jueves, 7 de enero de 2016

Hoy es un buen día.



                             Hoy es un buen día para morir. Al menos no es mejor ni peor que cualquier otro, señor juez, lo que lo convierta en ideal para mí. Morir tiene que ser como ponerle el capuchón al rotulador con el que escribo esta nota. Pero de una vez y para siempre. Quiero decir que ya nunca se lo podré quitar y jamás podré escribir con él. Da igual si le quedaba tinta o no. Porque la pregunta, señoría, no es si queda tinta en el rotulador o no, sino si quiero seguir llenando de borrones las cuartillas de mi vida, si estas páginas, fruto del potaje mental que es y ha sido siempre mi vida, tienen algún sentido, algún interés, para alguien. Porque para mi no. Y yo ya estoy demasiado cansado, estoy demasiado herido, para seguir con esta batalla. Sobre todo si de antemano sé que la guerra la tengo perdida. Todas las guerras, las gane quien las gane, siempre se pierden. ¿Comprende usted, señor juez, por qué hoy es un buen día para morir? O al menos no peor que cualquier otro para mí.

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