miércoles, 24 de febrero de 2016

Hormonas.

               

                 Bajaba a hacer la compra al supermercado cuando estaba segura de que iba a coincidir con sus vecinas de toda la vida, las mismas que escuchaba por el patio de luces hablar entre sí y quejarse de los desarreglos de la menopausia, que si sudores, que si calores, que si osteoporosis, que si dolores de cabeza, que si estar siempre de uñas... Ella escuchaba en silencio y sufría al reconocer que jamás los padecería y que la menstruación, la misma que llevaba años fingiendo tener, era solo una ficción más en su vida llena de artificios. Pero no podía aceptarlo. Igual que no podía aceptarse como Manolo y a la vuelta de un viaje a Tailandia vino como Anabel. Sería como reconocer que ya había dejado de ser esa mujer que los hombres miraban de reojo con un deseo que no se atrevían a confesar.  Cuestión de hormonas, le dijo una vez una amiga que no sabía que sus hormonas y la de ellos eran las mismas. O tal vez no.  Tus hormonas llaman poderosamente a las de ellos y, de alguna manera, los vuelves locos. Por eso, cuando coincide con sus vecinas, echa siempre un par de paquetes de compresas en el carrito de la compra de manera que se vean bien y, como de pasada, deja caer lo mal que le vino el periodo este mes, cómo la dejó dobladita de las molestias. Puede que sus maridos no la deseen ya como antes, pero la envidia que ve en los ojos de ellas haciéndolas sentir que aún mantiene la esencia de una juventud que ellas perdieron, le proporciona un sucedáneo de placer, aunque sea un placer un tanto mezquino.

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