnuda frente al espejo -eso de llevar ropa interior está demodé- observa su cuerpo. Para ser una mujer de cincuenta años estoy perfecta, piensa. Mis tetas aún están en su sitio y conservo ese aire aniñado que tanto excita a los hombres cuando me ven desnuda por primera vez. Eso nunca me falla. Sé lo que digo. Saca de ellos su lado más perverso, los deseos que nunca confiensan y los vuelve locos. Con una mano se acaricia el vientre plano y con la otra las nalgas, duras y redondas, con ese toque de tersura que solo una genética privilegiada o un buen gimnasio y unas cremas carísimas consiguen mantener a su edad. Soy feliz, se dijo sonriendo al espejo sin mirarse a los ojos. Sabía que la Ana que estaba al otro lado, perfecta y aniñada, sonreía también pero que sus ojos le llevarían la contraria. La Ana de este lado del espejo aprendió a mentir muy pronto; la otra no lo consiguió jamás.

viernes, 9 de diciembre de 2016

La foto.



                       Cuando mi padre compró la casa la foto de la entrada ya estaba allí. Mi padre la compró amueblada y esa fue la única foto de todas las que había que quiso conservar. Yo crecí viendo esa foto cada vez que entraba o salía de casa; primero al colegio, luego a la universidad y por último, al trabajo. De tanto verla ya ni la mirábamos. Era la fotografía de una playa en invierno. Junto a una barca acostada en la arena, una pareja miraba abrazados y abrigados hacia el objetivo de la cámara. Era una foto sencilla, en blanco y negro, nada especial; pero a mi padre le debió gustar tanto que, a pesar de no ser de nadie de mi familia, la mantuvo siempre allí. Hace una semana enterramos a mi padre. Primero murió mi madre, pero el viejo aguantó casi diez años más que ella. Hoy, al abrir su testamento, y después de hablarlo con los otros herederos, decidimos poner en venta la casa. Sin duda cuando mi padre la compró fue una casa moderna en un barrio agradable, pero cincuenta años después, la casa y el barrio habían sufrido cruelmente el paso del tiempo. Además, todos teníamos nuestras propias viviendas. Por esa razón fui allí, a poner el cartelito de "SE VENDE" y a revisar que todo estuviera en orden. Tal vez por eso, después de tantos años de pasar a su lado sin mirarla, hoy he visto de nuevo la foto de la entrada. Fue un flechazo. No pude evitarlo y me la llevé. Y aquí estamos ahora ella y yo, mirándonos en silencio. A mis hijos les he dicho que era la foto de unos tíos míos que murieron mientras estaban de viaje de novios en la Rivera Maya. Es mentira, lo sé. Pero después de tantos años en casa pensé que se merecían algo más que un simple "no sé" ante las preguntas sobre su identidad. Mi mujer está loca con ella. Dice que ahora entiende que nunca me hubiera encontrado parecido con mis padres y es que, a su juicio, soy clavadito a mi tío el de la foto. Hasta yo le encuentro parecido a mi hijo Alberto con él. Dicen que, después de convivir muchos años, los perros y sus amos se acaban pareciendo. Estoy seguro de que las fotos y los habitantes de las casa donde estén, también. ¿No es verdad, tío Alfredo?

lunes, 5 de diciembre de 2016

La visita.



                      ¿Hoy es jueves, verdad mi niña? Era la enésima vez desde que se levantó que había hecho la misma pregunta. Su vida se centraba en que llegara el jueves. El resto de la semana era una especie de trámite para ella. Comía, se aseaba, se vestía y permanecía sentada delante de la televisión sin apenas intervenir en las conversaciones de las demás esperando a que llegara la noche para acostarse. Así día tras día. Hasta que llegara el jueves. Ese día se despertaba impaciente para que le llegara la hora de asearse y vestirse, apenas desayunaba y se sentaba mirando hacia la entrada, impaciente, preguntando a todos los que pasaban por su lado si de verdad era jueves, temerosa de haberse equivocado empujada por el deseo. ¿Hoy es jueves, verdad mi niña? La asistenta se aleja para atender a las otras ancianas que la miran con un fondo de envidia en sus ojos casi glaucos. Todas tienen familia, pero no todas tienen la suerte de doña Marta que sabe que, aunque sea una vez a la semana, los jueves, tendrá visita.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Las vitaminas.





                           Ya debería estar acostumbrada pero cada día me cuesta más tener que levantarme tan temprano. No sé si lo que me está matando es madrugar, la rutina o saber que te echo de menos, aunque antes moriría que reconocerlo. Es irónico. Tantos años odiándote y publicando este odio por ti y ahora, esto. Nota mental: pedir hora en el médico para una analítica. Seguro que mis niveles de algo están bajos. ¿Qué dirían de mí mis empleados? Me ponen como ejemplo cuando viene otra mujer llorando por el cabrón de su marido. Perdón, es la costumbre. No es nada personal. Sabes que nunca hubo ese tipo de rencillas entre nosotros, que simplemente un día descubrimos que ni tú ni yo soportábamos más dormir en la misma cama, desayunar juntos y darnos ese beso de despedida cada mañana con el automatismo de dos vecinos que se saludan sin mirarse en el ascensor. ¿Qué les digo? ¿Que nos equivocamos? ¿Que cuando coincidimos en los cumpleaños de los niños veo en tus ojos la misma tristeza que veo cada mañana en los míos? ¿Qué ahora, a los cincuenta y tantos, después de diez años del divorcio, tu ausencia se me hace más insoportable que aquellos silencios? Sería el hazmerreír de todos. No, prefiero callar y seguir así. Levantándome temprano, muriéndome de cansancio, de rutina y, tal vez, de alguna vitamina que me falte.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Paaaaaapi.


                                                 Siempre se había burlado de aquellos amigos que llegado a los cincuenta empezaban a salir con una morenaza de infarto que les llamaban paaaapi y que podrían ser, en efecto, sus hijas. Los encontraba  patéticos. Hasta que apareció Lizbeth. Ella no le llamaba paaaapi, pero sí que le hacía sentir como un viejo degenerado que presumía de novia mulata y cañón, levantando envidias ajenas y pasiones propias. Y aquello le gustaba. Por eso, cuando Lizbeth decidió cambiar de amorcito, él se sintió como un mago de pacotilla al que ya no le salía ni el truco del conejo en la chistera. Eso se soluciona con un buen bailoteo, una botella de ron añejo, una cartera bien gorda y otra morenaza, le dijeron y él siguió el consejo. Desde entonces, es Anette la que le ilumina los ojos diciéndole: ay, paaaaapi, cada vez que él dice alguna tontería. Sabe que todo es mentira; que en el fondo él no es más que otro cincuentón con barriga que trata de huir de la soledad y del miedo comprando la ficción de una juventud perdida con regalos y una visa oro. Pero se consuela pensando que con un poco de suerte, el ron, el cochino frito, el bailoteo y los meneos que le mete Anette en la cama gracias a esa pastillita azul milagrosa, el buen Dios sea misericordioso con él y le mande un buen infarto -uno de los gordos- antes de que ella se marche y ya no tenga que buscarse a otro amorsito que le diga paaaaapi. 

jueves, 24 de noviembre de 2016

El desayuno.



                             Ya sé que para ti solo soy la mano que empuña el paño que limpia la mesa a la que te sientas o la voz que te pregunta mientras sonríe qué vas a tomar hoy. Es una tontería. Siempre pides lo mismo: café cortado con leche fría, dos tostadas con mermelada de melocotón y un zumo de naranja, colado, por favor. Siempre tan seria, tan elegante, tan centrada en la lectura de esos papeles que traes, que nunca levantas la cabeza para mirarme. ¡No sabes cómo te lo agradezco! No sabría qué decirte si me llegas a reconocer. A veces me da la tontería y tengo la tentación de decir tu nombre o de dejarte, junto al café, la foto que nos hicimos hace ya una vida, cuando éramos tan jóvenes que creíamos que el futuro nos pertenecía solo a nosotros. Pero luego veo tu cara, tan seria, tan triste a veces, y la foto de tu familia en la cartera cuando sacas la tarjeta para pagar, que me doy cuenta de que, entre tú y yo ya solo hay un café cortado con leche fría, dos tostadas y un zumo de naranja, colado, por favor, servido con la nostalgia de una tarde de amor ante un mar que, ese sí, nunca cambió.

domingo, 20 de noviembre de 2016

La herencia.



