lunes, 15 de febrero de 2016

Canciones.



                    Caminaba con la cabeza gacha, las manos en la espalda y la mirada fija en el suelo, como si todas las preocupaciones del universo descansaran sobre sus hombros. Lo hacía evitando a la gente, parándose aquí o allí, agachándose para recoger del suelo algo que inmediatamente guardaba en cualquiera de los bolsillos de su chaqueta o del pantalón vaquero, algo sobado. Esas eran los únicas veces que parecía sonreír y murmuraba algo entre dientes. Solo si estabas cerca podías ver que cuando se agachaba lo que hacía era recoger cada clavo, tornillo, tuerca o muelle tirado que era capaz de encontrar y que, entonces y solo entonces, canturreaba muy bajito una vieja canción infantil que su madre le repetía cada noche mientras lo mecía para que se durmiera. Era el único recuerdo que le quedaba de una niñez que ya se le iba borrando poco a poco. Ese, y el de recoger todo clavo, tornillo y tuerca que se encontrara para guardarlo en su casa en montones inútiles. Aunque ya no recordaba para qué lo hacía. Por eso seguía cantando aquello de :
Por un clavo se perdió una herradura
Por una herradura se perdió un caballo.
Por un caballo se perdió una batalla.
Por una batalla se perdió un reino.
Y todo se perdió por el clavo de una herradura.


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