lunes, 29 de febrero de 2016

Hilos rojos



                     Cada noche le escribe una carta con esa letra suya de aspecto cuidado, tan ordenada. Y entre la información más doméstica -qué tal ha ido el día, lo cabrón que es su jefe, cómo han subido las cosas en el supermercado, amor, que ya no se puede ni comer, o si pudo arreglar la gotera de la habitación del fondo- le cuenta que cada día la casa se enfría  un poco más sin ella dentro, cómo la echa de menos o cómo echa de menos sus abrazos, y esos silencios suyos que tanto lo acompañaban cuando no tenían otra cosa más importante que hacer que mirarse. En realidad nunca manda las cartas. No sabe a qué dirección hacerlo. Pero él siente que escribiéndole una carta al día es como si siguiera pudiendo hablar con ella cada noche al volver a casa, que así sigue habiendo un hilo invisible que los mantiene unidos. Aunque sea sutilmente. Aunque este hilo no fuera, como el de la leyenda china, de color rojo.

1 comentario:

Pedro Luis Rodriguez dijo...

Vas a escribir un libro, si o si, si no, me encargare de editarlo yo. Este texto es bueno, profundo, corto y no sobran palabras.
Un relato perfecto...