                       Un viejo reloj de bolsillo, un bastón con la puntera desgastada y un montón de dudas. Eso es lo que me dejó mi padre al morir. Hacía años que no nos veíamos, ya sabes, las discusiones entre padres e hijos a veces no tienen más solución que la que le ponga la muerte. Cuando entré en su apartamento me vino de golpe un mundo entero de recuerdos y sentí que me ahogaban las emociones. Allí había pasado sus últimos años. Allí, en aquella silla, que fue lo único que supe reconocer de lo poco que había en el apartamento, lo habían encontrado muerto días atrás. La policía me dijo que estaba con la cabeza apoyada en los brazos encima de la mesa. Les dije que ese gesto era muy suyo. También me dijeron que debajo tenía unas viejas cartas dirigidas a mí con la tinta corrida, como si hubiera llorado sobre ellas. ¿Llorar mi padre? Me cuesta creerlo. Quisieron darme las cartas, pero las rechacé. Era la segunda vez que lo hacía. Tampoco quise recogerlas cuando me las traía el cartero años atrás. No sé qué me ponía en ellas. Da igual. Ahora él está muerto y mi herencia es un viejo reloj de bolsillo, un bastón con la puntera desgastada y un montón de dudas que jamás resolveré.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Los sin nombre.


                           Pide en los semáforos de Mesa y López. Llama la atención su aspecto aseado, la forma en la que se aferra un macuto donde debe llevar toda su vida, y la serenidad con la que pide: siempre con una sonrisa, le den o no. A veces se acerca a pedirme un cigarrillo y hoy le  pregunté si me aceptaba un café. ¡Cómo no, jefe! Y hasta un bocadillo, que llevo aquí desde las siete y aún no he comido nada. Es la crisis, sabe usted: la gente ya no echa sino cinco céntimos, a veces diez... y eso el que da algo. ¿Puedo pedirme un donuts, jefe? Sí, creo que me queda algo de familia. Seguramente en Porriño, en Galicia. Yo era un buen marino, pero ya ve, la droga, una mujer... Lo típico de los tópicos que a veces se hacen carne y hueso y que en mi caso se hicieron carne para que yo pinchara en hueso. Y aquí me quedé, varado como esos barcos llenos de orín que están abandonados y casi hundidos en los pantalanes del muelle grande. Y eso que yo, para pagarme mi vicio y el de ella he trabajado de todo, que los gallegos seremos cualquier cosa menos gandules. Oh, pues mire, he sido peón de obra, temporero, taxista sin licencia, matón de los que cobran deudas, y hasta de portero de una casa de niñas llegué a trabajar. Claro que eso fue lo peor. Ahí me hundí más en la mierda. ¿Ahora? No, dejé todo eso atrás. Ella me dejó por un viajante catalán con más posibles y yo dejé la droga porque no tenía ya con qué conseguirla. Bueno, en realidad la dejé porque ya no me era divertido y casi me mata una noche de reyes. ¿Puedo pedir otro café con leche? ¡Gracias maestro! Calentito, por favor. No, no quiero saber de mi familia ni creo que ellos quieran saber de mí. Somos malos recuerdos uno para los otros. Mejor no menear las aguas negras, que apestan. En fin, jefe, gracias por el desayuno, pero he de volver a mi trabajo, que si no se me coloca otro y ese semáforo, aunque no sea una maravilla, no es malo y céntimo a céntimo me da para ir escapando. Gracias, de verdad. No, no. Por el desayuno no; que también, sino por pararse a hablar conmigo. Sé que cuando pasa me mira y eso, aunque no lo crea, me devuelve la dignidad. La gente, jefe, nos da o no nos da, pero nunca nos mira a la cara o a los ojos. Yo creo que en el fondo temen verse reflejados en nosotros y eso les aterra, ¿sabe jefe?, es entonces cuando de verdad me siento un asco como ser humano y no cuando alargo la mano para pedir.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

El parque.



                          De pequeño iba caminando al cole. Solo eran cinco manzanas y un pequeño parque donde tenía prohibido pararse a jugar. De camino al colegio iba tocando los timbres de las casas que tenían puertas grandes de madera. Los tocaba y salía corriendo hasta la siguiente casa con un gran portón. Cuando llegaba al parque apretaba el paso de su carrera. Le habían dicho que allí vivía el hombre malo y eso le aterrorizaba. Hoy duerme en ese parque y pasa en él la mayor parte del día. De vez en cuando ve pasar a algún niño corriendo delante de él como alma que lleva el diablo y se pregunta si también habrá venido al colegio pulsando los timbres de las casa del camino.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

El ramo.



