jueves, 10 de marzo de 2016

50 céntimos.



                   Yo solo quería cincuenta céntimos, se lo juro, pero a veces se asustan de mí, sobre todo cuando no me ven llegar y ese tipo no me iba a ver llegar, claro, concentrado como estaba en las tetas de la rubia que tenía en la mesa de enfrente. ¡Como para fijarse en otra cosa! El brinco que pegó cuando me acerqué para pedirle nos asustó a todos. Hasta la rubia se sobresaltó. De verdad, yo solo quería una moneda. Me hubiera conformado con veinte céntimos. Incluso una de diez me hubiera venido de perilla, cualquier cosa sumaba. Lo que no quería era un lío. Y menos con el gorila de aquella terraza, un turco enorme, calvo, feo como el hambre que me mordía las tripas, ancho de espalda como para colgar en ella las penas de toda la humanidad. Bruto, muy bruto, y créanme, en la calle se conoce a mucha gente bruta, pero como ese turco, poca. Yo solo extendí los brazos para calmar a aquel tipo cagón pero no sé qué demonios pensó la rubia que le iba a hacer porque empezó a gritar como una loca. Supongo que se asustó. Todos nos asustamos. Ella, el tipejo cagón miratetas y yo mismo, que retrocedí mirando hacia todos los lados temiendo ver aparecer al turco con su calva y su cara de mala leche. Bueno, no, a todos lados no miré. No vi que detrás de mi había un murito tan bajo que tropecé con él y mientras caía de espaldas las cinco plantas del Centro Comercial pensé lo estúpido que era morir por cincuenta céntimos. O peor aún, por veinte. Incluso con diez me hubiera conformado. ¡Vaya mala suerte, carajo! Luego, nada. Solo sentí un fuerte dolor en la cabeza durante unos instantes y después... después ya no recuerdo nada.

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