jueves, 14 de enero de 2016

Montesquieu.


                           Realmente no esperaba que ocurriera nada especial cuando lo invitó a subir a su casa para acompañarla a coger unos zapatos más cómodos. O tal vez sí. Con él nunca se sabía. Tenía la capacidad de llevarla al límite para luego desviar toda esa excitación con una broma o con un comentario mordaz. Lo que desde luego no esperaba es que, cuando estaba explicándole que el baño estaba a la izquierda, el salón a la derecha y la terraza justo en frente, la alzara en peso y la besara con tanta pasión como si el mundo se fuera a acabar en los dos segundos siguientes. Y el mundo no se acabó en los dos segundos siguientes pero, sin saber cómo, su blusa y su sujetador sí que acabaron a dos metros de donde ellos estaban. Intentó recordar 
aquella frase de Montesquieu sobre la ética, la moral y la buena educación que su profesora del instituto le recordaba una y otra vez: una dama cuando dice que no, quiere decir tal vez, cuando dice tal vez, quiere decir sí...y si dice sí, es que no es una dama. Ella no podía respirar. Parecía que le besaban cien bocas, que le acariciaban mil manos, que la tierra giraba más rápido justo bajo sus pies, y solo podía una y otra vez gemir entre susurros y pedirle que, por favor, no parara.
Que le dieran mucho a Montesquieu, a Luis XIV y a toda la Francia en peso.

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