                   La verdad es que entonces yo de eso no sabía nada y hoy casi lo he olvidado todo. Y gracias. A veces creo que esta muerte de la memoria es lo que me permite mantenerme cuerdo. O al menos, vivo. Pero cuando la vi supe que todo lo que había deseado hasta entonces no era nada comparado con el vértigo que me producía mirarla. Claro que a los diceiséis años, ese vértigo se siente al menos tres veces diferentes, pero por entonces, ya lo he dicho, yo de eso no sabía nada. Hoy hace un año que una mañana desperté y ella seguía allí, a mi lado, como cada día, pero fría. No lloré. No entonces. Me senté en la cama y volví a sentir un gran vértigo al mirarla. Solo que entonces sí que sabía que de este vértigo ya no me desprendería jamás. He pasado por el cementerio. Su lápida estaba limpia y con flores frescas. Eran más hermosas que las que yo llevaba. No sé de quién pueden ser. De repente me sentí mal. ¿Me habría engañado? ¿Realmente tuvo un amante? Esas flores, hermosas y caras, manchaban su memoria y mi honor, y las destrocé allí mismo pateándolas contra el suelo. Luego, amorosamente, coloqué las mías. Nadie me vio. No me siento orgulloso, es cierto. Igual que no lo estuve el día en el que amaneció fría y con los labios muy apretados. Es cierto que tengo el sueño pesado y que tomo pastillas para dormir, pero solo yo sé que aquella noche la escuché gemir de dolor y tratar de despertarme para que la auxiliara. Ella apretaba los ojos y yo me tapé los oídos con la almohada. Como si a ambos nos uniera el mismo dolor. Luego, cuando se calló, me di la vuelta y dormí. Ya sabía que nunca me lo perdonaría, que ese vértigo, tan diferente a aquel otro cuando la conocí cuando ambos teníamos dieciseís años, ya no me abandonaría, pero prefería eso a la sospecha de que ella me pudiera estar engañando con otro. ¡Malditas flores en su tumba!

lunes, 24 de octubre de 2016

Villancicos de supermercado.



                      De verdad, otro villancico más y me rajo las venas. Sí señora, los turrones lights están en el segundo pasillo a su derecha, entre las galletas de mantequilla y los cereales dietéticos. ¡Turrones lights! Será imbécil. Ya me conozco yo a estas pavas, se vuelven locas mirando las calorías por cada 100 gr y luego se inflan a raciones porque, total, como tienen menos calorías... Niño, no abras las cajas de los juguetes, cariño. ¡Puñetero niño! Claro que la culpa es de los padres que lo sueltan en el supermercado como si esto fuera un chiquipark. Joder, otra vez la virgen y los peces en el río. ¿Cuántas veces lo habré escuchado hoy? No menos de diez. Los productos de mascota no admiten cambios señor. Pues por motivos de higiene. Señor, yo me creo sin problemas que su perrita esté más limpia que muchas personas, pero no puedo cambiarle el colchón que se llevó. Si señor, le llamo al encargado, un momento. Será imbécil el tío. ¡Y ahora Rapahel y el tamborilero! Esto debería ser considerado abuso en el trabajo, tanto porropompón y tanto niño dios juntos. ¿Cómo? Sí, abrimos todos los domingos hasta el día de Reyes. No, el día de Navidad, no. Pues porque yo también tengo familia, hijos y padres y quiero verlos en estas fechas. No señora, no. Lo de oír villancincos nos lo ahorramos en casa. Nada, cosas mías. Sí, ese vale descuento está en fecha. ¡Puñetera Navidad en octubre!

martes, 18 de octubre de 2016

El gran fraude.



