domingo, 24 de enero de 2016

La suerte no era una dama. (Bukowski)

Charles Bukowsky
               Hice el esfuerzo de abrir los ojos cuando me enfocaron con la luz de la linterna en la cara mientras que una voz autoritaria me preguntaba mi nombre. Murray, me llamo Murray, contesté con la voz espesa y la lengua pesada por las cervezas que llevaba bebidas. ¿Lo oye usted agente? lleva así dos horas y no logro que se vaya. Volví a entreabrir los ojos y miré al quejica del barman. Que me fuera, pero cómo que me fuera... ¡Nadie echa a Murray! Murray era un líder, un triunfador, me iría cuando quisiera y con quién quisiera... ¡Que soy Murray, joder! Acerté a balbucear una vez más mientras trataba de soltarme de las manos del polizonte. En ese momento entró otro policía justo a tiempo para escuchar mi declaración. ¿Eres Murray? Preguntó, ¿el mismo Murray del viejo Bukowski? Abrí los ojos extrañado. ¡Un madero que leía poesía y además que conocía al viejo borracho de Bukowski! Asentí en silencio. Él me miró como quien mira a un bicho raro. La verdad es que yo no vestía como Murray. No. La verdad es que nunca fui Murray. No. Pero esta noche la desesperación, la soledad y las cervezas me ayudaron a creer que, tal vez por una noche, lo pudiera ser. El poli se sentó a mi lado, pidió dos cervezas y ambos las bebimos en silencio. Y luego pidió otras dos más. Después me dijo  "amigo la suerte no era una dama". Los dos nos miramos y yo comprendí que él tampoco pudo ser nunca Murray. En el sillón de atrás del coche patrulla veía las calles de la ciudad acharoladas por la lluvia y las brumas del alcohol. Pero al menos alguien más sabía que, aunque yo no fuera Murray, tal vez merecía serlo.