miércoles, 6 de enero de 2016

El Astrónomo.

          
                         
               Se pasaba la noches en silencio mirando por un telescopio y anotando datos en un ordenador. En sus ratos muertos cerraba los ojos para recordar los suyos. Decía que se enamoró de ella porque cuando la veía reír, sus ojos le recordaban a la luz de la estrellas. 
Era como descubrir el origen de la vida. Sentía tal vértigo cuando la miraba que, a veces, tenía que agarrarse fuerte a los bordes de la mesa para no marearse y caer al suelo. Nunca se lo dijo. Al menos, no con palabras. Hablar no era lo suyo, por eso eligió una profesión que le permitiera estar a solas mucho tiempo. A solas y mirando al cielo. Así podía abstraerse y volver a sentir ese vértigo en la boca del estómago. Se prometió que si descubría alguna estrella nueva le pondría su nombre y se la regalaría. Tal vez así se diera cuenta de que la amaba desde el mismo instante que la vio, aunque ninguno de los dos se diera cuenta entonces. 

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