sábado, 2 de enero de 2016

La jubilación.


                  Su padre murió a los sesenta y cinco años. Se jubiló y dos meses más tarde, se murió. Lo recordaba perfectamente porque ese mes era el que él cobraba su primer sueldo y quería llevarle el sobre cerrado para que fuera su padre quien lo abriera y contara los billetes y monedas que habría dentro: treinta y dos mil doscientas setenta y nueve pesetas, su primer dinero. Pero no pudo ser. Se murió cuatro días antes. El sobre estuvo una semana en la mesa de la cocina sin que nadie lo abriera. Alguien, tal vez su madre, acabó haciéndolo, contando el dinero e ingresando las treinta y dos mil doscientas setenta y nueve pesetas en la libreta de ahorros que tenía abierta en la Caja Insular desde que era niño. Dentro de diez días cumplirá sesenta y cinco años y se tendrá que jubilar. Lleva semanas soñando con su padre, con aquel sobre marrón que llevaba su primer sueldo dentro y con la tristeza profunda que sintió cuando no pudo dárselo para que se sintiera orgulloso al comprobar que ya era un hombre hecho y derecho. Y no sabe cómo decirle a su mujer que ya no quiere jubilarse.