lunes, 1 de febrero de 2016

No cariño, solo es la leche.


                       Tocas en la puerta del baño, preocupado porque llevo tiempo dentro y me ves rara. Me ves rara. No Cariño, es la leche, que últimamente me sienta mal. ¿Qué quieres que te diga, que cada vez que te beso me siento sucia? No te mereces esto, no eres un mal tipo, nunca te has portado mal conmigo, nunca me has faltado al respeto, nunca -al menos que yo sepa- me has engañado, entonces ¿por qué no puedo decirte que los lunes, miércoles y viernes por las tardes, en vez de hacer horas extra en el trabajo, me veo con con otro hombre? Simplemente no puedo. No quiero hacerte daño. No te lo mereces. Pero tampoco te mereces que cuando te beso sienta que te traiciono doblemente. Que cuando intentas hacerme el amor, siempre ocurra algo que lo evite, una jaqueca oportuna -qué poco original, lo sé-; la regla, cariño, que este mes me vino muy fuerte y me duele; la espalda que me tira, sí, seguro que es ciática; la cena, qué mal me ha sentado, seguro que fue la carne en salsa. O cuando ya se acaban las excusas, ese acto mecánico y frío, casi violento, que cada vez dura menos y cada vez es, al menos para mí, más desagradable y que tú siempre acabas con la inevitable pregunta: ¿estás bien?, claro amor. Otra mentira más. Una nueva traición. Una traición a tres bandas. A ti, que nada sabes. Al él, que sabe y se impacienta porque la imaginación le tortura cuando, en su casa, a solas, nos imagina a los dos abrazados en un mismo sillón, tapados bajo una misma manta, viendo una misma película hasta que el sueño nos vence. Y traición también a mí misma, a lo que siento y debo callar. A lo que callo y quiero decir, gritar, hacer público... pero callo. Por eso ahora, cuando te doy un beso de buenas noches, siento asco de mí misma por mi cobarde traición. Sí cariño. Ya estoy mejor. No te preocupes. Ya salgo. Ve tú yendo a la cama que ya voy yo.

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