                   Miró de nuevo hacía donde estaba su padre. Bueno, hacia donde estaba el cuerpo de su padre. Se sintió rara una vez más, vacía, como si toda su vida hubiera estado de alguna manera esperando inconscientemente este instante y ahora nada estuviera ocurriendo como se lo había imaginado. La vida era un puñetero fraude. Ya se lo había dicho su padre, pero ella nunca le creyó. Se acercó al ataúd. La verdad es que parecía dormido. Como cuando lo visitaba, algún sábado que otro, cada vez más espaciados, es cierto, y después de comer no podía evitar que se le cerraran los ojos. Por un momento hasta creyó que se iba a despertar exaltado, como siempre, preocupado por haberse quedado dormido estando ella de visita, dándole mil excusas a cuál más peregrina y absurda. Sí, aquel -¿o ya debería decir aquello?- era su padre. En el fondo, un desconocido que trató de tejer puentes sobre ríos que eran cada vez más anchos, cada vez más profundos, cada vez más tortuosos. Puentes que a veces se sostenían con una sola liana, pero que él afirmaba que eso bastaba, que con una liana Tarzán cruzaba la selva de lado a lado. ¡Pobre hombre! En el fondo lleguó a quererlo aunque nunca lo entend del todo ni creo que él jamás la conoció a a ella. No, en realidad, él quiso hasta el final a una imagen que se creó de su niñita, de aquella niña que le quitaron cuando tenía cuatro añitos y que ya no recuperó hasta que no hizo la comunión, y aún así, algún fin de semana que otro. Y ahora están aquí. Un cuerpo sin vida y una vida sin alma. Porque se sentía así: una persona sin alma. ¿Cómo podía no estar destrozada por dentro? ¿Cómo podía no estar ahogándose en su propio llanto? Tenías razón papa: la vida es un puñetero fraude.

lunes, 17 de octubre de 2016

Tedio.



                         Cada mañana se levanta antes de que suene el despertador, toma una infusión hecha de una mezcla de hierbas que le ha recomendado su naturalista y sale con sus perros a correr por un parque que permanece solitario a esas horas de la madrugada. Mientras corre se dice que le gustaría creer en algún dios para poder hacer un pacto con el diablo, para que cuando vuelva a casa y se mire en el espejo, deje de ver en su cara el mismo tedio de cada día y en su alma otra nueva arruga.

jueves, 13 de octubre de 2016

El viejo cementerio.



                        
                          Se conocieron una tarde de noviembre. Llovía. Él estaba sentado en el cementerio de Vegueta dibujando los panteones para un trabajo de su carrera. Ella venía de visitar la tumba de su padre. Lo hacía cada aniversario, pero sin saber por qué, ese año estaba más triste que nunca y se sentó junto a él. Comentaron lo bonito que estaba el cementerio, el frío que hacía ya, y la lluvia que limpiaba el aire y las tumbas, y  al despedirse él se había enamorado de ella y ella ya no estaba tan triste. En el cementerio de Vegueta a veces pasan estas cosas.

martes, 11 de octubre de 2016

Wake me up before you go go (Wham!)


