viernes, 19 de febrero de 2016

Tres vueltas a la llave.


                       Hoy te toca ir cerrando de nuevo puertas y ventanas, corazón. No sé si sabrás hacerlo, amigo, de manera educada, sin dar portazos. Los portazos no son lo tuyo. Siempre has latido acompasadamente, hasta en los momentos de mayor locura, o al menos siempre has presumido de eso, ahora te toca demostralo. Permíteme un consejo, colega de fracasos, empieza por algo sencillo. No te empeñes en cerrar de buena mañana la puerta por la que cada día palpitas o te encontarás perdido y entonces sí que ya no podrás respiras más y dime, amigo de silencios, ¿de qué te valdrá entonces tanto esfuerzo? No, cierra primero aquel ventanillo de atrás, el que dicen que es para ventilar el trastero, pero que nunca hizo más que acumular polvo y tamizar un latido apenas perceptible, ese que siempre notabas a deshora, latido traidor, eco de dolores pasados. Luego yo seguiría por la ventana alta del pasillo, la de la zona de invitados. Dime, ¿cuándo fue la última vez que tuviste invitados, corazón? ¿Cuándo fue la última vez que alguien aguantó el irespirable aire que había allí y que no se quejase de un incómodo frío? A partir de ahí, sigue tú tu propio crietrio. Al fin y al cabo, quién soy yo para mangonear en tu desgracia. Poco a poco habrá menos luz, menos latidos, menos de todo, y cuando, por fin ya no puedas más, cierra la última puerta dando tres vueltas a la llave. Los corazones abandonados no deben ser visitados nunca más a riesgo de quedar atrapados en una telaraña de recuerdos tan pegajosa que  atrapa y axfisia hasta la muerte. Créeme, sé lo que te digo, amigo. ¿O es que piensas que estoy aquí, rodeado de estas redes por mi propio gusto?

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