martes, 5 de enero de 2016

Nacer para pito.


                   Siempre llegaba a tarde a todo en mi vida. No es que fuera un impuntual, no, de eso nada. Pero cuando se trababa de todo lo demás, especialmente en el amor, siempre llegaba demasiado tarde. Tal vez fuera algo genético. Pero no, vaya tontería, por Dios. Es que le echamos la culpa de todo a la genética. No, lo más seguro es que unos nacen con estrella y otros nacemos estrellados. Y punto. Mejor no darle más vueltas y dejar de perseguir esas quimeras de las películas románticas de las sobremesa de los fines de semana. Ya me lo decía mi madre: Juanillo, el que nace para pito, no llega a corneta. Pero a pesar de que no paraba de repetirme todas estas razones, cada vez que ella me empaquetaba mi barra de pan y mis dos croissants con esa sonrisa y ese brillo en los ojos, me moría por ser el primer corneta de su orquesta.

1 comentario:

Pedro Luis Rodriguez dijo...

Me has dibujado una sonrisa.