miércoles, 27 de enero de 2016

Tatuajes.


                                Se había ganado a pulso la fama de tipo duro. En el patio de la cárcel, a base de aguantar impasible las palizas de algún funcionario, cabrón y reprimido, con ganas de revancha por la vida de mierda que llevaba fuera de esos muros, cuando no vestía ese horroroso uniforme gris que lo hacía creerse un dios menor aunque solo fuera un desgraciado más, puteado por el banco, hacienda y su suegra. En su barrio se la había ganado por las cabezas que había roto a morradas cuando la cosa lo había exigido así. En su barrio, o eres el primero en dar o ya podías ir buscando un buen dentista para que te pusiera los piños postizos y un cirujano que te arreglara en lo posible el estropicio en el resto de la cara. Y Mateo tenía aún todos sus dientes y seguía siendo tan feo como su madre lo parió en este puñetero mundo. Además, ya sabemos lo que es esto de la fama, si la consigues una vez, ya solo has de cuidarla un poco, sacarle brillo de vez en cuando para que no se enmohezca, vaya. Tal vez por eso, cuando alguien veía la ristra de nombres de hombre tatuados en su pecho tatuado, tatuado como el de la copla de la Piquer, todos pensaron que eran los nombres de sus victimas y a nadie se le ocurrió pensar que eran los de sus amantes. Y él callaba, Quién iba a respetar a un matón de barrio y de patio de prisión que mordía almohadas o soplaba cogotes y que suspiraba por los ojos negros de un morito que se llamaba Ahmed.

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