                                       Terminó de enjabonarse la barba con la mirada perdida en el fondo del espejo, como si allí, en ese infinito de su pupila dilatada, estuvieran todas las respuestas que nunca encontró.
Se miraba mientras se enjabonaba, sí, pero en realidad no se veía. Como tampoco escuchaba la música que oía de fondo en la radio que siempre ponía de manera casi automática mientras se aseaba. Siempre la misma emisora, una especializada en viejos éxitos del pop-rock de los 80. Pero hoy estaba tan absorto que todo lo que hacía y oía lo hacía y oía de manera puramente mecánica. Cuando terminó de enjabonarse se quedó con la hojilla a medio milímetro de la cara y fue entonces cuando su mirada perdida se encontró por primera ve con sus ojos. Se quedó así un buen rato, con la mano alzada, la cuchilla rozando la piel y los ojos mirándose a través del espejo. ¿Cuándo lo supo, cuándo se dio cuenta de verdad y por qué optó por seguir como si nunca se hubiera percatado de ello? No tenía respuesta para tantas preguntas.
En la radio, Wham! seguía con su canción: I don´t want to miss it when you hit that high. Wake me up when you go go.
Un hilillo rojo brillante comenzó a deslizarse por el muro blanco inmaculado de la espuma que cubría la barba. Sin saber cómo, se había cortado.
Sin saber cómo, su fabulosa relación se había ido al garete.
Sólo que entonces no hubo un delator hilillo de sangre roja y brillante que avisara de la catástrofe. O no hubo un muro blanco, esponjoso y reluciente para que esta se evidenciara, o nadie supo o quiso verlo. Y lo que es peor, ahora que ya es tan evidente que casi es imposible fingir que no pasa nada, ahora, ¿qué vamos a hacer?
Wham! continuaba su canción en la radio del baño:`Cause you´re my lady, Im your fool. It´s make me crazy when you act so cruel.
El hilillo de sangre ya no era tal hilillo. La barba era casi roja. Al parecer, absorto en sus ideas ni siquiera se limpió el jabón y la sangre. Se preguntó si tal vez había sido así como había ocurrido. Si un mínimo corte, fácilmente solucionable con agua oxigenada y un poco de algodón, por dejadez o despiste se convirtió con el tiempo en una hemorragia imparable que desangró por completo esa relación que siempre creyó inalterable y a salvo de todo ataque. Y ahora no es que agonizara. Ahora simplemente estaba muerta. Aunque aún no se hubieran oficiado los funerales por ella y ningunos de los dos hubiera dado el primer paso para enterrar ese cadáver con el que convivía, es verdad que más por costumbre que por cariño.
De repente sonaron unos golpes en la puerta del baño.
-¿Te falta mucho, cariño?-No amor, ya termino - No hacía falta dejar de ser educado tampoco. Al fin y al cabo habían sido tantos años juntos... Se miró de nuevo al espejo tratando de controlar las arcadas que le producía su propia imagen, su propia mentira, su propia cobardía y esa sangre que ya corría por el pecho.  Se lavó la cara y abrió la puerta. 
-Pasa vidita.
-Gracias amor. ¡Hoy tengo un día....!
Se quedaron mirándose a los ojos durante una fracción de segundo mientras Wham! acababa su canción.
 -¿Comemos juntos hoy?
-¡Uff, no creo!  tengo mucho lío estos días. Ya sabes, jefe nuevo, normas nuevas...
Ella bajó la mirada. -Bueno, no te preocupes. Ya nos vemos a la noche si no llegas muy tarde.
-Sí, claro. 
-Te quiero
-Y yo a ti... creyó oír mientras se cerraba la puerta del baño y ella cambiaba la emisora a una donde ponían música cañera.


Publicado en 2012 en el blog "Plumas Latinoamericanas"


jueves, 6 de octubre de 2016

Olor a mar.


                            
                         Eran las últimas tardes de verano, cuando el aire y tu piel aún olían a mar y nada hacía prever el caos en que se convertiría nuestras vidas en apenas unas semanas. Todavía nos levantábamos cada mañana mirando al sol con esa sonrisa embobada que solo pueden poner los tontos y los enamorados. O los viejos. Ellos también; claro que ellos están tan cerca de la muerte que agradecen cada nuevo día como un niño un regalo de Navidad. Todavía la palabra amor era como nuestro apellido y no ese concepto extraño y doloroso en el que se convirtió. ¿Qué nos pasó? Llevo años pensando en ello. Los mismos que llevo odiándote. Los mismos que, seguramente, llevarás tú odiándome a mí. Antes nos reíamos cuando discutíamos entre carantoñas y caricias sobre quién amaba más a quién. Ahora estoy seguro sin necesidad de discutirlo de que tú me odias más a mí. Y no será porque no te deteste yo con todas mis fuerzas. Las mismas con las que te amé. ¡Que no lo sé, que no sé qué nos pasó, te lo juro! Una mañana ya no te hacían gracias mis bromas y a mí había dejado de parecerme encantadores tus ojos. Tú dejaste de divertirte con mis anécdotas y a mí me aburrían tus historietas del trabajo. Así de simple. De repente éramos dos desconocidos mal avenidos y lo que antes ocupaba el amor ahora empezaba a ocuparlo un rencor sordo y sin sentido. Y una noche tus ronquidos me desquiciaron tanto que me fui a dormir a un hotel y ya no volví sino a recoger mis cosas. Sí, es verdad. Debimos haber hablado. Pero es que me dio tanta pereza, tanta... Además, hablar, ¿para qué? A esa altura de nuestra relación ya te odiaba. Sin embargo, te confieso que en días como hoy, cuando el verano está muriendo y el aire trae olor a mar y veo pasar a las parejas abrazadas, riendo y besándose, no te negaré que el corazón se me encoge recordando aquellos días del último verano que nos amamos como si nunca fuéramos a dejar de hacerlo.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Consejos de abuela.


