viernes, 8 de enero de 2016

La fiesta se acabó.


                       Lo primero que guardaba en la caja marrón era el árbol de navidad. Cada año decía lo mismo. Este es el último, no creo que aguante uno más. El pobre está tan cascado. Luego colocaba las bolas por colores y tamaños. Odiaba el desorden. No entendía a la gente que, una vez acabadas las fiestas cogía todo y lo metía así, a batiburrillo, manga por hombro, en una caja, o peor, en una bolsa de las de hipermercado y luego estaba todo mezclado y roto. En la mesa, junto a las luces de colores, este año había un paquete pequeño, envuelto en papel dorado y atado con cinta roja. Una nota pegada en el exterior advertía: no abrir, contiene un año de amor. Fue lo último que metió en la caja antes de cerrarla con una de esas cintas adhesivas compradas en los chinos. De reojo miraba en el espejo el reflejo del señor de traje gris, cara gris y ojos apagados que, sudoroso, se peleaba con la caja para llevarla al trastero. Por muchos intentos que hacía no lograba ver en él a aquel niño que siempre correteaba por todos lados, unas veces persiguiendo a su sombra y otras perseguido por ella.

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