jueves, 25 de febrero de 2016

Alegro ma non troppo.



             Cada vez que nos sentamos juntos me pregunto cómo será su vida, cómo habrá sido en realidad hasta el día en que, con esa vocecilla de niña atrapada en un cuerpo de mujer, me dijo que se llamaba María -¿solo María?, sí, solo María,- cuando nos presentamos. Yo le dije que era músico en horas bajas y ella me dijo que trabajaba de telefonista para unos ingenieros. En realidad, poco o nada más sé de ella. Aquí, en terapia, cuando no callamos, mentimos. A los cincuenta aprendes a hacer las dos cosas como autoprotección. Y más si eres una mujer en un ambiente casi hostil de hombres  como es en el que ella se mueve. No sé por qué, me dijo que no tuvo hijos en sus dos matrimonios. Tal vez no los tuvo por voluntad propia, por suerte o por desgracia. Esas cosas, en este ambiente, jamás se preguntan. Una vez contó, con esa voz que siempre me sorprende,  que ambos maridos dijeron quererla pero que lo que  en realidad querían era una señora que tuviera la casa limpia y la nevera bien surtida de jamón y cervezas. Del primero le costó bastante separarse. Del segundo, simplemente se fue una buena mañana de mayo. De su cuerpo, breve, educado para no destacar, para moverse con discreción, siempre me viene a la mente sus ojos, siempre sonrientes a pesar de todo. Claro que, un buen amante de la música como yo, aunque en horas bajas, también diría que alegres sí, ma non troppo.

No hay comentarios: