lunes, 11 de enero de 2016

La libreta.


                             Llevaba una libretita azul con tapas de hule donde anotaba los sitios prohibidos. Eran calles, cafeterías y terrazas donde antes había amado. Antes, cuando aún amaba. Cuando aún tenía a quién amar. Cuando aún podía amar. Poco a poco la ciudad se le fue quedando pequeña. sin sitios a los que ir, sin cafeterías en las que tomarse un café reposadamente, sin parques en los que descansar las tardes aburridas de cualquier domingo de verano, sin calles que fueran anodinas en las que esperar con fastidio la guagua. Todo le recordaba a ella. Todo tenía el sabor de sus besos. Todo olía a vainilla y canela. Hasta el humo apestoso de los coches.  

2 comentarios:

Pedro Luis Rodriguez dijo...

Consigues transmitir ese aire agridulce de la melancolia.

Jesús Chamali dijo...

Gracias Pedro. La verdad es que a veces temo encasillarme, pero es que este tono es en el que me encuentro más cómodo, en el que soy más yo.