sábado, 16 de enero de 2016

Mujer de palabra.

                            

                         Cada día se le hacía más pesada la espera a pesar de los cafés, de los paseos pasillo arriba y abajo, del cambio compulsivo de canales en el televisor sin sonido, total para lo que decían los locutores, y del crucigrama del periódico, cada vez más simple, tal vez porque los que inventaba Ocón de Oro sí que eran un reto de verdad y no estos, que eran para principiantes sin mucho cerebro. Diez minutos antes de que llegara el cartero se sentaba detrás de la puerta mordiéndose lo que le quedaba de uñas hasta que oía la tapa de los buzones cerrarse, para luego salir intentando mantener una dignidad que estaba lejos de sentir. A veces se le caían las llaves, otras, simplemente eran los dedos los que se negaban a obedecerle y no lograba hacerla girar, pero cuando lo abría siempre sentía la misma decepción. Cartas del banco, de la compañía del agua o de la luz, alguna oferta publicitaria o alguna factura no pagada a tiempo. Nunca noticias de Elena. Bueno, sería culpa de correos. Una vez leyó la noticia de unas cartas que tardaron cincuenta años en llegar a su destino porque correos las había extraviado o porque la dirección tenía una errata, no lo recordaba bien ahora. Pero ella le había hecho una promesa cuando se fue y siempre fue una mujer de palabra, así que mañana seguro que llegaría esa carta. Esa y las de los seis meses anteriores. De momento, iba a ver si el jeroglífico del periódico de hoy era un poco más difícil que el de ayer. ¡Ay, Ocón, se dijo suspirando, lo tuyo sí que eran pasatiempos!

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