                              Todo empezó con una mentira. Pero toda historia de amor que se precie siempre empieza con una mentira y la nuestra no iba a ser diferente. Mi abuela decía que las mentiras tenían las patitas cortas. Las del amor también. Creí que nunca podría olvidarte, que jamás podría olvidar ese tacto cálido de tus manos recorriendo mi piel erizada, que seguiría temblando ante la sola idea de sentir tus labios cerca de los míos o ante el recuerdo de tu cuerpo encajado en el mío como una pieza de puzzle en otra. Qué mentira más grande. Hoy, cuando te vi en el pasillo de los congelados del supermercado, me di cuenta de que solo eras una sombra más entre las otras sombras de mis recuerdos; apenas un fantasma entre otros que de vez en cuando vendrían a recordarme que una vez estuve vivo y palpité. ¡Vaya cosa! ¿Ves a dónde nos llevan las mentiras? ¡Cuánta razón tenía mi abuela!

martes, 16 de agosto de 2016

El zapato de verano.



                       Un zapato de rejillas de color beig tostado. Esa era la imagen que le venía a la mente cuando cerraba los ojos y la nostalgia le comía el alma: la de un zapato de rejillas en un escaparate donde el sol de la tarde cegaba al reverberar en el cristal. Era absurdo, lo sabía. Él nunca había tenido un zapato así. Y menos de ese color garbanzo cocido. Pero ese zapato, solo un pie, el derecho, lo miraba orgulloso, altivo, alzado sobre su trípode de exposición en un escaparate donde era el protagonista, el centro indiscutible de todas las miradas. Es cierto; él nunca había tenido un zapato así, fresquito, ideal para el verano, cómodo, porque tenía toda la apariencia de serlo. En realidad él nunca había tenído zapatos, ni de verano ni de ningún otro tipo. ¿Para qué necesita zapatos alguien que nació sin piernas? Pero algunas noches, cuando la nostalgia pesaba más que el dolor, más que el cansancio, más incluso que la propia desesperación ante la certeza de haber desperdiciado su vida, cuando cerraba los ojos bien apretados para no ver su fracaso, lo que su mente añoraba por encima de cualquier cosa era aquel zapato de rejillas de color beig tostado tan cómodo y poder saber qué se sentiría al usarlo.

viernes, 12 de agosto de 2016

Platón.



                                 Yo una vez tuve una novia, un perro que se llamaba Platón y hasta estuve a punto de ser funcionario, pero nunca pude con las oposiciones, ¿sabe usted?, por eso estoy aquí. ¿Platón? Es que era un perro muy sabio, tranquilo, siempre te miraba como si estuviera meditando sobre lo que veía o lo que le decías. Porque Platón entendía todo lo que le decía, de eso no le quepa duda. Y te respondía con la mirada. Jamás vi una mirada así, ni en animal ni en humano. Platón. ¡Cómo lo echo de menos! No se imagina qué solitaria y dura es la vida sin la compañía de un amigo como él. ¿Mi novia? Sí, sí que tuve. Clarita. Lo nuestro no funcionó. Era imposible que funcionara, ¿sabe usted? Ella quería casar con un funcionario y yo nunca pude con las oposiciones. No sé, me despistaban tantos libros, tantos conceptos, tantas leyes. A mí siempre me ha gustado más ver cómo se mueven las estrellas por el cielo cuando es noche cerrada, mirar pasar a la gente y tratar de entender por qué son las cosas como son. ¿Ve usted? Para eso Platón era único. Nos sentábamos juntos en una ladera, yo le iba comentando mis ideas y él me miraba y me respondía con su tranquilad y con esa sabiduría que ni yo, ni usted, y perdóneme que sea así de franco, jamás tendremos. Cómo iba a cambiar esta vida por la de un triste puesto de funcionario en algún triste ministerio, preso por un horario de 8 a 3 y preso por la tristeza y la apatía el resto de mi vida. Por eso estoy aquí. Yo sé que usted lo comprende porque, aunque no es Platón ni tiene su mirada, es verdad que tiene su sonrisa y eso me reconforta.